jueves, 29 de agosto de 2019

River Plate - Boca Juniors: la Batalla del Río de la Plata


Versión en español del artículo publicado en la revista FIFA Magazine, en febrero de 2001.
Por PABLO ARO GERALDES


Se suele decir en la Argentina que los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos los barcos. Y en esa broma hay algo de verdad. En el único país (junto a Uruguay) de América Latina que tiene mayor población de origen europeo que autóctono, la mezcla de italianos, españoles, árabes, rusos, ingleses, turcos, constituyó un auténtico crisol de razas de cuya fundición surgió una identidad nacional propia, una forma de ser que en el fútbol distingue al argentino en cualquier parte del planeta: la pasión. Es una manera de vivir el fútbol que nació a finales del siglo XIX, cuando los ingleses amarraban sus buques en el puerto de Buenos Aires y se aventuraban al interior del país para trazar la red ferroviaria. Sin saberlo, en sus horas de ocio contagiaron a la gente de estas tierras el deporte que practicaban con tanto entusiasmo. Y por todo el país se organizaron clubes y equipos. En el 1901 apareció River Plate, en el humilde barrio de La Boca, junto al Río de la Plata. Una zona poblada por trabajadores portuarios de origen mayoritariamente italiano. En 1908 los riverplatenses alcanzaron la Primera División pero la rivalidad más marcada iba creciendo a nivel barrial: en 1905 un grupo de vecinos genoveses había fundado Boca Juniors. Eran años de caballerosidad, propios de los tiempos románticos de una nación que forjaba su futuro a un ritmo vertiginoso.

Como destino de todo país del llamado Tercer Mundo, el progreso devino en ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Y salvando las distancias y con los riesgos y vicios de toda generalización, las clases más acomodadas se fueron identificando con River y los más necesitados tomaron los colores boquenses. Era una rivalidad que trascendía al barrio de La Boca; se había extendido ya por toda Buenos Aires y se conocía en toda la Argentina. Con el ascenso de Boca, llegó el primer choque. Fue el 24 de agosto de 1913 y el calor de la gente no podía estar ausente. Tras la victoria de River ambas hinchadas se trenzaron a golpes y el fuego consumió una bandera de Boca. Ese violento bautismo marcó para siempre la rivalidad. Quien ganara el clásico sería el “dueño” del barrio y algo más.

Pero en 1919 el fútbol nacional se partió en dos y Boca se quedó en la “Asociación Argentina” y River en la “Asociación Amateurs”. Siguieron siete años sin el derby hasta que el 4 de diciembre de 1927 volvieron a chocar. Ganó Boca, como lo seguiría haciendo sobre el final del amateurismo y al principio de la era profesional, que comenzó en 1931. La paternidad se acentuaba, pero el profesionalismo le permitió a River reforzarse y consiguió el pase de Bernabé Ferreyra, el goleador del momento. El alto costo de la transacción le impuso a los riverplatense el mote de “millonarios”. Además, el club se había mudado al elegante Barrio Norte, una zona donde se levantaron las mansiones de los acaudalados de Buenos Aires. Boca, fiel al barrio que lo vio nacer, seguía cerca del puerto, un barrio que se inunda rápidamente con las crecidas del Río de la Plata. Los rivales le impusieron a Boca el apodo de “bosteros”, por los desbordes de las cloacas. Lejos de ofenderse, los boquenses lo adoptaron con orgullo y lo conservan. Igual, la broma preferida de los visitantes a La Bombonera es ir al partido con un barbijo. O como hizo durante años Ángel Labruna, quien como jugador, técnico y emblema de River ingresaba a la cancha apretándose su nariz.

El atajo a la gloria
En la historia de Boca y de River hubo jugadores geniales, únicos. Citar a Diego Maradona y Daniel Passarella es una pequeña muestra de los nombres que desfilaron por ambos clubes y se ganaron la admiración de los hinchas. Pero hay otros, cuya trayectoria no fue tan brillante, que se subieron al podio de los favoritos a fuerza de sus actuaciones en el clásico. Labruna fue el gran verdugo de Boca durante los años 40 y 50, y con sus 16 goles se convirtió en el máximo anotador de la historia del “clásico de los clásicos”, como lo bautizó un relator. Pero Boca tuvo un vengador venido del Brasil, Paulo Valentim. Cuando llegó en 1960, Alberto Armando, presidente de Boca, le pidió: “usted hágale goles a River; de los otros partidos no se preocupe”, y el hombre le hizo caso: enfrentó ocho veces a River y le metió 10 goles. Se fue en 1964, pero quedó en la memoria de todos los boquenses. La idolatría se había transformado en canción: “Tim, Tim, Tim... gol de Valentim”, entonaba La Bombonera.
Pero no sólo los goles reservan un lugar en el podio de los corazones de los aficionados de uno y otro equipo. La fidelidad a una camiseta fue siempre reconocida, como le ocurrió a Reinaldo Merlo quien en 35 ocasiones se calzó la banda roja para enfrentar a Boca (1969/84). El xeneize con más clásicos fue Silvio Marzolini con 29 partidos (1960/72). El mismo récord de clásicos lo alcanzó el genial arquero Hugo Gatti, pero repartido entre los dos clubes: 7 en River y 22 en Boca, a lo largo de sus 25 años ininterrumpidos en Primera. Curiosamente Gatti fue querido por todas las hinchadas, pero en la mayoría de los casos, los “traidores” sufren las mismas consecuencias que padeció Figo en su visita a Barcelona con los colores del Real Madrid. Otros casos de grandes jugadores que representaron a los dos clubes más poderosos de la Argentina fueron José Manuel Moreno, Alfredo Rojas, Carlos Morete, Oscar Trossero, Alberto Tarantini, Ricardo Gareca, Oscar Ruggeri, Carlos Tapia, Julio Olarticoechea, Gabriel Batistuta y Claudio Caniggia.

En el siglo XXI
Los clásicos se acumulaban por decenas y las supremacías se alternaban. Todo es motivo de discusión entre River y Boca: la cantidad de convocados a la selección, el tamaño de sus estadios, la fidelidad de sus hinchas, las pintadas de los paredones, el tamaño de las banderas... Es que Boca-River no se vive sólo en la cancha: faltando una semana para el encuentro todo el país habla del partido. Los diarios lo palpitan en sus páginas, los bohemios lo imaginan en las mesas de los bares, los chicos lo sueñan en el colegio y en cada puesto de trabajo se apuesta por el resultado. Hace décadas que este clásico trasciende a Buenos Aires, tanto como que los hinchas de uno y otro están por todo el país. Los de Boca se autodenominan “la mitad más uno”, los de River suman títulos y se autoproclaman “el campeón del siglo”. Y se juega un duelo de ingenio. Cuando River en los años 60 perdió la final de la Copa Libertadores, los de Boca comenzaron a llamarlos “gallinas”. Los de River adoptaron el sobrenombre y responden con imágenes de un cerdo vestido de azul y amarillo. Cuando en 1996 River viajó a Tokio para disputar la Copa Intercontinental, los boquenses agotaron en las tiendas deportivas todas las camisetas de Juventus, su adversario de turno. Lo mismo pasó en el 2000 con las del Real Madrid, compradas por los de River. Entre ellos no existe “el orgullo nacional”. No importa contra que país se compita, el de Boca quiera una derrota de River y viceversa.

Y cuando llega el encuentro nadie quiere perdérselo. En el único partido argentino en el que se recauda más de un millón de dólares, no importan los vaivenes de la economía nacional y aunque el precio de las entradas se duplica, se agotan. Tampoco importa el maltrato de la policía y los hinchas harán colas desde la madrugada para reservarse su lugar. El derby también bate récords de abonos a la TV codificada (pay per view). Si las tribunas están llenas, los sectores de prensa también: no sólo estarán los medios de toda la Argentina, también habrá periodistas de Europa, Japón, los Estados Unidos y toda Sudamérica.

