sábado, 14 de septiembre de 2019

Un sábado de Contabilidad vs Naranjeros


Por PABLO ARO GERALDES

El fin del verano se percibe en el aire seco, suavemente caliente y puro que se respira en el pequeño Estadio Universitario de la UAQ, en la parte alta de Querétaro.

La bella ciudad del acueducto es una protagonista vital de la historia de México. Resumen las enciclopedias que "en 1810 Santiago de Querétaro fue sede de la conspiración en la que se fraguó el movimiento que a la postre llevaría a la Independencia nacional. En 1867 fue derrotado aquí, capturado y fusilado Maximiliano de Habsburgo por las fuerzas republicanas, restableciendo el régimen republicano en México. Y en 1917 fue sede del congreso constituyente que promulgó la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que continúa vigente". Suena a importante, pero lo era aún antes del desembarco español.

Mucho antes de que México fuera México y de que el indígena otomí Conín se convirtiera al cristianismo y rebautizado como Fernando de Tapia fundase Querétaro en 1531, esta zona del sudeste del Bajío se llamaba "Ndamaxey”, que en la lengua otomí significa “lugar del gran juego de pelota”.

La voz no hacía referencia al fútbol, claro, sino al "Ullamaliztli”, palabra de la lengua nahuatl que designaba a un juego sagrado de pelota practicado en el valle central de México. Se jugaba con la cadera desde hace unos 3500 años y era tan popular entre aztecas, mayas y otras etnias que los arqueólogos han encontrado más de 2500 canchas en Mesoamérica.
En este conjunto escultórico del Códice Borbónico 27 se representa a cuatro jugadores
que simbolizan a cuatro deidades: Quetzalcóatl, Cihuacóatl, Cintéotl e Ixtlilton.
Pero 488 años después de su fundación, la ciudad sigue impregnada con ese espíritu que la nombró Ndamaxey. Septiembre de 2019 encuentra a los Gallos Blancos de Querétaro en la cima de la Liga MX, y la capital del estado no puede ocultar su orgullo: las camisetas azules y negras se cuentan por decenas entres los traspuntes que recorren la Zona de Monumentos Históricos de Querétaro, declarada por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad, el Jardín de la corregidora, el Templo de san Antonio, el acueducto, la Fuente del Marqués o la Alameda Miguel Hidalgo. Ni hablar de los alrededores del estadio Corregidora, orgullo de los aficionados locales erigido para la Copa Mundial de 1986, a imagen y semejanza del colosal Azteca de la capital.

Pero siempre el fútbol más pasional es el que se vive desde las bases, el que surge de la afición pura, ese que tiene por recompensa el buen rato con amigos, la cerveza compartida al final del partido o, a lo sumo, un trofeo y una medalla esperando al final de la temporada.

Y ahí vale volver a la mañana de sábado que asoma calurosa en estadio de la UAQ, a ese césped que el sol pinta de verde y en el que los pajaritos encuentran semillas antes de que la pelota empiece a rodar. Porque es día de acción para la octava fecha de la Liga Burócrata Bancaria, la competencia que en su categoría Premier agrupa a 18 equipos desde hace más de un cuarto de siglo. "Todos aquí en Querétaro conocen a la Burócrata Bancaria, todos saben de alguien que la ha jugado, que conoce a alguien que haya participado, es toda una institución", comenta Paco Pérez, periodista del periódico AM de Querétaro.


Para disputar esta liga amateur, los equipos deben pagar una inscripción semestral o anual, que en este segundo caso tiene un descuento que la deja en $6000 (unos 300 dólares). Además, antes de cada sábado se abona el arbitraje por adelantado. Cada conjunto tiene que aportar dos balones.

La tribuna, la única, vacía, se convierte en refugio para soportar el solazo que pega, ya inclemente, sobre el predio de la Universidad Autónoma de Querétaro. Allí, al amparo de la sombra empiezan a llegar los muchachos que hacen de los escalones su vestuario. Reencuentros, bromas, caras de sueño todavía. En un sector se reparten las camisetas verdes con vivos naranjas: son las que el Ajax holandés usa como alternativa, pero aquí no las visten Klaas-Jan Huntelaar ni Daley Blind, no, son los jugadores de Naranjeros, el primer equipo en arribar. Una botellita de agua fresca circula de boca en boca, pero también algún cigarrillo ameniza la espera del encuentro ante Contabilidad, el rival de la mañana. El faso le acentúa la estampa ruda de James Dean a este jugador que se calza la playera número 12 y a quien sus compañeros llaman "el rumano".

Un hombre, solo, se cambia en el extremo más alejado de la tribuna. Es Roberto Gutiérrez García, el árbitro que lleva 25 años en la liga y a quien todos conocen y respetan.

Rezagados, ¿dormidos?, van apareciendo de a uno los futbolistas de Contabilidad, todos estudiantes que conforman el único equipo de la liga que representa a una facultad. La tardanza tiene su explicación: "varios de sus jugadores vienen de disputar más temprano un partido por otra liga", cuenta Hugo Mata mientras se viste presuroso con la casaca blanca. Su compañero Marco Polo Escamilla agrega: "algunos juegan con el equipo Campus Cadereyta, que también pertenece a la universidad".

