miércoles, 22 de julio de 2020

Entrenadores campeones con la Selección Argentina

Globalmente conocidos son César Luis Menotti y Carlos Bilardo, los entrenadores que guiaron a la Selección Argentina a sus dos máximas conquistas: las Copas del Mundo 1978 y 1986, respectivamente. Pero además, la celeste y blanca ganó 14 veces el Campeonato Sudamericano que premia con la Copa América: recordar a los directores técnicos que estuvieron detrás de cada equipo supone ya un desafío a la memoria. ¿Y los otros torneos? ¿Los juveniles? ¿Las selecciones femeninas? ¿El futsal?
Este es un repaso a los entrenadores que llegaron a lo más alto del podio comandando a diferentes representativos nacionales.

Recopilado por PABLO ARO GERALDES

COPA DEL MUNDO
1978 – César Luis Menotti
1986 – Carlos Bilardo

CAMPEONATO SUDAMERICANO / COPA AMÉRICA
1921 – no tenía entrenador
1925 – Ángel Vázquez
1927 – José Lago Millán
1929 – Francisco Olazar - Juan José Tramutola
1937 – Manuel Seoane
1941 – Guillermo Stábile
1945 – Guillermo Stábile
1946 – Guillermo Stábile
1947 – Guillermo Stábile
1955 – Guillermo Stábile
1957 – Guillermo Stábile
1959 – Victorio Spinetto - José Barreiro - José Della Torre
1991 – Alfio Basile
1993 – Alfio Basile

COPA DEL REY FAHD / CONFEDERACIONES
1992 – Alfio Basile

COPA ARTEMIO FRANCHI
1993 – Alfio Basile

COPA DE LAS NACIONES
1964 – José María Minella

CAMPEONATO PANAMERICANO
1960 – Guillermo Stábile

JUEGOS OLÍMPICOS
2004 – Marcelo Bielsa
2008 – Sergio Batista

TORNEO PREOLÍMPICO
1960 – Ernesto Duchini
1964 – Ernesto Duchini
1980 – Federico Sacchi
2004 – Marcelo Bielsa
2020 – Fernando Batista

JUEGOS PANAMERICANOS
1951 – Guillermo Stábile
1955 – Ernesto Duchini
1959 – Ernesto Duchini
1971 – Rubén Bravo
1995 – Daniel Passarella
2003 – Miguel Ángel Tojo
2019 – Fernando Batista

JUEGOS SUDAMERICANOS - ODESUR
1982 – César Luis Menotti
1986 – Carlos Pachamé

COPA MUNDIAL JUVENIL / SUB-20
1979 – César Luis Menotti
1995 – José Pekerman
1997 – José Pekerman
2001 – José Pekerman
2005 – Francisco Ferraro
2007 – Hugo Tocalli

CAMPEONATO SUDAMERICANO JUVENIL / SUB-20
1967 – Juan Carlos Giménez - Mario Imbelloni
1997 – José Pekerman
1999 – José Pekerman
2003 – Hugo Tocalli
2015 – Humberto Grondona

TORNEO ESPERANZAS - TOULON
1975 – César Luis Menotti
1998 – José Pekerman

CAMPEONATO SUDAMERICANO SUB-17
1991 – Reinaldo Merlo
1995 – José Pekerman
2003 – Hugo Tocalli

CAMPEONATO SUDAMERICANO SUB-15
2017 – Diego Placente



SELECCIONES FEMENINAS

COPA AMÉRICA
2006 – Carlos Borrello

JUEGOS SUDAMERICANOS / ODESUR
2014 – Ezequiel Nicosia



FUTSAL

COPA DEL MUNDO
2016 – Diego Giustozzi

COPA AMÉRICA
2003 – Fernando Larrañaga
2015 – Diego Giustozzi

COPA CONFEDERACIONES 
2014 – Diego Giustozzi

SUDAMERICANO SUB-20
2016 – Diego Giustozzi

martes, 21 de julio de 2020

Los hombres no lloran

El mandato social dice "los hombres no lloran". Tomo esta nota publicada en El País en octubre de 2010 sólo para acompañarla con estas fotos que desmienten al título.
Lo raro ya no es que un líder derrame lágrimas de tristeza o alegría en público, sino la reacción machista e hiriente. El reto es que los más jóvenes se liberen del miedo a sentir.

"La gente me observa. Aun así lloro. Tengo el hombro de Dios para llorar. Y lloro mucho. Lloro mucho en mi trabajo. Apuesto a que he derramado más lágrimas de las que usted puede contar". Con esta naturalidad contaba en una biografía el entonces político más poderoso del mundo, George W. Bush, su facilidad para el llanto.

Miguel Ángel Moratinos no está solo. Ni mucho menos. Pero el escritor Arturo Pérez-Reverte le zahirió por llorar al despedirse como ministro de Exteriores, un cese inesperado: "Por cierto, que no se me olvide. Vi llorar a Moratinos. Ni para irse tuvo huevos", escribió el novelista en su Twitter el sábado a las 20.25. Y claro, los internautas reaccionaron. Noventa y tantos lo rebotaron de inmediato. Y él respondió a las dos horas con una retahíla de perlas : "No se es menos hombre (hablamos del ministro Moratinos) por llorar. Nadie habla de eso" (a las 22.49), "A la política y a los ministerios se va llorado de casa" (22.52) o "Moratinos, gimoteando en público, se fue como un perfecto mierda" (22.53). Y el tema se convirtió en la sensación del momento en la red de microblogs. ¿Cómo gestionan los hombres sus sentimientos? ¿Cada vez se acepta mejor el llanto masculino en público? ¿Y la expresión de otras emociones? ¿El cambio ha llegado a la política? La tradición pesa. Ya lo decían The Cure en Boys don't cry o Miguel Bosé en Los chicos no lloran. Y mucho antes, según una leyenda, se lo dijo a Boabdil su madre cuando abandonaban Granada tras la derrota: "No llores como una mujer por lo que no has sabido defender como un hombre". La tradición pesa, ahí está Pérez-Reverte, pero las actitudes cambian.

Erick Pescador Albiach, sociólogo experto en cuestiones de género, da un ejemplo de anteayer, de un grupo de discusión con adolescentes varones de 13 a 16 años en Sagunto (Valencia). El llanto fue uno de los asuntos tratados. "Reconocen que lloran, que lo hacen en presencia de amigos, por ejemplo. Y que lo admitan, que lo digan ante otros chavales... era impensable hace 10 años", asegura este especialista que da talleres en escuelas desde hace una década."Lloran pero con límites ¿eh? El límite anteayer era que los demás les consideren blandengues, mariquitas", cuenta. Persiste el miedo a parecer menos hombre. David Bustamante, con sus frecuentes llantinas en la primera edición de OT, "fue un cambio cósmico para los adolescentes", recalca este experto. Lo solía poner como ejemplo ante los estudiantes. Ahí estaba Bustamante, un hombre, un albañil, que se permitía el lujo de llorar en aquel programa que le descubrió como cantante. "Dejé de ponerlo como ejemplo cuando empezó a pegarse", explica.

El reto para Pescador es "conseguir que los chavales se liberen del miedo a sentir, porque así serán más libres, porque las emociones no debilitan a los hombres sino que les fortalecen". Este experto opina que el que un varón exprese en público ciertos sentimientos está mejor visto hoy, siempre y cuando la gente que representa el modelo de poder tradicional masculino -"como Pérez-Reverte", dice- no se sienta amenazada.