La pasión atrapa a todos: los técnicos hacen declaraciones victoriosas, los diputados suspenden sus sesiones, las revistas se agotan... No importa que se juegue por el campeonato local, la Copa Libertadores o un torneo veraniego, todos quieren ganar. Lamentablemente este fervor a veces se traduce en violencia, ya sea por las tristemente conocidas “barras bravas” o por los cantos xenófobos hacia los inmigrantes paraguayos y bolivianos, en su mayoría identificados con Boca.

De padres e hijos
Existe una forma argentina de bromear: la “cargada”. Tras cada partido aparecen los chistes. De regreso al trabajo o a la escuela, el perdedor debe soportar las burlas de sus amigos. Una modalidad que tomó fuerza en la última década fue la de los afiches callejeros. Cuando River sumó su 29º título local, Buenos Aires amaneció empapelada con carteles con la bandera y la leyenda “Gracias por otra alegría”. Pero el 2000 fue el año de Boca y sus hinchas disfrutaron tanto sus victorias como la impotencia de sus “primos”. Ante la avalancha de triunfos boquenses, los de River no disimulaban su malestar y un hincha anónimo mandó a imprimir afiches en los que se veía una gallina recostada en un diván de psicólogo. Nada resumía mejor los estados de ánimo. El 17 de diciembre Boca ganó un nuevo campeonato y la dedicatoria fue al histórico rival: “Ya se acerca Nochebuena / Ya se acerca Navidad / Para todas las gallinas... el regalo de Papá”. La paternidad siempre fue motivo de cargadas.

Hoy, el historial dice que de alrededor de 170 partidos, Boca ganó siete más que River (*). Pero cada década la tendencia se revierte y todos saben que el fútbol siempre da revancha. Eso sí, lo peor que le puede pasar a un hincha de Boca es que su hijo se identifique con River, lo mismo a la inversa. Por eso es una costumbre asociar al bebé antes de que deje el hospital donde acaba de nacer. Así saldrá al mundo con su carnet para que en su adultez pueda decir con orgullo: “soy hincha desde la cuna”.

Bienvenidos a la fiesta
El estadio Munumental (donde se disputó la final del Mundial 78) es la casa de River; una obra imponente enclavada en Núñez, un barrio residencial de clase alta. A pocos kilómetros, La Bombonera es una caja de resonancia en la que se siente como en ningún otro lado la presión de los hinchas. Por las humildes y pintorescas calles de sus alrededores ya se respira el ambiente del fútbol. Cada cancha tiene su secreto. En River esa majestuosa inmensidad que intimida a los rivales, en Boca esa sensación de que el público viste la camiseta número 12.

Desde un satélite que orbite la Tierra sería muy fácil distinguir cuándo se enfrentan Boca y River: Buenos Aires, la gran capital con sus 11 millones de habitantes, va deteniendo su ritmo febril, se aletarga, se enmudece. Todo el calor, el sonido y el color queda reducido a un punto, que según el fixture estará en Núñez o La Boca. Y después de 90 minutos de juego, ese calor y ese sonido invadirán las calles de Buenos Aires y de cada pueblo y ciudad de la Argentina, pero sólo un par de colores adornarán la fiesta. Será todo azul y amarillo o todo blanco y rojo, allí se terminará el arco iris del fútbol. Hasta el próximo clásico.

sábado, 24 de agosto de 2019

Ottorino Barassi


La historia de la Copa del Mundo tiene héroes que no marcaron goles ni protagonizaron gestas memorables en el campo de juego. Héroes casi anónimos, como el napolitano Ottorino Barassi, cuyo ingenio y valentía logró preservar al máximo trofeo del fútbol mundial.

Barassi había comenzado en los años '20 como árbitro y como cronista deportivo del diario La Provincia di Cremona, tarea por la cual se familiarizó con los problemas deportivos en una época difícil, en la que el régimen fascista tomó el gobierno y dominó sistemáticamente todos los aspectos de la vida italiana, incluido el deporte.

En 1925 fue elegido vicepresidente de la Associazione Italiana Arbitri y al comienzo de la temporada 1925-26, como referee, fue ascendido a un nivel superior a las dependencias directas de la Comisión de Árbitros de la Liga del Norte para dirigir competencias de Segunda División y pronto nombrado Secretario del Directorio de Divisiones Superiores. Era el momento en que se reemplazarían a Lega Nord y Lega Sud por las nuevas categorías: la Divisione Nazionale (que en tres temporadas se dividiría en la Serie A y la Serie B) y la nueva Prima Divisione, desde 1929-30 antecesora de la Serie C.

En febrero de 1927, con un mandato aún no completado, Ulisse Baruffini renunció y la Dirección Federal de la Federazione Italiana Giucco Calcio (FIGC) designó a Barassi como commissario el 16 de febrero, y en la siguiente temporada le otorgó el cargo de presidente del directorio y se hizo cargo del cambio de la sede federativa de Bologna a Roma (1929).

Después de ser nombrado Secretario General de la FIGC en 1933, se le encargó a Barassi la dirección de la organización de la Copa del Mundo 1934, tarea que cumplió con éxito, apoyado por todo el aparato del fascismo. Italia fue campeón y cuatro años más tarde retuvo el trofeo en Francia 1938.

En ocasión del tercer Mundial, la FIFA realizó en París su Congreso, en el que postergó para el año siguiente la elección de la sede de la Copa Mundial 1942 (Argentina, Brasil y Alemania eran los postulantes). Pero en 1939, cuando la FIFA estaba por desarrollar su Congreso en Luxemburgo, los ejércitos de Hitler invadieron Europa y la chance del cuarto certamen se desvaneció. El fascismo italiano, cómplice de los nazis, tomó protagonismo beligerante. El fútbol quedó completamente de lado.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Barassi retiró en secreto la Copa del Mundo de un banco romano y la escondió en una caja de zapatos debajo de su cama, en su casa ubicada en Piazza Adriana. Fue muy poco tiempo, pero la mantuvo oculta allí incluso a los ojos de una tropa nazi, enviada específicamente por el Platzkommandantur romano para requisar el trofeo y derretir el oro contenido en él. Los oficiales de la SS allanaron la vivienda, no encontraron la Copa y le creyeron su mentira: Barassi les aseguró que la FIGC había llevado el trofeo a Milán.

En 1943 la FIGC se trasladó a Venecia y la Copa pasó a manos del abogado Giovanni Mauro, quien la ocultó en la casa de campo de Aldo Cevenini en Brembate, cerca de Bérgamo. Una versión imposible de comprobar luego de siete décadas sostiene que hasta el final de la guerra Barassi mandó el trofeo a Torremaggiore (pueblo agrícola próximo a Foggia) donde su parientes Leonardo y Lisetta Barassi la escondieron en un barril que contenía aceite de oliva virgen.

Barassi entregó la Copa a la organización
del Mundial Brasil 1950.
El 4 de diciembre de 1944 Barassi fue nombrado Regente de la FIGC y el 15 de mayo de 1946 se convirtió en Presidente, cargo que mantuvo hasta 1958. En este rol, pudo volver a exhibir el preciado trofeo en el Congreso que la FIFA finalmente pudo realizar en Luxemburgo en 1946. La pesadilla de la guerra había terminado y la Copa estaba sana y salva, lista para ponerse en juego en el Mundial de Brasil 1950.

