sábado, 16 de junio de 2007

Afganistán: Jugar con fuego

No es nada sencillo vivir en Afganistán. Y mucho menos practicar deportes. Por empezar, el país dominado por los talibanes es el único miembro de la FIFA que no compite y fue excluido del Comité Olímpico Internacional. Las reglas internas son tan estrictas que ningún occidental se animaría a pisar una cancha.
Artículo publicado en la revista El Gráfico, en octubre de 2001.
Por MARTÍN DE ROSE Y PABLO ARO GERALDES

Si algo caracterizó a los años 80 fue la tensión mundial por la Guerra Fría, que enfrentaba a los Estados Unidos y el Occidente capitalista con el bloque soviético comunista. En 1980 todo estaba listo en Moscú para el comienzo de los XXII Juegos Olímpicos. Pero la crisis política tenía efectos en el deporte: el gobierno estadounidense de Jimmy Carter encabezaba un boicot en protesta por la invasión soviética a Afganistán, en 1979, que intentaba reforzar su posición en el país para construir un bloque en esa zona asiática.
La dictadura de Videla en la Argentina –un país “profundamente anticomunista”, según el canciller Carlos Pastor–, le ordenó al coronel Antonio Rodríguez, presidente del Comité Olímpico Argentino, sumarse a la movida norteamericana. La delegación argentina no fue a Moscú, igual que otros 59 países.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre contra los Estados Unidos colocaron otra vez a Afganistán en el centro de la escena y en la mira de las fuerzas militares de Occidente, ya que ese país asiático refugia al multimillonario líder saudí Usama Ben Laden, sospechado de idear los ataques, según imponen las cadenas televisivas internacionales. Pero, ¿qué espacio tiene el deporte en Afganistán? ¿Cómo lo toman los talibanes, el grupo fanático que reinterpretó el Islam? ¿Por qué es el único miembro de la FIFA que no participa en competencias oficiales? ¿Por qué el Comité Olímpico Internacional le prohíbe participar de los Juegos Olímpicos? ¿Cuáles son sus deportes?
Afganistán, un país sin tradición en los deportes clásicos, participó por última vez de un Juego Olímpico en Atlanta 96 con una reducida delegación. Coincidentemente con el fin de aquellos juegos, la milicia extremista islámica talibán tomó el poder. Este grupo, integrado básicamente por jóvenes, todos varones, no se lleva bien con el deporte, y el mundo deportivo tampoco los digiere.
La FIFA tiene 204 miembros pero en su ranking mensual aparecen 203. El que falta es Afganistán, por no tomar parte de competencias oficiales. El último partido de su selección fue el 20 de septiembre de 1984: 0-0 ante Hong Kong por la eliminatoria a la Copa de Asia. Desde entonces el fútbol se fue convirtiendo en una práctica cada vez más extraña, hasta que en 1994 fue prohibido. La razón, si así se la puede llamar, se remonta a un incidente ocurrido en la guerra de Karbala en el siglo VII. Fue cuando los cristianos vencieron a los musulmanes y cortaron las cabezas de sus héroes Hassan y Hussain –hijos de Alí, uno de los discípulos preferidos de Mahoma– y se divirtieron pateándolas, como en el fútbol. Los talibanes, que analizan con un rigor particular el Corán, determinaron que no era apropiado permitir un deporte que “rememore” aquel episodio.
La veda duró hasta octubre de 1997 cuando promulgaron decretos que imponían al deporte su propia interpretación de los textos sagrados. Para conmemorar el primer aniversario de la caída de Kabul, la capital, organizaron un gran show deportivo en el que intervinieron 3000 atletas (todos varones, claro, ya que las mujeres, entre innumerables prohibiciones, no pueden hacer deporte).
El fútbol volvió, sí, pero adaptado a la visión talibán. Un edicto del Departamento de la Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio impuso el rezo en las horas estipuladas por el islam también en los espectáculos públicos. Así un partido puede interrumpirse las veces que haga falta para las plegarias. Jugadores y público oran arrodillados.