Moratinos es solo el ejemplo más reciente. "Es que los hombres también lloran", les dijo a sus compañeros socialistas el sábado pasado sobre sus lágrimas en el Congreso de los Diputados. Y tanto que lloran. Ahí van unos cuantos ejemplos que han dado la vuelta al mundo: el brasileño Lula da Silva lloró sin consuelo cuando Río de Janeiro ganó los Juegos Olímpicos de 2016 . Y no pudo contener el llanto por dos veces en una entrevista televisiva este verano. "Creo que estoy mayor", comentó al final. Un lagrimón sobre la mejilla de Bush hijo, en el homenaje póstumo a un héroe de una guerra, la de Irak, que él empezó -un uniformado que se echó sobre una granada para salvar a sus compañeros- fue portada en 2007. Barack Obama lo hizo al recordar a su abuela Madelyn, muerta horas antes, justo la víspera de ganar las elecciones. El príncipe Federico de Dinamarca no paró de llorar el día de su boda; por fin se casaba con Mary Donaldson, que, por cierto, no derramó una lágrima. El llanto, en la victoria y también en la derrota (y esto es menos frecuente en el deporte), es una seña de identidad del tenista Roger Federer . La Copa del Mundo convirtió a Iker Casillas en un mar de lágrimas. El presidente afgano, Hamid Karzai, lloró hace menos de un mes en un discurso televisado al explicar que si el país se pone aún más peligroso quizá tenga que enviar a su hijo Mirwais, de tres años, a vivir al extranjero. O el entonces primer ministro libanés, Fouad Siniora, en una reunión de ministros árabes en Beirut en plena guerra contra Israel.

Suma y sigue. "Debemos normalizar y no montar el espectáculo cuando un ministro llora al irse", argumenta Gaspar Hernández, periodista, escritor y presentador del programa Bricolaje emocional de la catalana TV3. Y explica por qué: "Porque cuando se está triste se llora. Y si se está alegre se ríe". Puede sonar a obviedad pero se ve que no lo es. Explica que contener el llanto "es cultural". "Es reprimir una emoción. Y para tener salud emocional es necesario gestionar y canalizar las emociones de modo adecuada". Sostiene que los españoles tienen mucho que mejorar. E Insiste: "No somos menos hombres por llorar ni somos más hombres por insultar o usar violencia verbal".

Frente al ejemplo de Federer, quien a ojos de muchos es un tipo entrañable gracias a su llantina, este periodista recuerda el ejemplo de John McEnroe, que hacía exhibicionismo de su ira mal canalizada al destrozar raquetas. Advierte que una cosa es llorar cuando te lo pide el cuerpo y otra muy distinta es "exhibir las emociones sin sentido". Pone de ejemplo al casi eterno presidente del Barça Josep Lluís Núñez, "que convirtió el llanto en una marca de la casa, que lloraba para hacerse querer más. Y esa ya no es una gestión correcta de las emociones".

Ejemplos españoles también hay, por supuesto: Manuel Fraga lloró a lágrima viva al visitar Manatí, Cuba, donde se conocieron sus padres y él vivió de crío. El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, no pudo evitar las lágrimas (y mira que se esforzó) al elogiar al veterano Fraga en 2007. El recién fallecido Manuel Alexandre lloraba a menudo. Javier Bardem también lo hizo, y a raudales, en la puerta de la sala donde se leyó el fallo que le dio la Concha de Plata en el festival de San Sebastián en 1994, o Alfredo Landa al recibir el Goya honorífico en 2008.

"Pérez-Reverte es una mina de comentarios machistas y misóginos, de defensa del hombre de siempre, del energúmeno de siempre", dice de entrada Hilario Sáez, miembro del movimiento Hombres por la Igualdad. No es, para nada, el único que lo opina. Sostiene que tiene "tirón en el sector masculino tradicional. Pero el resto de la sociedad estamos hartos de gente tan procaz y zafia empeñada en los estereotipos". Para Hernández, uno de los promotores de la primera manifestación de hombres contra la violencia machista, en 2006, "lo que no nos permiten enseñar a los hombres es la vulnerabilidad". "El mundo masculino es un mundo de depredadores. Se pueden mostrar sentimientos pero en la dirección socialmente aceptada".

Eso nos lleva al terreno del deporte, a los futbolistas. "Puedes tocar a otro, tirarte encima de los compañeros cuando ganas. Pero no puedes llorar si pierdes. Si muestras vulnerabilidad, la gente te señalará como perdedor". Al sociólogo Pescador le parece que considerar los achuchones entre deportistas como reflejo del cambio es contraproducente. "Me parece contradictorio porque son cariñosos [en las celebraciones] tras ser extremadamente violentos [en el terreno de juego]".

lunes, 20 de julio de 2020

Día del Amigo

A propósito del Día del Amigo y los clásicos rioplatenses, comparto esta notable investigación realizada por los amigos de la Comisión de Historia y Estadística del Club Nacional de Football, de Montevideo, Uruguay, qué tan seriamente trabajan para mantener viva la memoria.

LAS AMISTADES
Las amistades de Nacional con Boca Juniors y Peñarol con River Plate comenzaron a gestarse allá por la década de 1910 y terminaron de sellarse por los años '20. Durante la época del cisma eran frecuentes los amistosos entre aurinegros y riverplatenses y las copas “Amistad Nacional - Boca”.

EL CISMA
Los sucesos que dividieron al fútbol argentino tuvieron clara influencia sobre la margen oriental del río, identificándose Peñarol con el grupo de clubes que se retiraron de la AFA encabezados por River Plate.
Francisco Varallo y Roberto
 Porta, en 1938.
Boca Juniors se mantuvo fiel a la Asociación Argentina, al igual que Nacional a la AUF.

El desembarco del cisma en Uruguay no tuvo razones políticas de peso, tampoco económicas, mucho menos deportivas, ya que Peñarol quedó al margen de los campeonatos de la AUF, de la selección nacional y de las principales actividades futbolísticas.

La razón principal del advenimiento del cisma fue el vínculo que tenía Peñarol con River Plate. Como repetía la prensa uruguaya de la época, el cisma en Uruguay fue provocado innecesariamente por Peñarol por defender intereses ajenos.

El primer partido amistoso entre Nacional y Boca Juniors data de 1917, cuando los boquenses cayeron 5-2 en su visita al Parque Central. Desde entonces, este cruce se convirtió en una cita casi obligada del calendario futbolístico entre tricolores y xeneizes. En cambio el primer partido de Nacional contra River Plate se remonta recién a 1933.

José María Minella y Álvaro Gestido,
también en 1938.
Con Peñarol sucede algo similar pero a la inversa: con River Plate jugaron el primer amistoso en 1916 y los partidos se sucedieron casi año a año, por lo general con localía intercalada. El primer amistoso entre aurinegros y xeneizes pactado especialmente entre las dos instituciones fue recién en 1943.

Antes, en 1936 se habían cruzado Boca Juniors y Peñarol por el Torneo Nocturno Rioplatense, pero el partido se debió a que el calendario del certamen así lo marcaba (participaban los 10 equipos principales de ambas naciones).

A través del tiempo, los Nacional-Boca y los Peñarol-River han sido mucho más numerosos que a la inversa.

En 1923 Peñarol inauguró la cancha de River Plate ubicada en la Avenida Alvear y Tagle (foto izquierda) y en 1938 hizo lo propio con el Estadio Monumental. En 1924, fue Boca Juniors el que inauguró en un partido con Nacional su vieja cancha de madera (foto derecha), en donde hoy se levanta La Bombonera.


Era común que, en los períodos de pases, se cedieran futbolistas entre estos clubes. De esta manera llegó Atilio García a Nacional en 1938, por ejemplo. Nacional fue pionero en su famosa y exitosa gira por Europa de 1925 y Boca Juniors siguió su experiencia ese mismo año.

Se había estrechado de tal forma el vínculo, que en ocasión del Nocturno de 1936 Peñarol jugó vestido con la camiseta de River Plate como símbolo de amistad con los millonarios.
Equipo de Peñarol de 1936 capitaneado por Álvaro Gestido.
Utilizó la camiseta de River Plate como uniforme alternativo.
Paralelamente en 1938, Boca Juniors sustituyó su tradicional escudo en la camiseta por el de Nacional y éste agregó a la derecha de su casaca el escudo xeneize en ocasión de disputarse el encuentro entre ellos.
El 19 de marzo de 1938 Boca Juniors enfrentó a Nacional y lució en su
casaca el escudo del rival, como símbolo de amistad.
En 1949 Boca Juniors fue invitado al torneo 50º Aniversario de Nacional y en el 2002 fue Peñarol el que viajó a Buenos Aires para celebrar el centenario de River Plate.
La delantera de Nacional en 1947, con Atilio García a la cabeza, posando en el vestuario con la camiseta xeneize.
ENTRE SOCIOS E HINCHAS
La amistad no se limitaba a lo institucional, los hinchas sentían una simpatía recíproca y era común que hinchas de Peñarol fueran a recibir y despedir al puerto de Montevideo a los equipos de River Plate, mientras que los hinchas tricolores acompañaban a los de Boca Juniors cuando venían a jugaban copas y amistosos en la capital uruguaya.
Plaquetas conmemorativas en el Gran Parque Central y La Bombonera.