Sus tarea no terminó ahí. Dado el éxito de su trabajo para la Copa de 1934, la FIFA lo contactó con las autoridades brasileñas que a cinco semanas de comenzar el Mundial tenían graves retrasos en la organización. Su colaboración fue importante y se recuerda como un símbolo el acto en el que, como representante del campeón vigente, entregó el trofeo para que Brasil pudiera vivir la fiesta mundialista.

En 1952 fue nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA; con este título contribuyó a la fundación de la UEFA en 1954. Mientras tanto, elaboró la reforma llamada "Lodo Barassi", que tenía como objetivo reducir el organigrama de series y limitar la incorporación de jugadores extranjeros en Italia.

Barassi guió el sorteo entre Turquía
y España, de cara al Mundial 1954.
El 17 de marzo de 1954 fue protagonista de un hecho curioso en la historia mundialista. Ante la deserción de la selección soviética, el Grupo 6 de la eliminatoria europea quedó reducido a España y Turquía. Victoria española 4-1 en Chamartín y triunfo turco 1-0 en Estambul. Nos regía la diferencia de gol y fueron a un tercer partido en Roma, donde igualaron 2-2 tras la prórroga. No había tampoco penales por entonces; el reglamento preveía un sorteo. Barassi eligió al bambino Luigi Franco Gemma, de 14 años, que con los ojos tapados por un pañuelo sumergió su mano derecha en una copa donde había dos papelitos con las palabras "Spagna" y "Turchia"... y sacó el que "clasificó" por primera vez a Turquía a una Copa del Mundo y dejaba afuera a España de Suiza '54.

Su mandato se terminó con el Commissariamento de la FIGC, debido a la grave crisis resultante de la derrota de la selección ante Irlanda del Norte en 1957, que dejó a Italia fuera del Mundial Suecia 1958.  Fue un duro golpe, pero creía que aún podía dar mucho al fútbol italiano y se postuló a la Presidencia de la Lega Nazionale Dilettanti (aficionados): fue elegido por unanimidad en 1959 y la condujo hasta su muerte, el 24 de noviembre 1971 en Roma.

En su honor se disputó entre 1968 y 1976 la Copa Ottorino Barassi, entre clubes de Italia y de Inglaterra.

viernes, 23 de agosto de 2019

Alejandro Dolina: "Todos somos de River"

Quiero rescatar este texto de Alejandro Dolina publicado en el número 39 de la revista Hum®, allá por 1979. Él, mejor que nadie, explica la diferencia espiritual entre Boca Juniors y River Plate, los grandes protagonistas del fútbol argentino:

Arbitrariedades: Todos somos de River

Hace algunos meses, una revista organizó una encuesta entre sus lectores para averiguar cual de los dos grandes de nuestro fútbol contaba con el mayor numero de hichas. Contrariamente a lo que se suponía, los resultados favorecieron a River.
Desde luego, todos sabemos que no conviene dejarse matar por sostener los datos surgidos de las encuestas periodísticas. Pero el episodio me llenó de inquietud.
Porque -para decirlo de una vez- sospecho que esto es cierto. Creo que River tiene más hinchas que Boca.
No piensen ustedes que este obtuso columnista se ha dejado tentar por ciertas evidencias que parecen caerse de maduras.
No ha pensado ni por un momento en los triunfos deportivos de River, ni en la presencia en ese plantel de varios campeones del mundo, ni en las recaudaciones, ni en la melancólica campaña boquense.
Antes de aceptar este amargo convencimiento he recorrido un oscuro camino, sembrado de presagios, revelaciones súbitas y misteriosas intuiciones.
Ahora van a ver.

¿Qué es Boca?
Boca Juniors, queridos señores, simboliza lo nacional, lo popular. Es el cuadro preferido por las gentes sencillas y temerosas de Dios. Boca es sentimiento y pasión. La adhesión de sus seguidores no se sostiene en razonamientos. Boca no se discute.
La línea tradicional del juego boquense es coherente con su esencia. Garra antes que técnica. Tesón y temperamento antes que sutileza.
Boca es también tradición y espíritu conservador. Es tango y valsecito criollo. Es la admiración por el coraje y el desdén por el cálculo. Ser de Boca requiere temple, los hinchas de los otros cuadros odian a los boquenses y los desprecian. Cada derrota es festejada por el resto de la afición deportiva.
Pero en el triunfo, no hay festejo más alegre y sincero. Ni más compadrón.
Así es Boca, para bien y para mal.

River Plate, tu grato nombre
Es el que tiene el mejor estadio. Es el millonario.
Los sectores de la clase media con ansias de crecimiento son -sin duda- riverplatenses.
Es que River simboliza todo lo que el mundo actual propone a nuestra admiración. River es progreso, poder, riqueza y técnica.
Su juego -siempre opuesto al de Boca- se ha hecho célebre por su pulcritud y delicadeza. Ortiz antes que Boyé. Alfredo Pérez antes que Simeone.

El día y la noche
Estos menesterosos retratos de las dos divisas, nos permiten vislumbrar que el mutuo resentimiento no es un hecho casual.
Existe un espíritu boquense y un espíritu riverplatense. Ambos son, inclusive, anteriores a la existencia de Boca y River.
Boca es el alma romántica. River el clacisimo. Boca es fe y corazón. River es ciencia y cerebro.
Cualquier historiador sensible podría reconocer, sin consultar documento alguno, las preferencias deportivas de los personajes de cualquier siglo.
Alejandro de Macedonia fue -sin duda- boquense perdido. Aristóteles, su mentor, era de River.
Ricardo Corazón de León llevaba la auriazul debajo de la coraza.
Felipe II, como todos los Austrias, era de Boca. Los Borbones, en cambio eran fervientes seguidores de la banda.
Los reyes católicos eran fanáticos de Boca, mientras que Colón -paradoja viviente- era un xeneize gallina.
En términos generales puede asegurarse que toda la Edad Media fue de Boca y el Renacimiento, de River.
En nuestro pais, bien puede decirse que los federales fueron de Boca y los unitarios de River. En el caso de los orientales, la cosa es más complicada. Seguramente Artigas fue de Peñarol. Y aquí cabe una reflexión: El espíritu boquense esta simbolizado en el Uruguay por Peñarol. Nacional es River. Sin embargo al cambiar de orilla, los boquenses cinchan por Nacional y los millonarios por Peñarol. Nadie ha sabido explicarme este disparate.
Hay aun otra objeción interesante. ¿Qué papel han jugado en la historia los hinchas de Racing, San Lorenzo o Platense?
Es difícil saberlo. En primer lugar muchos pensadores niegan la existencia cierta de hinchas de Lanús o All Boys. Se trataría de hinchadas ideales, meras abstracciones de los relatores deportivos que suelen suponer que la hinchada es una consecuencia necesaria de la existencia de un equipo.
Pero, no cabe negar a los hinchas de Independiente o de los ya mentados Racing y San Lorenzo.
¿Qué hacer con ellos en esta construcción que trabajosamente estamos levantando?
Probablemente los moderados, tibios y conciliadores hayan pertenecido a esas legiones. Pero volvamos al punto central de nuestra monografía.

