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martes, 2 de abril de 2024

A 42 años de Malvinas, la historia de Luis Escobedo

A 42 años de la Guerra de Malvinas, el fútbol tiende un vínculo desde la historia de Luis Escobedo, quien tuvo que postergar sus sueños deportivos para vestirse con uniforme militar y poner el pecho en un conflicto bélico absurdo y desigual.


Era el momento de las ilusiones. Luego de terminar el servicio militar, a los 19 años Luis Escobedo se preparaba para debutar en la Primera de Los Andes, el club de Lomas de Zamora.
Corría marzo de 1982 y la Argentina vivía un clima de caliente agitación, con crecientes reclamos sociales hacia la dictadura que había usurpado el poder en 1976. Escobedo terminó de jugar un partido de Reserva contra San Lorenzo y emprendió el regreso a su casa de Ingeniero Budge pero, sin que pudiera avisar a su familia, se encontró con que pasaba a otra reserva, la del Ejército: un telegrama, un regimiento, un tren con destino incierto, el uniforme otra vez, las armas obsoletas, el frío y un avión que lo depositó en la soledad helada de las Islas Malvinas.

Lo que ocurrió en el Atlántico Sur es harto conocido. “Nadie sabía adónde nos llevaban. El tema fue cuando empezaron los bombardeos y todo lo demás. Recién entonces nos dimos cuenta que estábamos en la guerra, que era cierto, y comenzamos a vivir una experiencia terrible, a convivir con el miedo, el terror y con lo que en realidad iba a suceder más adelante. Allí se terminó nuestra adolescencia”.

La crueldad de los jefes militares argentinos era tan espantosa como la amenaza del armamento británico. Frío, hambre, miedo y lágrimas. Ni una carta de la familia, ni un contacto. Los ocasionales camaradas de armas se volvieron hermanos. Estaban solos, en la infinita intemperie de viento helado, neblina y lluvia. Pero las ganas de vivir, de escapar de aquel infierno gélido lo mantuvo en pie. Y ahí fue protagonista el fútbol, para mantener ardiendo el fuego de la esperanza. Pero el fútbol estaba lejos, muy lejos de esa realidad de espanto y muerte.

Algún receptor que todavía tenía pilas sintonizaba Radio Colonia y de allí surgía todo el ambiente previo al Mundial España '82. ¿Cómo el mundo podía seguir andando mientras la pesadilla de la guerra los cubría como una noche infinita en ese archipiélago perdido al sur del mundo? ¿La Argentina se había olvidado de ellos? Escobedo no le guarda resentimiento a Gran Bretaña: “Yo nunca le tuve rencor a los ingleses. Estuve prisionero una semana, y los ingleses son profesionales. Ese es su trabajo, nosotros tuvimos un ideal de ir a defender nuestra tierra y ellos el suyo. Nos enfrentamos porque nos mandaron”. Pero sí tiene cuentas pendientes: “Sigo odiando a los militares”, repitió antes del 30° aniversario del desembarco argentino en las islas.

"EL FÚTBOL ME SALVÓ LA VIDA"
El 14 de junio de 1982, al día siguiente del partido inaugural de la Copa del Mundo, los argentinos oían el triste comunicado 163: “El Estado Mayor Conjunto comunica que el comandante de la fuerza de tarea británica, general More, conferenció con el comandante militar de las Malvinas, general de brigada Mario Benjamín Menéndez, hoy, 14 de junio de 1982 a las 16 horas. En estos momentos, en la zona de Puerto Argentino, hay un alto el fuego de hecho, no concertado por ninguna de las dos partes”. Era la rendición; la dura aceptación de que el poderío bélico británico podía pisotear la dignidad y seguir usurpando las islas. Pero era también el fin del horror, de una pesadilla de 74 interminables días. Vencedores o vencidos, héroes o mártires, todos quería regresar al calor del hogar, al añorado abrazo de los seres queridos.

Ocho días después, el 22 de junio, su diario íntimo, húmedo y embarrado, consignaba: “Es de madrugada y no puedo dormir; ya me veo en casa, con mis amigos, mi barrio, viendo rodar la redonda…”. Ahí estaba el balón, esperándolo para continuar la historia. Porque él sí podía retomar sus sueños; los 649 compatriotas que quedaron para siempre bajo el suelo de Malvinas o en lo profundo del mar, no corrieron esa suerte.

Escobedo (el de la izquierda)
celebrando en Los Andes.
Al regresar, Escobedo sufrió tremendas consecuencias psicológicas: se aislaba, no podía relacionarse con la gente, sentía miedo, escapaba. Además, en las islas había padecido el congelamiento de sus piernas. Pero se aferró a la pelota para seguir viviendo. En Los Andes lo apoyaron a escapar de la depresión, ese estado desesperante que ocasionó un número incontable de suicidios entre los excombatientes. Luis estuvo de nuevo de pie y pronto volvió a jugar: “A mí el fútbol me sacó de un lugar del que los demás muchachos no pudieron salir, me salvó la vida”, agradece.

Debutó en Primera, jugó en Colón, Racing de Córdoba, Belgrano, Tigre y Vélez Sarsfield, entre otros. Cuando se retiró, hizo el curso de técnico, integró el Súper 8 para el Fortín y torneos de veteranos para Banfield y Temperley.

Hoy Luis Escobedo tiene una familia, está casado y es padre de Brenda y Alan. Trabaja en la obra social IOMA. Tres décadas después de la guerra, volvió a pisar el suelo argentino de Malvinas para “cerrar esa historia”.

Cuando tan alegremente se reparte a cualquier futbolista el mote de "héroe", vale tener presente esta historia.

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