LAS DOS TRILOGÍAS
También los equipos de Rosario se sumaron a estos lazos de amistad formando dos trilogías, por un lado Nacional, Boca y Newell’s Old Boys y por el otro Peñarol, River y Rosario Central.
Los socios de Nacional, Boca y Newell’s se hacían acreedores de unos distintivos metálicos que les permitían acceder gratuitamente a los partidos de cualquiera de estos tres clubes, ya sea en Montevideo, Buenos Aires o Rosario. Una situación similar se daba entre Peñarol, River Plate y Rosario Central.

domingo, 19 de julio de 2020

Roberto Fontanarrosa: "El fútbol que vale es el que queda en el recuerdo"

Entrevista publicada en el Programa Oficial de la Copa América Perú 2004.
Por PABLO ARO GERALDES

Profundo conocedor y amante del fútbol, Roberto Fontanarrosa es uno de los mejores exponentes de la literatura latinoamericana contemporánea. Sus cuentos y novelas, siempre en clave de humor, son editados en todo el mundo de habla hispana y reconocidos por su capacidad narrativa.
Canaya de corazón


Es un confeso hincha de Rosario Central, de Argentina, pero su pasión futbolística no conoce fronteras: es capaz de pasar una soleada tarde en París encerrado en la habitación del hotel porque televisan Galatasaray-Feyenoord, y encima amistoso, como cuenta en su libro "Puro fútbol".

En su obra "No te vayas, campeón" repasó a los equipos memorables del fútbol argentino. Nacido en 1944, llegó tarde para conocer a La Máquina de River, por ejemplo. "No hay vueltas, uno ve el fútbol que le toca ver", se resigna.

-Hay un fútbol sobre el que a uno le han contado maravillas, pero lamentablemente no hay ninguna referencia, salvo las fotos de El Gráfico. No existen filmaciones. Recuerdo el deslumbramiento que era ir al cine y ver el noticiero previo a la película, donde pasaban 30 segundos de un Racing-River, por ejemplo, y ahí conocía a los jugadores en movimiento.

-¿Donde empiezan sus recuerdos del fútbol sudamericano?
-Con el '59, en Buenos Aires. No vi ningún partido, todo era por radio. Pero recuerdo la efervescencia, quizá por mis 14 años. Vino Brasil campeón del mundo con Pelé, y Argentina aparecía tras un fracaso estrepitoso. La revelación fue Perú, con la delantera de Gómez Sánchez, Loayza, Joya, Terry y Seminario. Empataron con Brasil después de ir perdiendo 2-0, era un equipo privilegiado, de esos que cada tanto aparecen en Perú, como aquel otro de Teófilo Cubillas. Tanto que al tiempo Joya y Gómez Sánchez vienen a River, Loayza a Boca y después cae en Central, un tipo de una habilidad desusada. Tengo muy fresco ese recuerdo, por cosas muy puntuales: la aparición de Perú y la reacción de los brasileños después de largo tiempo en que la historia marcaba que Uruguay los mataba a patadas: se armó una gresca impresionante; ahí se inauguró la patada voladora, como mostraba la foto de Pelé volando horizontal. Esos uruguayos eran terribles. Jugaban William Martínez, Cococho Álvarez, Silveira... eran piernas de exportación. Echaron no sé a cuántos jugadores y terminó ganando Brasil 3-1. Me acuerdo de escuchar por la radio la final que Argentina empata con Brasil. Tiempo después llegaron las fotos y más tarde los goles en el cine, que no se entendían por culpa de los flashes de los fotógrafos.

-¿En la adolescencia es cuando más se marcan los recuerdos?
-Sí, se fijan más. Y antes porque había menos información. A los grandes equipos argentinos los veía una vez al año, cuando visitaban a Central. Todo se mezcla: recuerdos, imaginaciones y lo que queda son sensaciones. No me olvido de la ansiedad por ver a determinados jugadores. En el interior creíamos que a los futbolistas los inventaba El Gráfico, y había que verlos, constatar que eran como los contaban.

-¿Como espectador, qué espera de esta Copa América?
-Me interesa más que la Eurocopa, por más que allá tengan a todas sus estrellas... El hecho de que algunos seleccionados vayan con un equipo de fogueo me da curiosidad. Y será una ojeada al fútbol sudamericano; algunos equipos pueden estar pasando malos momentos, pero es un fútbol muy rico. Siempre está la esperanza de que aparezcan nuevos nombres, como Rondón o Farfán.

-¿Qué tipo de futbolista le agrada?
-Más allá de la camiseta, el mayor atractivo lo dan los talentosos. A mí me atrae más un volante creativo que un zaguero central. Obviamente, será muy útil un Samuel, pero prefiero a un Ronaldinho. A veces veía partidos europeos y decía: ¿cuándo aparecerá un Orteguita, un Rondaldinho? Uno que invente algo, que haga diferencia, que no sea solamente correcto. No hay nada más aburrido que el fútbol italiano. Me hartó, no hay uno solo que gambetee. El fútbol español le pasó por arriba, es más rico no sólo en figuras, también en espectáculo. Aún con lo mal que le fue, le agradezco al Real Madrid por Zidane, Figo, Beckham, Ronaldo, Raúl...

-Como dice César Luis Menotti, "se juega como se vive". Cada país tiene su idiosincracia y esa se traduce en el fútbol. Repasemos a los participantes, empezando por el anfitrión.
-Siempre se hablaron maravillas de la técnica del jugador peruano. Como Solano, un tipo frágil, menudo, pero con gran talento y habilidad. Me quedo con la generación que dejó afuera del mundial '70 a Argentina. Los jugadores de esos años son inolvidables: Cubillas, Percy Rojas, Chumpitaz, Sotil, Oblitas, Meléndez...

-Equipos impresionantes, como históricamente tuvieron argentinos, brasileños y uruguayos en esta competición.
-Cuando salían a la cancha imponían miedo. A Uruguay se le está esfumando ese peso... Quedó como una historia muy antigua. Y eso que, por nombres, puede armar un equipo con jugadores de nivel en cada puesto. Le pesa la tradición de la garra, es muy seductora la leyenda del coraje. Como la historia del Pepe Sacía, que una vez en Puerto Sajonia se trompeó con todos los hinchas que entraban a la cancha... La garra se desvirtuó: garra era dar vuelta un partido difícil, ganar en las peores circunstancias, no tomarse a golpes. Uruguay se quedó con la parte pintoresca de la garra. Claro, uno piensa que es un fútbol que dio a Francescoli...
Tienen un porcentaje desproporcionado de jugadores de fútbol respecto a sus habitantes, pero por ahí no alcanzan cuando llega el momento de elegir. Tal vez estos sacudones les sirvan para resurgir: no puede ser que a Uruguay lo goleen en el Centenario.

Brasil gana todo y por demografía. Están Ronaldo y Ronaldinho, y mirás para abajo y aparecen Adriano, La Bestia (Julio Baptista), Alex, Kaká...Siguen sacando laterales y ahora también tienen buenos arqueros. Y el caso de Ronaldinho es notable. ¡Qué lindo que es! Uno puede decir que Beckham es un buen jugador, pero le falta fantasía. A este tipo uno paga para verlo. Hace goles y no desaparece del partido.
Brasil es el primero en dar la lista, hace entrenamientos a puertas abiertas, sin misterios. Y paradójicamente las innovaciones tácticas salieron de Brasil: el segundo central lo inauguraron ellos, con Orlando; el 4-3-3; el wing izquierdo tirado atrás lo creó Zagalo…


-¿Y Argentina?
-Prefiero ver a un equipo con pibes, figuras que pueden llegar a ser, que ver a aquellos que ya conozco largamente.