River: la mitad más uno
Ya han quedado sugeridas las características principales de dos cosmologías diferentes. La boquense y la riverplatense. Se trata de visiones de la vida diametralmente opuestas.
Ahora bien, ¿cuáles son en este punto de nuestra civilización los criterios que prevalecen?
Sin ninguna duda, la admiración por la ciencia, la fe en el progreso, el respeto por el poder y el dinero. Y por otro lado el desprecio por la pasión, la decadencia de la fe y la represión de los sentimientos. Es decir que nuestro siglo es de River.
Pero, localicemos aun más la cuestión. ¿Qué ocurre en nuestro país y en nuestros días?
Los criollos se están volviendo cada vez más riverplatenses.
Y si alguien sostiene que el sentimiento boquense es mayoritario, déjeme que le diga que entre nosotros, los mayoritarios somos minoría.
Los argentinos huyen de la mayoría como de la peste. Si alguien quiere ponderar las ventajas de un producto, jamás dirá que lo usa todo el mundo. Más bien afirmará que es solamente para unos pocos. Si hablamos con algun amigo acerca de los lugares ideales para vivir o ir de vacaciones, enseguida oiremos que este señor prefiere los lugares donde no hay nadie. Ante esta constante preferencia, resulta totalmente inexplicable el hecho de que los lugares donde no hay nadie aparezcan generalmente desiertos.
Bien, para finalizar este razonamiento -o lo que fuere- digamos que casi todo el mundo quiere pertenecer a un grupo reducido. Lo cual provoca el contínuo crecimiento de tales grupos reducidos y la mengua de los grupos numerosos.
Así llegamos a que las grandes masas (hinchas de Boca, tangueros, reos y muchachos de barrio) van reduciendose hasta convertirse en elites.
Y las elites (hinchas de River, intelectuales, lechuguinos y pudientes) se convierten en muchedumbres.
Por eso creo que River tiene más hinchas que Boca.
Y eso se irá acentuando cada vez más. Las nuevas generaciones van incorporandose al pensamiento preponderante.
Tal vez llegue el día en que en algún reducido cenáculo se reunan los últimos hinchas de Boca para hablar de asuntos tan herméticos como las carreras de caballos, Gardel o la televisión. Afuera en las calles, en las pizzerías y en las canchas, las multitudes riverplatenses discutirán a Sartre y refutaran a Spinoza.
Ustedes ya saben dónde me podrán encontrar...
Buenas tardes.

martes, 20 de agosto de 2019

Fútbol con anteojos

En su Regla 4, el reglamento del juego de la FIFA dice: "La nueva tecnología ofrece gafas deportivas más seguras, tanto para los jugadores que las usan como para los otros jugadores. Los árbitros deberán mostrarse tolerantes al permitir su uso. Esta disposición se aplica particularmente con los jugadores jóvenes".

Aunque los ejemplos de futbolistas con anteojos sean muy pocos, los hay desde la primera década de la Copa del Mundo y en variadas geografías. Vamos con un repaso de los más conocidos:

El primer gol suizo en la historia de la Copa del Mundo lo marcó Leopold "Poldi" Kielholz el 27 de mayo de 1934 en el estadio San Ciro, de Milán: abrió el marcador contra Holanda y luego marcó el segundo de la victoria 3-2. El delantero llegó a jugar 17 partido con la selección helvética y marcó 12 goles... todos con anteojos. Además, fue el goleador de la liga suiza en la temporada 1933/34.


Unos de los primeros en tener éxito fue el italiano Annibale Frossi, un veloz puntero derecho que desde niño sufría miopía. Eso no le impidió destacarse jugando con anteojos en diferentes clubes del ascenso hasta que en 1936 pasó al Ambrosiana-Inter, con el que ganó dos scudettos y una Coppa Italia.
Apena se sumó al Inter, fue convocado a la Selección para disputar los Juegos Olímpicos Berlín 1936, donde Italia fue medalla de oro y él, goleador del torneo.


En la Copa del Mundo Francia 1938 resaltaba en las fotos el pequeño Achmad Nawir, capitán de las Indias Orientales Holandesas (hoy Indonesia). Este médico de profesión quedó inmortalizado en la foto junto al capitán húngaro György Sárosi, el 5 de junio de 1938 en el estadio Vélodrome Municipale de Reims. Ese, ante unas 9.000 personas, fue el único partido mundialista de la historia indonesia: cayeron 6-0 y se despidieron rápidamente. Atrás habían quedado tres meses de travesía desde Batavia hasta Holanda, donde jugaron un par de amistosos de preparación.
Nawir, que era mediocampista, padecía miopía y no podía jugar sin sus gafas.


A pesar de su miopía, el belga Armand Joseph Jurion tuvo una interesante carrera como mediocampista del Anderlecht, equipo con el que debutó a los 16 años. Con la camiseta violeta logró 10 títulos de liga y una copa nacional durante su década y media en el club. Jef, como lo conocen en su país, integró la selección de Bélgica en 64 oportunidades y marcó 9 goles, pero fue un gol histórico en la Copa de Campeones el que le valió el apodo de Mister Europa. En la ronda preliminar de la temporada 1962/63 al Anderlecht le tocó enfrentar al Real Madrid, que podía presumir de campeones que respondían al nombre de Gento, Puskas, Di Stefano y Santamaría. Parecía un rival insuperable, pero ya el partido de ida en el Santiago Bernabéu terminó con un impensado 3-3. La noche del 26 de septiembre de 1962, en el Estadio Rey Balduino, en Heysel, fue testigo de la hazaña: a los 85' el muchacho de lentes llevó la pelota al borde del área, superó a un par de defensores y sacó un tiro bajo preciso que decretó el 1-0.
En 1968, Jurion pasó a Gent por un período de tres años, y finalmente terminó su carrera a la edad de 37 años en Lokeren. Siempre jugó con sus gafas atadas con una correa que pasaba por debajo de sus orejas.


Cuando Joop van Daele se hizo titular en la defensa del Feyenoord holandés de los años '60s resaltaba por sus anteojos. Los grandes logros de su carrera fueron la conquista de las Copas de Europa e Intercontinental, en 1970. Esta última le guardó una página curiosa en la historia del fútbol: el partido de ida contra Estudiantes de La Plata (jugado en La Bombonera de Buenos Aires) había sido caliente y finalizó 2-2. Durante la revancha en el estadio De Kuip, de Rotterdam, él anotó el gol de la victoria con un remate rasante desde afuera del área. Pese a que la jugada no revistió ninguna polémica, Carlos Bilardo y sus compañeros se fueron encima del árbitro peruano Alberto Tejada pidiendo la anulación del gol. En medio de la confusión Oscar Malbernat (otros señalan a Carlos Pachamé) le arrebató los anteojos a Van Daele y los pisoteó.
Este incidente llevó al cantante Johnny Hoes a dedicarle la canción "Waar is de bril van Joop van Daele" (¿Dónde están los lentes de Joop van Daele?).
Van Daele defendió la camiseta del Feyenoord hasta 1977. También tuvo un paso corto por Go Ahead Eagles y jugó para Fortuna Sittard antes de terminar su carrera en Excelsior.

Después del pionero Kielholz, en Suiza apareció también el caso que seguramente despertó mayor curiosidad: un arquero con anteojos. Se trata de Markus Schüepp, quien atajó en el St. Gallen en la década de los 70s. No trascendió el medio local pero dejó una perla cuando posó con lentes para el álbum de figuritas Panini de 1979.


El más famoso de los futbolistas con anteojos es el holandés Edgar Davis, quien padece un glaucoma, enfermedad ocular que acaba causando una pérdida progresiva de las fibras nerviosas de la retina y afecta al nervio óptico. A finales de los '90 su enfermedad se agravó, algunos especialistas creían que podía ser el fin de su carrera. Pero en 1999 lo operaron exitosamente y por precaución le dijeron que usara gafas.
Los médicos también le recomendaron que usara unas gotas, pero ese medicamento estaba prohibido por FIFA debido al doping; sin embargo, el máximo ente del fútbol le dio un permiso especial para que pudiera continuar jugando. Después de una exitosa trayectoria que incluyó clubes como Ajax, Milan, Juventus, Barcelona, Internazionale y Tottenham Hotspur, Davids se retiró en 2013 y actualmente es entrenador en el Barnet FC de la segunda división inglesa.