En medio de la represión creciente, el 27 de julio último (2001) unos 50 mil hinchas silbaron y aplaudieron en un partido de fútbol en Kabul. Esto, normal en Occidente, en Afganistán es un desafío a la autoridad. Uno de los citados decretos religiosos determina que los espectadores sólo tienen permitido gritar “Alá-o-Akbar” (Dios es Grande). “Fue la máxima concurrencia a un estadio desde que los talibanes ascendieron al poder”, explicó Ahmad Zadran, jefe de la Federación Afgana de Fútbol.
Cuando se volvió a permitir el deporte la ONU reconstruyó una tribuna del bombardeado estadio de Kandahar, donde los talibanes tienen su sede. Para inaugurarlo no hubo desfile, ni fuegos artificiales... ni siquiera partido. Diez mil espectadores siguieron en silencio la ejecución de un preso bajo el travesaño de un arco. La interpretación severa de la ley hace que los culpables de algún delito paguen con su cuerpo. Una mujer que salga a la calle sin su marido o hermano puede recibir azotes; lo mismo si no viste su burqa (túnica) o se le ven los tobillos. Las infieles pueden ser lapidadas y una mujer que se pinte las uñas será condenada a la amputación de sus dedos. Un ladrón inexorablemente perderá sus manos o sus pies, según el grado de reincidencia, y los delitos más graves conducen a la horca, la decapitación o un tiro de gracia. Estas ejecuciones y amputaciones son el “espectáculo” público que congrega más público en Afganistán.
Jaque mate al deporte
Afganistán no pudo participar en Sydney 200 porque el Comité Olímpico Internacional suspendió al país en 1998. En agosto del año pasado los líderes talibanes solicitaron al COI, mediante un escrito, que sus atletas sean invitados a participar “como mensajeros de paz”. El ministro de Deportes Shakur Muttmain dijo que supondría “una gran decepción” para sus deportistas quedar fuera de la competencia. Y lo fue. Pocos días antes de iniciarse los Juegos, la policía de Nueva Zelanda detuvo a un grupo de integristas afganis sospechados de planear un atentado en Sydney, aparentemente impulsados por Ben Laden.
Los afganos se habían entrenado en lucha libre, boxeo, fútbol y atletismo. Y según Mohammad Khaled, secretario general del Comité Olímpico local, esa marginación suponía que “los deportes podrían colapsar en el país y los atletas, abatidos, podrían caer en la droga”. Ghulam Dastgir, miembro del equipo de lucha, se lamentó: “Pasé meses trabajando duro, pero no me sirvió para nada”.
Uno de los deportes que más sufre con el régimen es el ajedrez. Miles de civiles afganos sufrieron el exilio por jugarlo. Durante las Olimpíadas de Ajedrez de 1996 en Ereván, Armenia, el equipo afgano fue admitido a mitad de competencia. Para llegar al torneo los seis ajedrecistas debieron huir durante 10 días en un micro por Uzbekistán y Turkmenistán. Los talibanes recién habían tomado Kabul y asesinado al presidente Najibulá cuando, entre otras medidas, prohibieron los tableros. Mohammad Qasim Ghosi y sus cinco compañeros tenían un equipaje mínimo: alfombras de cuya venta pensaban sobrevivir en el exilio.
Ghosi explicó que la presencia en Armenia “es un testimonio de la dignidad del pueblo afgano. El ajedrez, mezcla de cultura, arte, deporte y ciencia, es un símbolo y era una materia obligatoria en nuestras escuelas. En una competencia se comparte con otras culturas y religiones. El ajedrez es la antítesis del régimen talibán”.