-Hay otro pelotón histórico, con Paraguay, Bolivia, Chile, ¿qué te sugieren?
-Los paraguayos me remiten a la leyenda que dice que son grandes cabeceadores, tipos fuertes, para tener en cuenta. El de Bolivia es un tema muy dispar; tener la altura a favor cuando juega de local perturba todo, no se puede hacer una medición correcta del equipo.
Y Chile es otro caso raro… Tuvo nombres realmente importantes, como Elías Figueroa, pero son casos aislados, no saca generaciones completas. Hace poco, los periodistas chilenos usaron una frase que describe la situación: “jugamos como nunca, perdimos como siempre”.


-Costa Rica tuvo a los dos equipos finalistas de la Copa de Campeones de la Concacaf y México siempre cumplió buenas actuaciones en la Cópa América. ¿Qué le aportan los invitados?
-Es lógico que estén. Tienen más roce internacional y, sobre todo, convicción: ahora plantean otro tipo de partidos. El campeonato mexicano es más atractivo; tiempo atrás era de muchos goles porque los defensores y los arqueros eran un espanto. Nadie marcaba. Pero ahora ya no, van mejorando.

-Como Colombia desde los '80, y más recientemente Ecuador y Venezuela.
-Ecuador era siempre un candidato a la goleada, salían a la cancha a ver cuánto aguantaban. Pero ya no es igual jugar con ellos de visitante. Apareció Aguinaga, un organizador al que podría emparentar con Valderrama, es un tipo que no dá lo mismo que esté o no esté.
Venezuela ha tenido un progreso muy notorio, hasta va metiendo jugadores a nivel internacional. Puede ir más o menos, pero sabe adónde va. Creo que Pastoriza tuvo algo que ver.
Y Colombia sigue una línea, por la influencia de jugadores que han ido. Me invitaron a una Feria del Libro en Bogotá, que estaba dedicada a la Argentina, y llevaron a Pedernera,
Pipo Rossi y Di Stéfano, que había jugado allá. A través de ellos pude ver la fascinación colombiana por el fútbol argentino. Fueron influenciados por los jugadores más talentosos de la época... El símbolo es Valderrama. La selección sintió el alejamiento de su generación, pero saben qué camino seguir. Al talento natural le sumaron profesionalismo; antes, en la Copa Libertadores era ir a Colombia a golear, ahora es ir a perder.

-Los recuerdos surgen caprichosos. No van de la mano del historial...
-No, uno se queda con momentos, jugadas, equipos sueltos.

-No necesariamente con los campeones.
-Claro, de los '70 me quedo con Holanda. Y en mi mente sigue aquel equipo peruano del '59, y no fue campeón ni mucho menos. La memoria no se rige por eficientismos. Son estupideces. El fútbol que vale es el que uno guarda en el recuerdo.

sábado, 18 de julio de 2020

Estadio Centenario, monumento del fútbol mundial

Artículo publicado en FIFA Magazine, en enero de 2008
Por PABLO ARO GERALDES

Hacia mediados de los años ’20 el fútbol ya era tremendamente popular en Uruguay, campeón olímpico en 1924 y 1928. Cuando el Congreso de la FIFA celebrado en Barcelona en 1929 otorgó al pequeño país sudamericano la organización del Primer Campeonato Mundial de fútbol se tuvo que apurar un proyecto largamente ambicionado: construir un gran estadio en Montevideo, la capital. Había solamente 14 meses por delante, todo fue vertiginoso. Se otrogó el terreno en el Parque de los Aliados y en pocas semanas el arquitecto Juan Scasso diseñó un revolucionario estadio circular y no rectangular como la mayoría de los de Europa. El 1º de febrero de 1930 comenzaron las obras y se trabajó durante las 24 horas para llegar a tiempo. Por las noches, enormes reflectores iluminaban a los operarios. Pero a medida que el otoño avanzaba el frío recrudecía y semanas enteras de lluvias obligaban a paralizar las obras.

El 18 de julio Uruguay festejaba el primer siglo de su Constitución. Para ese día estaba previsto el debut de su selección, ante Perú, pero el torneo debía empezar el 13 y el clima impidió la finalización de la construcción. Por eso Francia y México debieron dar comienzo a la historia de la Copa Mundial en la modesta canchita de Peñarol, con tribunas de madera. Paralelamente, Estados Unidos y Bélgica debutaban en el Parque Central, reducto de Nacional. Mientras, un diario alarmaba sobre el apuro de las obras para terminar el gran estadio: “el cemento aún estará fresco y hay peligro de derrumbe”.

Durante toda la noche del 17 estufas y braseros secaron el césped para que estuviera listo. El día del Centenario llegó y unas 80 mil personas desbordaron a los anonadados acomodadores sin experiencia y colmaron las tribunas que fueron bautizadas Colombes, Amsterdam (por los dos torneos olímpicos ganados), América y Olímpica, coronada esta por la bellísima Torre de los Homenajes. A las 14:30 Uruguay y Perú hicieron rodar el balón donde hacía solamente 8 meses había un gran parque de paseo. A los 20 minutos de la segunda mitad Héctor Castro disparó desde fuera del área y venció al arquero inca Jorge Pardón. Fue el primer gol de la historia del Estadio Centenario y la victoria celeste por 1-0.

El 30 de julio de 1930 Uruguay vencía a Argentina 4-2 y
conquistaba el primer Campeonato Mundial. Castro
marca el cuarto gol uruguayo ante un Centenario repleto.
Con el mismo vértigo con el que se construyó, se desarrolló el torneo. Doce días después de su inauguración, sus gradas eran testigo de la final. Uruguay venció a Argentina 4-2 y levantó la Copa Mundial ante la colosal torre de cien metros. Uruguay, un país que no llegaba a los dos millones de habitantes, le repetía al planeta, como en 1924 y 1928, que en el football era el mejor.

JOYA SUDAMERICANA
Históricamente el fútbol uruguayo era en realidad el fútbol montevideano. Así el Centenario se asentó como “el” estadio por excelencia. El 28 de septiembre de ese 1930 alojó su primer clásico, en el que Peñarol derrotó a Nacional 1-0.

Era el gran teatro de los uruguayos... y más. Mientras Europa sufría el desangramiento de la Segunda Guerra Mundial, Sudamérica seguía la fiesta del fútbol. En 1942 el Centenario fue sede del Campeonato Sudamericano. Con el récord de siete países participantes, Argentina aplastó a Ecuador 12-0, en el que hoy sigue siendo el score más abultado de la historia de la Copa América. Además, Herminio Masantonio logró el récord de 3 goles en sólo 8 minutos al marcar a los 20, 21 y 28 del segundo tiempo. Pero en la final, como en 1930, Uruguay volvió a celebrar sobre los argentinos con dos nombres que ocho años después le darían al país la gloria máxima en el Maracaná: Obdulio Varela y Schubert Gambeta.

En 1956 volvió a jugarse allí el Sudamericano, con todos partidos nocturnos, y otra vez fue Uruguay quien se impuso en el último partido a Argentina 1-0. El resultado rompía una tremenda racha argentina, ya que hasta entonces su última derrota por Copa América había sido aquella final de 1942.
Otro hito del estadio se plantó el 19 de abril de 1960, cuando Peñarol goleó 7-1 a Jorge Wilstermann, de Bolivia... era el primer partido de la historia de la Copa Libertadores, el principal certamen sudamericano de clubes. Esa tarde el ecuatoriano Alberto Spencer (máximo goleador de la historia del torneo) anotó 4 tantos. Peñarol fue campeón y el 3 de julio inauguró en el Centenario una nueva historia, la de la Copa Intercontinental. Ese día la visita de Real Madrid con Di Stéfano, Puskas y compañía logró el récord de entradas vendidas en el estadio: 71.872.

EL CLÁSICO Y LA CELESTE
Entre sus míticas tribunas se coronaron 7 campeones de la Libertadores: Estudiantes de La Plata, Peñarol, Independiente, Boca Juniors, Nacional (2 veces) y Flamengo. Por su césped pasaron los grandes nombres del gol en Sudamérica, además de Spencer: los uruguayos Fernando Morena, Pedro Rocha y Julio César Morales, los argentinos Daniel Onega y Luis Artime o los brasileños Pelé y Jairzinho.

En 1967 volvió a la rutina: fue la cancha donde se jugaron todos los partidos de la Copa América, trofeo que nuevamente quedó en Montevideo. ¿El partido final? Otra costumbre: festejar ante Argentina.