Hoy en día, gracias a las nuevas gafas, es más fácil poder jugar al fútbol aun padeciendo alguna disminución visual, o como protección para otro tipo de afecciones oculares.
Jugador de Mongolia con lentes, en partido contra las Islas Marianas del Norte.
Seleccionado juvenil de Islandia. El número 13 usa lentes. 
El 18 de San Marino, con anteojos ante Chipre.
Muchos son también los futbolistas que padecen miopía pero prefieren las lentes de contacto para jugar y usan anteojos fuera de las canchas.
El alemán Jerome Boateng presentó su
propia línea de anteojos en 2016.

domingo, 18 de agosto de 2019

Día del niño

Lejos del negocio y del espectáculo, para los chicos el fútbol conserva su esencia más pura: el juego. Es más que un deporte para ellos, es un lenguaje universal que traspasa culturas, religiones y clases sociales.
Los cinco niños de las fotos de arriba crecieron hasta convertirse en los cinco niños de las fotos de abajo. Ahí estuvo gran parte del secreto de ese Barcelona: estar conformado por un grupo de hombres que jugaron como chicos.

Dejo como recomendación este texto de Juan Villoro: Lionel Messi, la fuerza de un niño, del que transcribo estos párrafos:

"Poco antes de disputar su primera final, Lionel Messi se quedó encerrado en un baño. El niño que no podía ser detenido por defensa alguno se enfrentó a una cerradura averiada. Faltaba poco para que comenzara el partido y Leo aporreaba la puerta sin que nadie lo escuchara. El trofeo de ese campeonato era el mejor del mundo: una bicicleta".

"Otros hubieran cedido a las lágrimas y la resignación, otros más habrían agradecido no tener que demostrar nada en el campo. El pequeño Leo rompió el cristal de la ventana y saltó hacia fuera. Llegó a la cancha con la seguridad de quien no puede ser detenido. Anotó tres goles en la final. El genio tenía su bicicleta".

"No sabemos adónde llegará Lionel Messi. Solo sabemos que no hay defensas ni cerraduras que puedan detenerlo... Cuando un niño quiere una bicicleta es capaz de muchas cosas. Cuando un hombre juega como el niño que quiere una bicicleta, es el mejor futbolista del mundo".

Lionel Messi, uno más entre todos los chicos del mundo que aman al fútbol. ¡Feliz día!

Egipto
Brasil
Campo de refugiados - Rwanda
Indonesia
Mongolia
Franja de Gaza - Palestina
Alemania
Níger
Curaçao
Emiratos Árabes Unidos
Swazilandia
Afganistán
Camboya
Indonesia
Cuba

jueves, 15 de agosto de 2019

Canchas binacionales

El planeta tiene infinidad de canchas y estadios de fútbol en paisajes maravillosos, exóticos, increíbles. Pero muy pocas tienen la particularidad de estar asentadas sobre la frontera de dos países.

Este post, surge del excelente trabajo del blog Fronteras, al que recomiendo a todos los amantes de la geografía, los viajes y las buenas historias.

Diego González publicó en enero de 2018 esta recopilación de canchas atravesadas por fronteras nacionales: "Chutar desde Croacia y marcar gol en Bosnia", engancha su título. Y sí, esta nota curiosidad geográfica tiene un atractivo tremendo: estadios de fútbol en dos países.

Desde aquí, el texto original:

Un domingo cualquiera el FK Partizan de Kostajnica juega como local en la cuarta división de la liga de fútbol de la República Srpska. Unas pocas docenas de espectadores animan con cierta desgana a los jugadores locales mientras fuman un cigarrillo tras otro con los codos apoyados en las barandillas de un costado del campo. La hierba no está demasiado cuidada y los uniformes blanquinegros del once local lucen manchas de barro como testimonio. En un momento dado, un jugador visitante interrumpe el avance del ataque local despejando con un fuerte chut. La pelota sale por la banda y pasa por encima de la verja del campo. El utillero del equipo, un cincuentón curtido tras media vida en las categorías inferiores yugoslavas primero y serbobosnias después, masculla una maldición y se levanta del banquillo. La precaria economía del club no permite que se pierda material, así que le tocará ir a por él. Se dispone a salir del banquillo cuando recuerda algo. Del bolsillo lateral de una bolsa de deportes con los colores del equipo saca su pasaporte. Porque para ir a buscar la pelota tendrá que ir al extranjero. Bienvenidos al campo de fútbol de Kostajnica, donde se puede chutar desde un país y marcar gol en otro.
Estadio del FK Partizan Kostajnica, tomada desde el lado bosnio. Al fondo, Croacia.
Kostajnica es un pueblo de poco más de siete mil habitantes al noroeste de la República Srpska, una de las dos entidades administrativas en las que quedó dividida Bosnia Herzegovina tras el final de las Guerras Yugoslavas. Se llamó Bosanska Kostajnica hasta el inicio de las hostilidades, cuando las autoridades serbobosnias le cambiaron el nombre a Srpska Kostajnica; después de la guerra le quitaron el apelativo étnico. No sucedió lo mismo con el hermano gemelo del pueblo. Al otro lado del río Una se encuentra Hrvatska Kostajnica, su contraparte croata. La frontera en la zona discurre mayormente sobre el río, pero justo a la altura de Kostajnica se introduce un centenar de metros tierra adentro hacia Bosnia, de manera que las dos orillas del río pertenecen a Croacia. El campo de fútbol, construido antes de la guerra, quedó dividido entre los dos países cuando se trazaron las nuevas fronteras. Una parte de una de las bandas queda en territorio croata, de manera que es perfectamente posible chutar desde un país y marcar gol en otro.

El pasaporte no es necesario para lanzar un ataque por la banda norte del campo, al menos. Tampoco para estar en el banquillo, situado en territorio croata. La policía de fronteras croata patrulla regularmente el pequeño bosque que se extiende entre el campo de fútbol y el río, y todavía no se ha dado el caso de que detengan a un recogepelotas por entrar ilegalmente en territorio de la Unión Europea. Sin embargo, la frontera no sólo cruza el campo de fútbol. Algunos edificios del pueblo terminan justo en el límite internacional, y los agricultores serbobosnios con tierras en la margen sur del río sí que han tenido que mostrar sus pasaportes, o incluso alguno ha sido arrestado. La bandera serbia ondea en el estadio, pero sólo en uno de sus bandas. En la otra, colocar una bandera sería algo peor que una provocación, y en un pueblo que conoció la guerra hace menos de un cuarto de siglo hay cosas que es mejor evitar.