La Federación Afgana de Ajedrez funciona en el exilio. Su secretario general, Ajmal Jamshidi, es uno de los refugiados que vive en Ámsterdam y resume: “En 1994 había unos 20 mil ajedrecistas activos en mi país. Muchos de ellos huyeron. De los que quedaron, 1900 fueron detenidos por actividades políticas o simplemente por jugar torneos clandestinos. Nos consta que fueron torturados y que doce de ellos murieron en el arresto. Todos los clubes de ajedrez fueron destruidos. Los tableros, las piezas y los relojes se vendieron en Pakistán, y los libros técnicos fueron quemados”.
Según el diario español El País “la prohibición del ajedrez, como también ocurrió en Irán durante el liderazgo de Khomeini, se basa en una interpretación radical del Corán y de la ley islámica que prohíbe la representación de figuras humanas o animales y relaciona al ajedrez con los juegos de apuestas, el alcohol y el abandono de la oración”.
Los años de dominación inglesa dejaron en el país cierta pasión por el cricket. En mayo pasado un grupo de hinchas despidió en el estadio Rawalpindi a la primera selección de cricket que salía de gira al exterior. Esa vez se “toleraron” algunos aplausos. “Espero que un día juguemos con Inglaterra en Lord’s –la catedral del cricket–”, se ilusionaba Allahdad Noori, capitán del equipo. Un sueño remoto, aunque el régimen talibán presiona para ser reconocido por la International Cricket Council.
Los jugadores de este seleccionado fueron elegidos de equipos provinciales, pero la realidad es que la mayoría vivió mucho tiempo como refugiada cerca de la frontera paquistaní. Todos pertenecen a la etnia pashtuns, la tribu afgana dominante de la cual surgieron los talibanes. Ninguno de los integrantes del plantel es de la minorías tajikas, uzbekas y hazaras, que son insistentemente perseguidas. El propio Noori vivió 18 años en Peshawar, donde reside de la mayor población afgana de Pakistán. “Ahora lo importante es promover el deporte -dice-. Queremos que el mundo sepa que los afganos también podemos hacer deportes”.
Uno de los impedimentos difíciles de salvar es el de la indumentaria: los deportistas no pueden vestir camisetas de manga corta o shorts. Al equipo de cricket le llevó varias discusiones convencer al régimen para que les permitieran jugar con ropa deportiva en lugar del shalwar kamiz, la holgada y tradicional prenda afgana.
Los que no se van a olvidar más de la rigidez de estas normas de vestuario son los futbolistas de un equipo juvenil pakistaní que realizó una gira por Kandahar, en el sur de Afganistán. El 15 de julio del años pasado (2000) fueron arrestados y rapados tras cometer el “error” de jugar en pantalones cortos. Soldados talibanes irrumpieron con armas en el amistoso, ofendidos por las piernas expuestas de los visitantes. “En el futuro habrá un código para los equipos visitantes”, prometió el ministro Muttmain. Por el contrario, en 1998, tres boxeadores talibanes no pudieron pelear en Pakistán porque se negaron a cortar la barba, prohibida por los reglamentos internacionales.
En el origen de algunos deportes, Afganistán tuvo cierto protagonismo. Dos teorías bien distintas sobre las raíces del básquet y del pato, respectivamente, advierten sobre los antecedentes en el buzkashi, el deporte nacional afgano. En este juego con caballos la única regla es embocar un cordero muerto en un círculo ubicado en el piso. Para practicarlo se elige a los chavandozlar (jinetes) entre los hombres más fuertes y salvajes de cada pueblo. Algunas escenas se ven en la película Rambo III.
El dogmatismo talibán atrasó la práctica del deporte en un país escaso en atletas. Un símbolo de este anclaje en el paso fue el fondista Baser Wasiqui, que en el Maratón de Atlanta 96 clavó un tiempo de 4 horas, 27 minutos y 17 segundos. Llegó último, empleando casi el doble de tiempo que el argentino José Luis Molina, que llegó en el puesto veinticuatro.

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