A fin de 1980, para celebrar los 50 años de la primera Copa Mundial, el Centenario hospedó la Copa de Oro de Campeones Mundiales, conocida como Mundialito, que reunió a todos ganadores menos a Inglaterra, que fue suplantada por Holanda. Diego Maradona era ya la máxima estrella del planeta, pero el trofeo se quedó nuevamente en casa: en la final Uruguay venció a Brasil 2-1.
El 18 de diciembre de 1982, el Comité Ejecutivo de la FIFA, lo declaró “Monumento Histórico del Fútbol Mundial”, y el 18 de julio del año siguiente se colocó una placa conmemorativa.

Peñarol-Nacional, el clásico uruguayo.
En octubre de 2008 se cumplirán 20 años de la última victoria uruguaya en la Copa Libertadores. Los clubes sufren la crisis del fútbol nacional que obliga a la exportación de la estrellas que cada año surgen en este próspero país. Las alegrías de las gradas quedaron reducidas a los coloridos clásicos entre Peñarol y Nacional, la única oportunidad de llenarlas, más allá de la Selección. Y fue La Celeste la que ofreció el último gran festejo, la conquista de la Copa América 1995. Pasaron más de doce años, sin embargo todo se atesora bajo el hormigón histórico. En su interior el Museo del Fútbol es una visita ineludible para todo aquel que pase por Montevideo.

Entre sus tribunas resuena el eco de mil gritos de gol. Desde aquellos cuatro de Dorado, Cea, Iriarte y Castro que le dieron a Uruguay su primera Copa Mundial hasta los más recientes de Francescoli, Recoba y Forlán están aquí, a orillas del Río de la Plata. Pasado y futuro; historia y sueños, como el de albergar la Copa Mundial 2030. El Centenario trasciende lo nacional. Es más que un estadio montevideano o uruguayo. Es patrimonio de toda Sudamérica... Es una joya mundial.

EL ESTADIO
Nombre: Estadio Centenario
Dirección: Av. Ricaldoni s/n - Parque Batlle y Ordoñez - Montevideo, Uruguay
Construido: 1930
Última remodelación: 2001
Aforo total: 76.609
Propietaria: Intendencia Municipal de Montevideo
Alberga: partidos internacionales y locales de gran trascendencia

jueves, 16 de julio de 2020

Maracanazo - En julio no se festeja el carnaval

El genial escritor Eduardo Galeano recordaba al Maracanazo como "la jodida tentación de dormir el sueño de la eterna nostalgia. Porque la nostalgia es más cómoda que la esperanza"
Artículo publicado en la revista El Gráfico, en marzo de 2002
Por PABLO ARO GERALDES


Europa empezaba a curar las heridas del holocausto, a ponerse lentamente de pie, mientras en Sudamérica el fútbol seguía vivo. Los campeonatos Sudamericanos eran una pasarela interminable de figuras a las que les faltó la consagración en un Mundial.

Tras el horror de la guerra, la FIFA volvió a reunirse en el Congreso de Luxemburgo de 1946. Brasil fue el único que presentó una postulación para organizar el Mundial siguiente, que todavía no tenía fecha. En ese mismo encuentro se decidió ponerle a la copa el nombre de Jules Rimet, en homenaje al presidente de la entidad, impulsor de la creación de los mundiales. Y los ingleses terminaron por darse cuenta que su orgulloso aislamiento no servía de mucho y volvieron a integrarse a la FIFA. Se resolvió que el Torneo Interbritánico, el “Home Championship”, sirviese como eliminatoria, con dos clasificados. La pelota estaba lista para volver a rodar.

En 1947 la Comisión Técnica puso fecha: se jugaría en Brasil en 1950. Pero la Argentina, en medio de su época futbolística más gloriosa decidió no participar. En 1946, un partido ante Brasil en la cancha de River terminó en una batalla campal, resintiendo las relaciones deportivas entre los dos países. Ese era un argumento. Otro apareció en 1948: los jugadores reclamaban mejores salarios y ante la negativa de los clubes se declararon en huelga.
Al mismo tiempo llegaba una noticia curiosa: Neil Franklin, centrehalf de la selección inglesa, dejaba el Stoke City para ir al Millonarios de Bogotá. Algo extraño pasaba. El fútbol colombiano no estaba dentro de la FIFA y empezaba a “capturar” a los mejores jugadores, que al estar fuera del sistema, no necesitaban el pase de su club de origen. Colombia les ofrecía dinero en cantidades impresionantes, especialmente el Millonarios (financiado por Alfonso Senior, un rico comerciante) y hacia allí partieron Pedernera, Rossi, Di Stéfano, Pontoni, Báez, Perucca… En unos meses Colombia se transformó en el Edén.

Los clubes argentinos perdieron a sus figuras, las que por jugar en Colombia, tampoco podían integrar la selección. Algunos sostenían que ante la imposibilidad de enviar un equipo poderoso y asegurarse un papel digno, el gobierno de Perón prefirió la ausencia argentina, para no cargar con el desgaste político de una derrota. No fue la única baja del torneo. Alemania, la potencia derrotada en la guerra, estaba sancionada y no podía participar. Detrás de lo que Churchill bautizó como “Cortina de Hierro” quedaban grandes del fútbol como Hungría y Checoslovaquia, y un gigante que todavía estaba creciendo, la Unión Soviética. Los países comunistas se auto excluyeron. Tampoco estaría Austria.


El 4 de mayo de 1949 el Torino, absoluto dominador del calcio y poseedor de nueve titulares de la selección italiana, volvía de Lisboa, en una de las tantas giras que realizaba para dar exhibición de buen fútbol. Quizá la derrota ante el Benfica había sido un mal presagio, pero el avión FIAT luchó todo lo que pudo contra la tormenta impiadosa. Ya estaba por llegar, pero sus alas se vencieron frente a la colina de Superga.
“E morto il Torino”, fue el título que leyó toda Italia. No sólo los turineses lloraban a sus ídolos, el país perdía a su selección. Un doloroso adiós al arquero Bacigalupo, los defensores Ballarin y Maroso, los centrocampistas Rigamonti y Grezar, los delanteros Menti, Loik, Gabetto y Valentino Mazzola. Con la trágica noticia, se diluyeron las altísimas expectativas que los italianos tenían en el Mundial y quedarse para siempre con la Copa, que sería conservada por el primer tricampeón.

Los escoceses ganaron su lugar escoltando a Inglaterra en el torneo británico, pero renunciaron porque su honor no les permitía salir segundos. Cerca del comienzo le ofrecieron su plaza a los franceses, pero declinaron la invitación. Por Asia se inscribieron Birmania, India y Filipinas, pero las tres se bajaron solas. Turquía superó a Siria y Palestina pero no asistió al Mundial por motivos económicos.

Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay debían jugar su eliminatoria en Río de Janeiro, algo que había sido decidido por la FIFA a pedido de Brasil, como un testeo de la organización. Cuando llegaron a la cidade maravilhosa, uruguayos y paraguayos se encontraron con la sorpresa que Perú y Ecuador habían desistido, lo que automáticamente los clasificaba. Para aprovechar el viaje ambas selecciones disputaron un amistoso y Paraguay ganó 3-2.

Uruguay combinaba la experiencia del arquero Roque Máspoli y Obdulio Varela con la juventud habilidosa de Pepe Schiaffino, Míguez o Ghiggia. Había confianza, tanta que no llevaron al máximo descubrimiento charrúa de los últimos veinte años, Walter Gómez, de River.

Quedaron 13 participantes. ¿Supersticiosos? En 1930 había pasado lo mismo y el torneo terminó con la victoria de los anfitriones, no había nada que temer.

MANOS A LA OBRA
En el Congreso de Londres, en 1948, Brasil expliucitó su postura: le parecía absurdo utilizar el sistema de eliminación directa, como en el 34 y el 38. ¿Qué incentivo tendría para participar un país que necesitaba tres semana de viaje si podía quedar afuera tras 90 minutos? Pero la FIFA persistía y Brasil amenazó con renunciar al Mundial. Al final, la idea brasileña se impuso: se dividió a los participantes en cuatro grupos y cada ganador pasaría a la ronda final. Es decir que en una liguilla por puntos se tendría al campeón, sin partido final.