Podría creerse que el caso de Kostajnica es único, pero no, no lo es. Cambiemos de continente. Nos vamos a El Arenal, Guatemala. En el pueblo hay medio campo de fútbol, y digo medio porque la otra mitad se encuentra en El Arenal, Belice. La línea imaginaria aquí es exactamente eso, imaginaria, y cruza por la medio campo la cancha. Los niños de uno y otro lado juegan al fútbol todos las semanas, pero defendiendo siempre la portería de su país. Cada domingo se juega un partido internacional, en el sentido más literal de la palabra.
Guatemala y Belice mantienen un contencioso fronterizo desde hace más de siglo y medio. Lo que hoy es Belice fue antes una colonia llamada Honduras Británica. Guatemala y el Reino Unido firmaron un acuerdo en 1859 en el que los primeros reconocían la soberanía de los segundos sobre el territorio a cambio de una serie de contrapartidas económicas, incluyendo la construcción de una carretera. Ni las compensaciones económicas ni la carretera aparecieron, por lo que Guatemala reclama unos 11.000 kilómetros cuadrados de Belice, que viene a ser la mitad del país que España nunca reconoció como británica antes de la independencia guatemalteca. Belice se independizó en 1981 pero Guatemala no reconoció al nuevo país hasta diez años más tarde, y no ha retirado su reclamación territorial. La disputa ha provocado no pocos incidentes, el último de los cuales hace un par de años acabó con el despliegue de tres mil soldados del Ejército de Guatemala en la frontera tras la muerte a balazos de un adolescente a manos de soldados beliceños.
Pese a los incidentes y la tensión fronteriza, en El Arenal, situado a cuatro kilómetros del principal paso fronterizo entre ambas naciones, los vecinos viven en armonía. Los niños de ambos lados juegan juntos y hay numerosos proyectos transfronterizos de cooperación. La gente cruza tranquilamente de un lado a otro sin ser importunada por la policía, y es normal que los beliceños acudan al médico en Guatemala y los niños chapines vayan a clases a Belice, donde la lengua oficial es el inglés. La línea fronteriza fue establecida oficialmente en el año 2001 con la mediación de la Organización de Estados Americanos, y se la conoce como Línea de Adyacencia, o, más comúnmente, como la línea imaginaria. El cruce de la frontera es libre excepto para trabajar, por lo que no se requiere tampoco ningún permiso especial para echar una pachanga. Sólo ganas de defender sobre el campo al propio país de la manera más surrealista imaginable. La alcaldía del lado chapín ha propuesto instalar un estadio de fútbol de verdad, con césped cuidado, líneas de delimitación y tribuna, para recalcar lo excepcional del lugar y elevarlo a símbolo internacional de paz y convivencia entre pueblos. Ojalá le hagan caso.
¡No se vayan todavía, amigos, aún hay más! Nos trasladamos ahora a San José de Pocitos, un barrio de la ciudad boliviana de Yacuiba, que con sus cien mil habitantes es la capital de la Provincia del Gran Chaco. Yacuiba forma un continuo urbano con la localidad de Salvador Mazza que, por estar al otro lado del estrecho río Itaperenda, pertenece a la Argentina. Sin embargo la frontera no sigue exactamente el curso del río, debido quizás al terremoto que sacudió la localidad en 1899. El derecho internacional es claro al respecto: si el río cambia su curso debido a la erosión natural, la frontera le sigue, pero si el cambio se debe a acontecimientos catastróficos o a la mano del hombre, la frontera permanece inmutable. Así pues, la línea fronteriza zigzaguea alegremente a un lado y al otro del río, que discurre ajeno a las cuitas humanas.

Los vecinos de San José de Pocitos llevaban mucho tiempo pidiéndole a la alcaldía que instalara un parque para que los niños pudieran jugar en algún lugar del pueblo. El problema es que, si miramos el mapa más arriba, San José de Pocitos está encajonado entre dos ramales de la frontera argentina y el suelo no abunda. Así que finalmente cedieron e instalaron el parque en uno de los pocos lugares libres, situado justo junto a la frontera. El parque fue inaugurado en octubre de 2017 y cuenta con toboganes, columpios y, atención, un campo de fútbol con porterías metálicas. Para darle algo más de empaque se decidió instalar una pequeña tribuna en el lateral occidental del campo, sin tener demasiado en cuenta que ese trozo de terreno ya pertenecía a la Argentina.
Vista aérea del parque y la cancha de fútbol, con los hitos fronterizos señalados.
Podría aducirse en defensa de las autoridades municipales Yacuibeñas que no se habían percatado de que estaban invadiendo territorio del país vecino, si no fuera por el mojón de granito de metro y medio de alto situado justo delante de la tribuna, pegado a una de las rayas de cal del campo. El alcalde justificó la invasión con unas palabras que desde aquí suscribimos:
Vivimos en una zona fronteriza, donde, más allá de los límites territoriales y de líneas demarcatorias, está la hermandad de los pueblos
Hito fronterizo argentoboliviano, con la pequeña tribuna del campo de fútbol justo detrás.
yacuiba 2
La provincia argentina de Salta protestó airadamente por esa violación de todos los códigos municipales, regionales y nacionales (¡han instalado una grada sin permiso de obra!) y el ayuntamiento boliviano se vio obligado a rectificar rápidamente para evitar un incidente internacional, así que cambiaron de lugar las, por otro lado, más bien humildes gradas. Sin duda, una pérdida para el acervo fronterizo mundial.
Las gradas en su nueva ubicación. Nótese el mojón fronterizo a la izquierda de la imagen.
El detrás del arco de la cancha de San José de Pocitos.

¿Hemos acabado ya? ¡No! Saltemos de nuevo a la otra orilla del Océano Atlántico. Concretamente al Reino Unido. Como cualquier aficionado al fútbol sabe, cada uno de los países constituyentes del reino tiene su propia selección de fútbol y su propia liga. Chester es una ciudad inglesa y como tal su club disuputa sus partidos en el sistema de fútbol inglés. Pero a un par de kilómetros del centro de la ciudad se encuentra el límite con Gales. Cuando los mandamases del Chester City decidieron cerrar el viejo estadio de Sealand Road y construir uno nuevo, escogieron un lugar justo en la frontera galesa. El límite se encuentra en la parte trasera de la grada principal, así que cada fin de semana los hinchas del Chester FC, el club que sucedió al Chester City tras su desaparición en 2010, aparcan el coche en Inglaterra y cruzan a Gales para animar a su equipo. El estadio, sin embargo, tiene dirección postal inglesa porque la puerta principal se encuentra, por apenas unos pocos metros, en territorio inglés.

lunes, 12 de agosto de 2019

Unidos por la tragedia

Un once de guerreros que nos dejaron. Muchos de ellos, en la cancha.

Artículo publicado en la revista chilena De Cabeza, en octubre de 2015
Por PABLO ARO GERALDES
Ilustración de Gonzalo Losada

La muerte espera agazapada a la vuelta de una esquina, pero no sabemos cuál. La Parca, a veces traicionera, siempre implacable, se ha ensañado en repetidas ocasiones con futbolistas en actividad: tragedias aéreas, enfermedades tempranas, accidentes de tránsito, asesinatos, suicidios y la tan temida muerte súbita pusieron un prematuro punto final a carreras deportivas en pleno desarrollo.

El primero del que se tenga registro fue el inglés William Crooper, quien cayó defendiendo los colores del Staveley FC contra el Grimsby Town. Era el 12 de enero de 1889 y Crooper, que hacía unos meses había dejado el cricket para dedicarse al fútbol, chocó fuertemente contra Dan Doyle. Una rodilla de este back adversario impactó de lleno en su abdomen y le provocó una ruptura intestinal. La tarde trágica se selló con la muerte de Crooper en el vestuario, en brazos de su compañero George Hay.

No hay certezas sobre la existencia de un dios. Tampoco de un cielo que reciba a las almas buenas. Por eso, sin necesidad de garantía alguna, vale imaginar un edén al que lleguen los futbolistas, todos aquellos que regalaron emociones en la Tierra. Habrá partidos continuados, equipos que se reencuentran, torneos que se repiten hasta el infinito. Hace poco llegó Alcides Ghiggia, para completar a los 22 que puedan revivir aquella final de 1950 en Maracaná. Y estarán Alfredo Di Stéfano, Ferenc Puskás, Garrincha, Lev Yashin, Eusebio, Giuseppe Meazza, Fritz Walter, Obdulio Varela y Stanley Matthews brillando por la eternidad en una pichanga improvisada que sería la envidia de los abonados a palcos VIP en la Champions League.