“Tendremos el estadio más grande que la humanidad haya conocido”, decía el comunicado de la Confederación Brasileña. Con menos de dos años de anticipación empezaron las obras en la ribera del riacho Maracaná, de un estadio techado para 200.000 personas. El país apostó todo al Mundial. Algunos ministros se mostraron indignados al enterarse que Flavio Costa, el técnico, cobraba 5.000 dólares por mes, pero la decisión gubernamental era apoyar con todo. Sin Brasil campeón, ningún esfuerzo tendría sentido.

Se contrató una lujosa residencia en los alrededores de Río, donde el plantel residiría cuatro meses. Nada se les podría escapar. Hasta se racionaron las visitas de las esposas. A las diez de la noche había toque de queda en la casa: nada de cachaça, sólo jugos vitamínicos había. Pero pronto el régimen se empezó a flexibilizar. Comenzaron las visitas de parientes, de amigos, de famosos, de políticos “influyentes”, de políticos en busca de renombre, de vecinos… Las salidas empezaron a multiplicarse, primero de manera solapada; al final no había ninguna seriedad.

Al acercarse la fecha de inicio, era evidente que el gigantesco estadio no iba a estar terminado. Entonces el gobierno movilizó 1500 soldados para colaborar en los trabajos. Se “concluyó”, pero es un decir, ya que sólo tenía el campo de juego y las tribunas. Los accesos seguían en obra, los vestuarios eran precarios y no había palco para la prensa. La habilidad de los organizadores consiguió que se habilitara, pero la obra recién se completó en 1951.

GIRA LA BOLA
El 24 de junio, Brasil y México (foto) salieron a darle vida al monstruo de hormigón. Hubo un partido de fútbol, sí, que terminó 4-0 a favor de los anfitriones; pero esa tarde se vivió otra cosa. Una fiesta de verdad, con el termómetro marcando tropicales 28º. Por la inauguración del Maracaná, y por el primer paso hacia el festejo final, que seguro sería para los brasileños. La pirotecnia que rodeó al encuentro era algo nunca visto hasta entonces y llegó a asustar a los mexicanos, partenaires obligados de una celebración ajena.
En ese partido se estrenaron los números en las espaldas, una innovación introducida por la FIFA destinada a identificar mejor a los jugadores.

Al mismo tiempo, en Curitiba, la sorpresa invadía a todos los que esperaban una goleada de España sobre un equipo inmigrantes que jugaba con la camiseta de los Estados Unidos (foto). Zarra, Basora y compañía eran verdaderas figuras del fútbol europeo, pero necesitaron más de 70 minutos para superar a los yanquies, que se habían puesto en ventaja a los 12’ por medio de Souza. Al final fue 3-1 para los españoles, pero el representativo norteamericano había mostrado que no era ningún “rejunte”.

Por el mismo grupo, Inglaterra hizo su debut en los Mundiales superando a Chile por 2-0, sin la presencia de Stanley Matthews.

Los ingleses sentían que le hacía un favor a la competencia con su presencia, convencidos de su superioridad absoluta. Por primera vez, la Liga Inglesa nombró a un técnico, Walter Winterbottom, ya que en las siete décadas de su historia la selección se había formado por un Honorable Comité que citaba a los jugadores por correo, estos se juntaban en el vestuario y salían a la cancha.

Las apuestas lo tenían en segundo lugar, detrás de los locales, pero en la cancha el fantasma inglés no mostró nada como para temerle; salvo un par de elementos, no tenía picardía y su dominio del balón no era gran cosa.

Como sólo clasificaba a la ronda final el primero de cada grupo, los chilenos (foto) tenían que ganarle a España, mientras los ingleses calculaban cuántos goles le harían al pobre conjunto estadounidense. A los norteamericanos los dirigía Bill Jeffrey, un escocés “traidor”, que no se entregaría sin luchar al máximo ante el rival de toda la vida. Su equipo tenía apellidos belgas, portugueses, italianos, irlandeses, pero todos sentían amor por la bandera de las rayas y las estrellas. Mientras, los ingleses venían de ser agasajados en la mina de Morro Velho, explotada por firmas británicas, cuyos dos mil trabajadores los alentarían en las tribunas del Mineirão. Había tanta confianza, o subestimación de los yanquies, que la noche previa la tuvieron libre. Total...


A los cinco minutos Inglaterra ya había disparado ocho veces al arco, pero Borghi, el arquero, respondía. La presión era absoluta, Estados Unidos no podía cruzar la mitad de la cancha; recién atacó por primera vez en el minuto 39. Más que ataque fue un pelotazo, el que Bahar disparó de larga distancia. Pero superó al arquero Williams y Gaetjens, que venía al trote por la izquierda, alcanzó a poner la cabeza para rozarla.

Más que cabecear, le pegó en la cabeza y el buen hombre, nacido en Haití, se encontró de golpe festejando un gol que él le había hecho a Inglaterra. No lo podía creer. Menos cuando el reloj siguió su marcha y los 90 se consumieron en medio del asedio estéril de los ingleses y la locura de las tribunas, que esa tarde, como tantas, se habían inclinado por el más débil. La hazaña se había consumado y tampoco los periodistas podían creerlo. El pueblo de Belo Horizonte invadió la cancha para llevar en andas a los norteamericanos. “England 0 - USA 1”, decían los télex que los enviados especiales despachaban a Europa. “Transmisión errónea, rectifique resultado”, respondían desde Londres. Con las comunicaciones todavía lentas, un diario británico supuso que sería “England 10 - USA 1”, y así tituló al día siguiente. Gaetjens se convirtió en un personaje tan popular que meses después firmó para el Racing de París. Cuando llegó a Francia le confesó a los periodistas: “nunca tuve ciudadanía norteamericana”.
Como España venció a Chile, la clasificación la pelearían, en el Maracaná, España e Inglaterra, con la ventaja de que un empate le daba el pase a las finales a los españoles. En la jornada final del grupo 2, todo volvió a la normalidad y Chile venció a Estados Unidos 5-2, pero era anecdótico. El asunto estaba en Río.
Para aprovechar la lentitud del fondo español, Inglaterra alineó a Milburn, un centreforward rapidísimo, pero Gonzalvo y Alonso apostaron a esperarlo en el área y lo borraron de la cancha. Obligada a ganar, Inglaterra presionó, pero se dio contra el arquero Ramallets, que tuvo la mejor actuación de su carrera. Encima, faltando cinco minutos, Zarra consiguió la victoria (foto). Este encuentro fue el de mayor cantidad de público de aquellos en los que no intervino Brasil.

SE CAE OTRO PESO PESADO
Tras la tragedia de Superga, una curiosa dupla se había hecho cargo de la selección italiana: el dirigente Ferruccio Novo y el periodista Aldo Bardelli. Fue el único equipo europeo que viajó en barco hasta Brasil. Lo hizo en el trasatlántico Sises, que cubría la línea Nápoles-Santos. En el puerto lo esperaban medio millón de tifosi, la mayoría emigrados durante la Segunda Guerra.

El debut ante Suecia concitó gran expectativa, por la gran cantidad de italianos residentes en São Paulo y porque los suecos venían de ganar la medalla de oro olímpica en Londres. Lo que no sabían era que los rubios de amarillo eran en su mayoría amateurs. Pero al salir a la cancha, se notó que el nivel futbolístico de Italia era bajo. Suecia ganó 3-1 y obligó a Italia a golear a Paraguay y después rezar. La derrota dejó una nueva herida en la lastimada Italia. Esa derrota se les grabó tan fuerte que nueve de los once suecos terminaron militando en el calcio.