En una cancha central, donde nunca dejan de escucharse miles y miles de aplausos, será local un combinado celestial amado por llevar consigo la poesía indeleble de la tragedia. La muerte temprana duele más y dispara preguntas sin respuesta, pero también impide cualquier signo de deterioro: nos ahorra la imagen de la decadencia. Estos once despertaron ovaciones y arrancaron lágrimas a sus hinchas en la dolorosa hora de su partida, cuando el destino truncó sus trayectorias en pleno apogeo. Son once entre cientos que llegaron antes de tiempo a este paraíso de la pelota, pero bien podrían ser una selección -caprichosa como cualquier otra- de quienes compartieron ese sino agónico. Este cielo imaginario, con verde césped entre nubes de algodón, es el escenario perfecto para que le hagan otra gambeta al olvido.



José Gonzales Ganoza
33 años

Fue fiel al arco de Alianza Lima durante toda su carrera. Con el equipo grone fue campeón peruano en 1975, 1977 y 1978 y había sido parte del plantel que alzó la Copa América 1975 con la selección incaica.

El 8 de diciembre de 1987 Alianza Lima volvía después de vencer a Deportivo Pucallpa, pero el Fokker de la Marina de Guerra del Perú nunca aterrizó en la capital: una falla de la aeronave la precipitó al mar, a la altura de Ventanilla. Sólo el piloto se salvó, todo el equipo tuvo allí su triste final.

Entre los deudos que lloraban la tragedia estaba Peta, la hermana de Gonzales Ganoza, quien sostenía en brazos a su hijo Paolo. El pequeño no había llegado a ver a su tío en el arco aliancista, pero con los años pudo honrar a la casaca de la Selección Peruana. Paolo Guerrero, de él se trata, hizo las inferiores en el club auriazul y, aunque nunca jugó en un club de su país, sueña con terminar su carrera allí.


Eduard Dubinski
34 años

Figura en la zaga del CSKA Moscú, el ucraniano saltó al estadio Carlos Dittborn de Arica con la sigla CCCP en el pecho para debutar en la Copa del Mundo de 1962. Allí, en la tarde del 31 de mayo, empezaría su drama en el partido contra Yugoslavia: antes del descanso la URSS ganaba 1-0; Dubinski salía jugando desde el fondo, en una acción sin peligro alguno, cuando el delantero bosnio Muhamed Mujic le salió al cruce y con una violencia inusitada le produjo fractura expuesta de tibia y peroné en la pierna izquierda.

Pasado el Mundial, Dubinski se recuperó en Moscú y volvió a jugar en el CSKA, hasta 1964, año en el que pasó al KFK YuGV húngaro. La Selección ya había quedado atrás. Retornó a Ucrania en 1966 para sumarse al SKA Odessa y siguió dos temporadas más con la camiseta del Metallurg Lipetsk, en Rusia. Allí su carrera se terminó dolorosamente: tenía 33 años, podía seguir, pero aquella salvaje agresión de 1962 volvió a escena: la mala curación de la fractura le causó un sarcoma que tras varias cirugías derivó en la amputación de la pierna.

Estaba condenado a una silla de ruedas por el resto de su vida, pero fue por muy poco tiempo: el 11 de mayo de 1969 murió por las complicaciones derivadas de aquella falta asesina.


Andrés Escobar
27 años

Campeón de la Copa Libertadores 1989 con el legendario Atlético Nacional de Medellín, Escobar se ganó el título de “caballero del fútbol” por su corrección deportiva. Esa conducta intachable también la demostró en la asombrosa Selección Colombia que se lució en Italia '90 y que cuatro años después llegó a los Estados Unidos con un sobrevalorado cartel de favorita, tras humillar a Argentina en la Eliminatoria.

Aquella participación colombiana en USA '94 fue triste, con una despedida en primera ronda tras perder con los anfitriones. En una jugada sumamente desafortunada, Andrés marcó un gol en contra que, supuestamente, había ocasionado pérdidas en apuestas de varios capos del narcotráfico. Ese error fue su sentencia de muerte: de regreso a Medellín y mientras el Mundial seguía, el 2 de julio Escobar fue increpado en el estacionamiento de una discoteca por dos de estos sujetos pesados. Se inició una discusión que terminó cuando el chofer de los agresores bajó del auto y descargó su revólver en la cabeza de Andrés. Su novia, que lo acompañaba esa noche, lo llevó al hospital pero llegó sin vida.


Antonio Puerta
22 años

Creció en el barrio sevillano de Nervión, muy cerca del estadio Sánchez Pizjuán: como todos los chavales de su edad, jugó fútbol en las calles, después en un club pequeño hasta que llegó a edad de hacer las inferiores y se lo llevaron para el Sevilla FC.

Surgió de la misma camada que Sergio Ramos y Jesús Navas, y también fue convocado a la Selección Española en virtud de su zurda de diamantes, esa que pronto se convertiría en su apodo en boca de los aficionados andaluces.

El 25 de agosto de 2007 el destino le tenía tendida una trampa al ídolo sevillista: a los 28' del partido contra el Getafe, por la primera fecha de la Liga, Puerta sufrió un paro cardiorrespiratorio y se desplomó en la cancha. El serbio Ivica Dragutinovic le intentó sacar la lengua, para que no se la tragara. Lo reanimaron y dejó el campo caminando. Pero en los vestuarios padeció cinco desmayos más y fue trasladado al Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde le pusieron un respirador artificial. Casi tres días después del partido, murió por una displasia arritmogénica del ventrículo derecho. La muerte. La vida. El 21 de octubre su novia dio a luz a Aitor Puerta, el pequeño que el año pasado dio un saque de honor en el Sánchez Pizjuan. Vestía la camiseta 16 de su padre.


Abdón Porte
25 años

A comienzos de 1918 la Comisión Directiva de Nacional decidió poner a Alfredo Zibechi como volante central, lo que para Abdón Porte implicaba la pérdida de la titularidad. La decisión se basaba en que Porte había bajado su rendimiento. Esto fue algo que el ídolo del club montevideano no pudo asimilar. El Indio Porte no era cualquiera: tenía 25 años y con Nacional había ganado los campeonatos uruguayos de 1912, 1915, 1916 y 1917 además de haber integrado la selección que conquistó la Copa América 1917.

El 4 de marzo Nacional venció 3-1 al Charley y él cumplió una muy buena actuación. Como se acostumbraba, por la noche dirigentes y jugadores se reunieron en la sede del club para un pequeña celebración. Igual, sabía que su puesto en el mediocampo ya tenía un nuevo dueño. A la una de la madrugada del 5 de marzo Abdón dejó la fiesta y se subió a un tranvía que lo dejó a las puertas del Parque Central, su estadio, caminó hasta al centro de la cancha y se pegó un tiro en el corazón.

El 3 de abril iba a casarse con su novia. Al amanecer de ese frío martes el perrito del canchero encontró el cuerpo inerte de Porte, junto al revólver y una carta dentro de un sombrero de paja. Pedía que lo enterraran “en el cementerio de La Teja con Bolívar y Carlitos”. Se refería a los hermanos Bolívar y Carlos Céspedes, dos glorias de Nacional y de la selección uruguaya que en 1905 había caído víctimas de la epidemia de viruela.


Eliseo Mouriño
34 años

Hijo de un gallego y una vasca, Eliseo era tan porteño como el tango. Nacido en Mataderos y criado en San Cristóbal, estos populares barrios de Buenos Aires marcaron su identidad futbolera en los años '30: fineza con la pelota, visión de juego, don de liderazgo y códigos de amigo.

En 1946 debutó en la Primera de Banfield, el primer equipo chico que lideró un campeonato (en 1951 perdió una final de desempate con Racing). Eliseo era el estratega, un verdadero técnico dentro de la cancha. Boca Juniors se lo llevó en 1953 y fue titular indiscutido por ocho temporadas. Su tarea impecable con la 5 xeneize le abrió el camino a la Selección Argentina, con la que jugó 25 partidos y ganó dos veces la Copa América: 1955 y 1959.
Veterano ya, decidió que sus últimos años en el fútbol los pasaría en el recordado Green Cross. Pero apenas jugó un partido. De regreso de Osorno, donde habían enfrentado a una selección local por la Copa Chile, el 3 de abril el piloto del avión DC-3 de LAN avisó que tenía hielo en las alas y en la hélice. El frío aliento de la muerte acechaba entre las cumbres del Nevado de Longaví. La aeronave perdió el control y se estrelló en el cerro Lástimas, cerca de Linares. En medio del luto que envolvió al país, Mourinho se ganó una estrella en el panteón de las leyendas.


Marc-Vivien Foé
28 años

Quizá sea la muerte más escalofriante, porque el mundo la vio en directo: el 26 de junio de 2003 Camerún vencía 1-0 a Colombia en Lyon, Francia, por una semifinal de la Copa Confederaciones, cuando a los 71' Foé se desplomó en el círculo central; el colombiano Jairo Patiño, desesperado, fue el primero que lo ayudó. Ingresaron los paramédicos, intentaron reanimarlo boca a boca y con oxígeno. Lo sacaron en camilla y llegó vivo al hospital, pero minutos después se fue de este mundo. La autopsia determinó una “miocardiopatía hipertrófica”, una afección hereditaria.
Había surgido del Canon Yaoundé y pasó por distintos equipos de Francia e Inglaterra hasta recalar en el Manchester City, cuyos hinchas le dejaron balones a su tumba.

La Selección de Camerún siguió jugando esa Copa en memoria de su compañero. Tres días después, Francia se quedó con el trofeo al vencer a los africanos. Durante la ceremonia de premiación, el capitán francés Marc Desailly posó junto al plantel campeón sosteniendo un retrato de Foé.


Valentino Mazzola
30 años

Interior izquierdo y capitán del legendario Torino, es considerado uno de los mejores atacantes de la historia del calcio. Aquel equipo era reconocido como uno de los más fuertes de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial: venía de ganar cuatro ligas consecutivas entre 1946 y 1949. Aquel Torino era la base de la Selección Italiana, de la que Mazzola también era el capitán, el símbolo del equipo que aspiraba al tricampeonato mundial nada menos que en Brasil 1950. No pudo ser.

El 3 de mayo de 1949 el Torino jugó un amistoso contra el Benfica, en Lisboa. Durante el regreso a Turín, al día siguiente, una densa niebla los esperaba en el norte italiano. La pericia de los pilotos no fue suficiente para estabilizar el avión a ciegas y la nave se precipitó para estrellarse contra el muro trasero de la Basílica de Superga, en las cercanías de la ciudad de destino. No hubo sobrevivientes y la Federación Italiana les otorgó el título de la temporada 1948/49, que los tenía como punteros, a falta de cuatro fechas. Signo de esos tiempos, la medida fue impulsada por Inter, Milan y Juventus.
En Brasil, Italia se presentó con un equipo menguado y quedó afuera en primera ronda. Extrañaba a su 10, el mejor de todos los tiempos con la Squadra Azzurra.


David Arellano
24 años

Colo-Colo despertaba cada vez más interés en cada presentación de aquella gira de 1927. El 2 de mayo arrastró a una multitud en Valladolid, cuando se enfrentó a la Real Unión Deportiva en el campo anexo a la Plaza de Toros... Como una postal de época, los colocolinos salieron portando una bandera española; encabezados por Arellano, su capitán. La cordialidad se trasladó al juego, pero enseguida los locales se pusieron 2-0. La reacción no tardó: descontó Subiabre y el Negro González empató.

Los chilenos empujan para buscar la victoria; Pancho Arellano tira el centro, su hermano David salta a cabecear y choca en el aire con Hornia, el centrehalf. Una rodilla del español impacta en su vientre y él cae exánime. Un murmullo helado atraviesa la cancha. Arellano yace pálido, la camilla que entra, la ambulancia después, el silencio, el juego que se reanuda once contra diez... Colo-Colo ya no piensa en el partido.

Vuelven al Hotel Inglaterra, donde David agoniza. En la noche, las palabras del médico destrozaron el alma de la delegación: sólo se espera el final, de nada valdría una operación, sería un milagro que se recupere de esa peritonitis traumática. Las horas pasan. Valladolid amanece, pero no despierta. Porque no durmió. Tampoco él, con los ojos entrecerrados y en un solo quejido. Implora una operación que lo salve. Buscan a otro médico. No hay consuelo. David pide un sacerdote para confesarse. Y se va.

Pasaron casi nueve décadas, pero en cada grito de gol, en cada alegría, Colo-Colo lleva sobre su corazón el luto perpetuo en memoria del querido David Arellano.


Roberto Batata
26 años

Había convertido un gol para Cruzeiro en la visita a Alianza Lima por la Copa Libertadores 1976 y apenas regresó a Belo Horizonte, aunque estaba cansado, tomó su Chevette para aprovechar el día libre: ese 14 de mayo, ansioso por reencontrarse con su esposa y su hijo, manejó su auto con rumbo a Tres Corações.

Nunca llegó. Un accidente en la ruta se llevó a este brillante puntero derecho cuyo nombre verdadero era Roberto Monteiro. Un manto de tristeza envolvió a Brasil, que admiraba su juego veloz y habilidoso.

Dos meses y medio después de su partida, Cruzeiro vencía a River Plate 3-2 en Santiago y conquistaba por primera vez la Copa Libertadores. Tras el pitazo final del árbitro chileno Alberto Martínez, todos los jugadores mineiros formaron un círculo y oraron por su memoria. Nunca un campeón de la Libertadores estuvo tan presente como él en la noche santiaguina. La emoción y las lágrimas enmarcaron la entrega del trofeo.

Hoy, su estrella de campeón post mortem brilla tanto como la Cruz del Sur que engalana el pecho del equipo Guerreiro dos Gramados.


Matthias Sindelar
35 años

Al mando de la Selección Austríaca era considerado el mejor jugador del mundo en esos años '30. Pero en marzo de 1938 el III Reich invadió Austria y Adolf Hitler pretendió que los mejores solistas de esa orquesta apodada Wunderteam se pusieran la casaca alemana con la cruz swastika en el pecho e hicieran el repugnante saludo nazi. Sindelar se negó.

El Führer organizó un ‘amistoso’ para celebrar el Anschluß, la ‘unificación’: Alemania (con los mejores jugadores del Wunderteam) contra Ostmark (Austria reducida a una provincia). Hasta el árbitro fue alemán. Sindelar sabía que si ganaba ante los ojos de Hitler, estaría en problemas. Pero a veces el hombre prefiere ser leal a su corazón: Matthias jugó el mejor partido de su vida y marcó el primer gol del 2-0 ante la escuadra nazi. Lo ‘invitaron’ nuevamente a jugar el Mundial 1938 para Alemania, pero volvió a decir No. Entró a las listas negras… Los nazis ofrecieron recompensa a quien lo delatara. Junto a su novia, tuvieron que esconderse. La persecución se hizo insoportable. Los judíos encarcelados eran llevados a campos de concentración; el futuro era negro.

Todo se hubiera 'resuelto' poniéndose la camiseta alemana, pero el deseo de ser digno fue más fuerte. El holocausto estaba por comenzar, pero él no lo iba a conocer. El 23 de enero de 1939 la policía nazi encontró los dos cuerpos en su departamento; el monóxido de carbono de la estufa defectuosa hacía al aire irrespirable. ¿Suicidio o asesinato? Nunca se supo. Para su funeral, unos 15 mil vieneses desafiaron al terror y acompañaron a Matthias y a Camila hasta el cementerio.