Paraguay remontó un 0-2 ante Suecia y se quedó con un empate con olor a sorpresa. Y en la última fecha del Grupo 3 los guaraníes se jugaron todo a conseguir la clasificación pero Italia ganó 2-0 con comodidad, dándole el pase a la ronda final a los escandinavos.
Jugar en el Maracaná era una ventaja enorme para Brasil. Pero por una cuestión de federalismo y para calmar la enorme rivalidad carioca-paulista, el local jugaría su segundo partido en São Paulo. Además, ese día jugaron Ruy, Noronha y Alfredo, los preferidos de la afición paulista. El Pacaembú nunca le había dado suerte a Brasil, pero esa era la tarde ideal para espantar los fantasmas, ya que Suiza no significaba ningún peligro. Pero la visita de cortesía salió mal, y no por la “mufa” del lugar, precisamente: aunque Brasil arrancó ganando a los tres minutos, el candado helvético fue algo difícil de abrir para los delanteros (no estaban ni Zizinho ni Jair) y la desesperación abrió espacios para los contraataques. Eso era justo lo que quería Rappan, el técnico suizo. Claro, Suiza había empatado por medio de Fatton y cuando los brasileños se pusieron nuevamente arriba, Fatton volvió a empatar. El público se estaba yendo en silencio, casi resignado a la igualdad, cuando en el último minuto, el suizo Friedlander sacudió uno de los postes de Barbosa.

Brasil tenía que agradecer el empate ante Suiza, porque al mismo tiempo Yugoslavia despachaba a México (foto). Eso indicaba que los brasileños tendrían que ganar el último partido a los yugoslavos si querían estar en la ronda final.

Contra los balcánicos, Brasil contó con su “trío diabólico”. Zizinho-Ademir-Jair salieron a la cancha para el mejor partido del certamen, desde el punto de vista técnico. Los brasileños salieron con ventaja desde el vestuario, pero no de modo figurado.

Mientras Yugoslavia subía por el túnel, el entérala derecho Rajko Mitic chocó su cabeza contra una viga que sobresalía y se abrió una herida que sangraba a borbotones. Sus compañeros le pidieron al árbitro Griffiths que demorara el inicio hasta que lo atendieran, pero el galés se negó y terminaron arrancando el encuentro once contra diez. A los 15 minutos apareció Mitic con un vendaje caricaturesco, pero Brasil ya estaba 1-0 por gol de Ademir.

No por nada a los yugoslavos los llaman “los brasileños de Europa”; los dos equipos respetaban el mismo estilo y el partido tuvo un elevado calibre estético. Zizinho se apiló a cuatro y entró al arco con pelota y todo. Brasil seguía su marcha hacia el título.

En Belo Horizonte, Uruguay no le importaba a nadie. Los bolivianos eran modestísimos y los charrúas no lo perdonaron. Cuatro goles del Pepe Schiaffino, más los de Vidal, Pérez y Ghiggia, sellaron un 8-0 sin vueltas que darle. Aquella jornada paso indiferente, en un estadio casi desierto que ni agua en la duchas tenía. ¿Pero a quién le interesaba? La fiesta estaba en Río.

TRES CANDIDATOS Y UN COLADO
Todos contra todos, una rara fórmula para decidir al campeón. En el Pacaembú, España se convirtió en un dolor de cabeza para Uruguay, que tuvo la suerte de llevarse un empate. Ghiggia había puesto el 1-0, pero dos goles de Basora hicieron que todo el segundo tiempo fuera una marea celeste buscando la igualdad, elevando la imagen de Ramallets. Pero el arquero estaba resentido en un hombro y Obdulio le disparó de lejos venciendo la resistencia de su brazo. Uruguay contaba con la ventaja del descanso, ya que había jugado sólo 90 minutos ante Bolivia, casi un entrenamiento, mientras los españoles arrastraban tres encuentros fuertes.

El 2-2 favorecía a Brasil, que al mismo tiempo estaba abusándose de Suecia en el Maracaná, en medio de un carnaval anticipado, con Zizinho (foto) como destaque de las carrozas. Fueron 7 goles celebrados con una pirotecnia impresionante. “Cada vez que tocaba el balón, explotaban petardos alrededor mío; corría como en un campo minado”, contó después Skoglund. El local estaba sacando rédito de su “diagonal”, la que tenía a Ademir como “punta de lanza”.

La jornada siguiente debía enfrentar a Brasil-Uruguay y España-Suecia, pero los organizadores decidieron invertir las fechas por cuestiones de “caja”. Ver aplastar a los uruguayos no provocaría mucho entusiasmo y era mejor “guardarse” al rival más débil para asegurar la fiesta en la última tarde.

Meses atrás del torneo, durante el carnaval, todo Río de Janeiro cantaba una marcha titulada “As touradas de Madrid”, que aludía a una corrida de toros. Cuando en la segunda jornada final, España salió al Maracaná, 200.000 los recibieron entonando la burlona canción. Era algo nuevo para los hispanos, y encima el canto se multiplicaba por efecto del techo de hormigón hasta hacerse ensordecedor. Fue 6-1 en un ambiente de euforia loca, con la gente saltando, cantando y bailando entre los estruendos de los cohetes. La radio decía que en San Pablo, Suecia le estaba ganando a Uruguay, y con ese resultado, Brasil se aseguraba el primer lugar. Al salir, la gente no se fue a su casa. Invadió las calles de la capital (Río lo sería hasta 1960) para festejar el título anticipadamente, sin interesarle qué había pasado en São Paulo. Y allí, Uruguay había vencido 3-2 a Suecia, en un partido en el que su superioridad técnica terminó inclinando el resultado recién a falta de cinco minutos.
Claro, los relatores no iban a interrumpir la fiesta informando sobre esos dos goles seguidos de Míguez, si total, en la última fecha Brasil necesitaba un solo punto para dar la vuelta olímpica. El choque con lo uruguayos sería como una final, por capricho del fixture, pero una rara final en la que el empate consagraría campeón a los hombres de blanco.

LA NOCHE EN VELA
Suecia-España (foto) y Brasil-Uruguay jugarían a la misma hora. Así se había programado para evitar especulaciones, aunque los resultados hicieron imposible que el campeón estuviera en San Pablo. La celebración sería en el Maracaná, donde Uruguay conservaba una posibilidad matemática: tenía que vencer al gigante que venía de aplastar a suecos y españoles, marcando 13 goles en los dos partidos.

Los dirigentes uruguayos felicitaron a sus muchachos por haber llegado a esta instancia: “Muchachos, cumplieron”. “Cumplidos sólo si somos campeones”, le respondió el temple de Obdulio Varela. Al final, varios hombres de saco y corbata optaron por regresar a Montevideo, dejando a los jugadores solos en la última parada.

Mientras, en la concentración brasileñas de São Januario, desfilaban políticos buscando “la foto” junto a los campeones para usarla en la campaña, ya que 1950 era un año electoral. Todos aburrían con discursos solemnes... Angelo Mendes de Morais, prefecto de Río de Janeiro, comenzó el suyo así: “Ustedes, que en una horas serán los campeones del mundo...”. El clima de victoria era total y en la noche del sábado 15 de julio casi nadie durmió. La radio repetía estribillos triunfales y afuera, en la calle, los tamboriles y redoblantes no encontraban motivo para esperar al partido. Las calles adyacentes al estadio ya lucían pasacalles que declaraban “Homenaje a los campeones del mundo” y once limusinas estaban listas para que los héroes volvieran a sus casas rodeados de gloria.

A unos kilómetros, en el barrio Laranjeiras, estaba el hotel Paysandú, donde se alojaban los uruguayos. Cualquier otro equipo hubiera dormido profundamente, despojado de toda responsabilidad. ¿Quién podría reprocharles una derrota ante Brasil? No tenían nada que perder. Pero ellos no. Juramentados a dejar el alma en el Maracaná, al que pisarían por primera vez, la mayoría pasó la noche en vela. Es verdad que las comparsas que bailaron toda la noche en la vereda contribuyeron con su samba y su pirotecnia para que nadie pudiese pegar un ojo. Esperaban a que los jugadores se asomases por una ventana y los saludaban mostrando cuatro dedos de una mano, la cifra de goles que todos pronosticaban sufriría Máspoli.

Apenas asomó el sol, se formó la ronda de mate. El técnico López llevaba la charla en la que participaba también Ondino Vieira, un agudo observador del fútbol, que por entonces trabajaba en Brasil y se había acercado a acompañar a sus compatriotas. Él tiró la clave: todas las conexiones brasileñas entre defensa y ataque pasaban por Zizinho, un hombre que no usaba el pase largo, que transportaba el balón al pie. Entonces El Negro Obdulio aconsejó a Tejera, quien debía marcarlo: “Mirá siempre la pelota, si le seguís los amagues de cintura, estás perdido”. E incentivaba a Míguez: “¿No viste la cara de estúpido que tiene el golero? ¿No vas a ser capaz de hacerle por lo menos un gol?”. “Y tú Schubert, deberás marcar a Chico. Si le dejás tocar una sola pelota te la tendrás que ver conmigo”, le advirtió el caudillo en medio de las risotadas de todos. ¿Miedo? Ese equipo uruguayo no tenía ni idea del significado de esa palabra. “Seremos once contra once, los doscientos mil de la tribuna no juegan”. La obviedad se repetía a modo de inyección anímica. La “huída” de los dirigentes los envalentonó aún más. Frente al arco los brasileños era mejores, sí, pero no era una cosa como para suponer una derrota categórica.

El técnico Flavio Costa les advirtió a sus jugadores que no entrasen en la provocación de los uruguayos: “Si les pegan, se las aguantan. No protesten nada, no les den excusas para abandonar la cancha y seamos campeones por abandono”. Ésa era la preocupación de los locales, no estropear la fiesta. La vuelta olímpica tenía que llegar tras una exhibición de fútbol y eso le pidieron a la FIFA. Se designó al árbitro inglés George Reader, por su serenidad y conocimiento profundo del reglamento. Era el hombre ideal para que el partido finalice con 22 jugadores.

Uruguay pidió el micro para el mediodía y en él cargaron los colchones del hotel. La idea era llegar temprano al estadio, evitar la multitud, y descansar un poco en el vestuario. Lo que no sabían es que ocho horas antes del pitazo inicial ya se habían empezado a colmar las tribunas. Al pasar por una iglesia todos bajaron a rezar. La confianza crecía y la serenidad de los mayores contagiaba a los más jóvenes. Cuando llegaron al Maracaná, ya estaba repleto. Se calcula que su capacidad había sido largamente excedida y había unas 220.000 personas. Tiraron los colchones en el piso y hasta dicen que Gambetta se durmió una siestita. Obdulio siguió con su arenga: “Muchachos, hoy tengo unas ganas de correr...”.

Los brasileños llegaron como en una interminable caravana triunfal, como si se tratase del paso de una escola do samba a través de Río.

LA NOCHE QUE EL REY MOMO LLORÓ
Aunque a Brasil le alcanzaba el empate, salió a comerse a Uruguay. Intuyéndolo, los celestes dispusieron tres líneas defensivas: Varela y Pérez, en la segunda Tejera y Andrade, y en el fondo Matías González y Gambetta.
En los primeros minutos, Brasil forzó tres corners, pero Uruguay aguantó. De a poco, los visitantes se fueron animando a cruzar la mitad de la cancha, buscando a Ghiggia en profundidad, dejándole a Bigode el fault como única forma de pararlo. Después de una de las infracciones del brasileño, Obdulio se le acercó y lo retó: “Que sea la última vez, ¿entendió?”. El árbitro no podía creerlo.

El obstáculo de Bigode estaba resuelto, pero atrás esperaba Juvenal, y sus cruces eran impecables.

En un avance, Ademir quedó solo ante Máspoli y el arquero se quedó magistralmente con el disparo. Fue en punto de inflexión en el encuentro. Se despertó Schiaffino, que se conectó con el Palomo Míguez y empezaron a buscarlo a Ghiggia. Jair metió miedo con un pelotazo en el palo pero la respuesta fueron tres ataques uruguayos antes del descanso.

Algunos estaban perplejos, ¿por qué Brasil no goleaba a Uruguay? Igual, el empate alcanzaba y las tribunas bailaban frenéticamente. Abajo, el en vestuario, Ghiggia le pidió a Obdulio que en vez del pelotazo, lo buscase con pases cortos, para enfrentar a Juvenal con el balón dominado.
Arranca la segunda mitad y la diagonal brasileña da resultado: Ademir arrastra a toda la defensa y habilita a Friaça, quien saca el chumbazo para sacudir la red y justificar la fiesta. Ahí fue cuando Obdulio comprendió que debía aflorar la garra. Fue hasta el arco y tomó la pelota mansamente. Se la puso bajo el brazo y fue a reclamarle off side al juez, pese a que sabía que el gol era legítimo. Su protesta y su paso cansino hasta la mitad de la cancha aplacaron el festejo. Cuando Míguez sacó del medio habían pasado casi tres minutos del gol y el Maracaná había caído en un confuso silencio.

A los 21 minutos Obdulio le pone a Ghiggia esa pelota al pie que le había pedido, elude a Bigode, lo pasa a Juvenal y manda el centro para Schiaffino. El Pepe conecta de media vuelta al ángulo superior izquierdo de Barbosa y empata el partido. El cemento del Maracaná se convirtió en hielo. Brasil seguía siendo campeón, pero la fiesta se había estropeado.Brasil no se conformaba con empatar, pero de última… El pánico aparecía cada vez que Ghiggia tomaba la pelota. A los pocos minutos la euforia volvió. Mientras, Jules Rimet comenzó a bajar las escaleras con lentitud, para llegar a tiempo a entregar la Copa que tenía su nombre. En uno de los bolsillos del saco tenía el discurso que le habían preparado en portugués.

En la cancha Schiaffino recibía un pase de Ghiggia y se mandaba al fondo. Schiaffino se la pedía en el medio del área, Barbosa salía a tapar el centro y Ghiggia, casi contra la raya, cerraba los ojos y pateaba al arco con todas las fuerzas de su alma. Gol. Río de Janeiro jamás vivió tanto silencio, un silencio de muerte. Ni siquiera lo quebró el centenar de uruguayos que estaba en el estadio, por miedo. Con su paso anciano, Rimet seguía bajando laberínticas escaleras y le llamaba la atención la buena aislación acústica de esa obra de ingeniería. Pero las tribunas no aislaban nada, afuera tampoco se oía un solo grito.

Brasil salió desesperado, pero el coraje de Uruguay hizo que sea imposible cambiar el resultado. Mr. Reader mira su reloj: marca 45’, pero hay corner para Brasil. Es la última jugada, lo ejecuta Friaça desde la derecha. La pelota hace una parábola y cae cerca del segundo palo, donde está Gambetta y la agarra con las dos manos. “¡¿Qué hacés?!”, le grita Ghiggia, queriéndose morir. “¡Terminó, hermano, terminó!”, le responde Schubert sin poder contener las lágrimas.

Cuando Rimet asomó por el túnel, la banda de música no estaba, el podio tampoco. El policía de custodia estaba llorando y la multitud abandonaba las graderías en silencio. Once hombres de celeste se abrazaban, olvidados por toda la toda formalidad oficial. “Aunque no nos den la copa, somos campeones. Podemos irnos”, les dijo Obdulio Varela, pero justo en ese momento lo alcanzó Rimet, que acababa de comprender todo. “Mes félicitacions”, fue lo único que le dijo, en francés. Veinte años después, el trofeo volvía a manos uruguayas. Así lo contó el presidente de la FIFA: “No sé qué paso. Había un protocolo a seguir pero a nadie le importó que no sonara el himno en honor a los vencedores, que no se izara al mástil la enseña de Uruguay. Me encontré solo en el césped con la Copa en mi mano derecha. Al final, cuando me di cuenta de que nadie iba a acompañarme en la ceremonia, reclamé la atención de Varela y le di el trofeo”.

“Ese día estaba escrito que ganaríamos, no temíamos ni a Dios ni al Diablo. Si Máspoli hubiese jugado de delantero, hacía dos goles y si yo hubiera ido al arco, atajaba dos penales”, resumió Omar Míguez.

Afuera, Brasil se sumía en la noche más larga y silenciosa de su historia, un triste velatorio con 50 millones de personas llorando la muerte de su sueño. El silencio sólo se rompía con el ulular de alguna ambulancia presurosa para asistir a uno de los tantos corazones que esa noche dijeron “basta”. La fiesta que embriagaba la avenida 18 de Julio de Montevideo estaba muy lejos como para confundirla con el festivo paso de las carrozas y sus escolas do samba. Estaba claro, en julio no se festeja el carnaval.

El relato completo de Brasil-Uruguay, por Radio Nacional de Río de Janeiro