Contabilidad apenas junta ocho jugadores. El juez demora todo lo que puede el inicio, pero ya no puede esperar más, van doce minutos de retraso y hay que comenzar. Para compensar, anuncia que el primer tiempo durará solo 40 minutos. Y así, con la notable desventaja de tres hombres menos, arranca el juego.

El espíritu amateur lo impregna todo. A las relucientes camisetas adidas de Naranjeros se le contrapone la desprolija vestimenta de Contabilidad: algunos lucen una casaca blanca con mangas azules con la sigla UAQ-FCA que da cuenta de la Facultad de Contabilidad y Administración. Pero otros visten un curioso mash-up, un híbrido entre una playera alternativa de Italia, indisimulablemente trucha (o chafa, como le dicen en México) con un inexplicable escudo del Liverpool inglés. 

La diferencia numérica amenaza con una "masacre" futbolística, no habrá forma de soportar los noventa minutos -bueno, ya se pactó quitarle 5' a la primera mitad-, pero los desperdigados y voluntariosos ocho hombres de Contabilidad compensan con su juventud.

La mañana avanza, el sol sube y los jugadores siguen llegando con el partido empezado: no importa si son titulares o suplentes, "rápido, a cambiarse y a la cancha", grita Felix Chávez, el profesor de la Universidad, lleva 25 años entrenando al equipo de Contabilidad. Pero Chávez no es más Chávez sino el Tuca Ferretti. No porque su conocimiento táctico lo asemeje al brasileño sino porque es evidente su parecido con el técnico de Tigres UANL.

El falso Tuca se roba la escena entre los presentes, en su mayoría estudiantes que cursan el Diplomado de Periodismo Deportivo de la UAQ. Otros señalan que es idéntico a Hernán Hernández, el bajista que integra la banda Los Tigres del Norte desde su inicio, en 1968. Pero él, el Tuca, porque ya es para todos el Tuca, está muy metido en el partido pero relojea la tribuna con la esperanza de que sus muchachos vayan llegando.
Félix Chávez, el Tuca.

Aparece uno con el casco de la moto todavía puesto, y se cambia el calzado a las apuradas. Para ponerse la playera número 8 tienen que quitarse el casco, obvio... e ingresa al campo de juego a los 8'.

Naranjeros domina y aprovecha los huecos que generan la ausencia de rivales. En su primera llegada de riesgo, un bombazo deposita uno de los balones sobre la avenida 5 de febrero que bordea un lateral. Quedan tres pelotas, hay que cuidarlas.

Recién a los 10' se completan los once de Contabilidad, con un segundo número 9. Enseguida lo advierte el Tuca, "ya hay otro nueve hey, cámbiate". Y se pone una camiseta con el número 100.

La tribuna está poblada por los estudiantes que toman notas, los jugadores suplentes que prefieren seguir las acciones desde allí y no desde las bancas sometidas al impiadoso rayo del sol, del otro lado de la cancha, y unas diez personas más, casi todos familiares de los protagonistas. Los Naranjeros, mayores que sus rivales, son acompañados por sus hijos. Y en el caso de Iván Olbera, tiene en la grada a su padre José y a su hijo Esteban, de seis años.

Con los veintidós, el juego se vuelve más parejo, pero a los 19' se produce el primer cambio en Contabilidad: el 25 reemplaza al 6: es evidente que algunos de los buenos llegaron tarde y empezaron con los suplentes. Las cosas van poniéndose en su lugar. Siempre suele ser así. "A veces tuvimos que improvisar porteros, está cabrón. Al rato no llegan", cuenta Gerardo Luna, ese número 6 que acaba de dejar el terreno.

El partido va y viene, por momentos se torna entretenido, pero en otros cae en un aburrimiento que distrae a los novatos cronistas. Detrás de una de las porterías lucen en fila atriles con fardos de hierbas: son dianas, o blancos para el tiro con arco. Y de pronto empiezan a aparecer los aprendices de esta práctica deportiva y surge el humor negro: lo último que falta es que seamos testigos de la muerte de un arquero a manos de otro arquero.

Ya son parte del paisaje, el fútbol sigue. Tiro libre para Contabilidad, el 12 ejecuta mientras los Naranjeros ensayan una poco ortodoxa barrera de cinco hombres más un sexto que cubre, acostado, el  vacío que se produce cuando todos saltan. Métodos psicodélicos.

El balón rebota en esa valla humana y sigue el juego. No pasa nada, no hay peligro tampoco cuando el 9 de Naranjeros se escapa solo por la banda izquierda y sus compañeros lo alientan: "llévalo wey, no te alcanza"... pero lo alcanzan. Y primer tiempo se termina puntualmente a los 40, como lo pactaron.

El disperso descanso de Naranjeros.
El descanso es eso: un descanso para todos. Alguna que otra indicación técnica, pero nada más. Todo se acomoda en esos minutos, ya que estos equipos no se juntan a entrenar, solamente se encuentran los sábados y juegan. Por eso, esos minutos compartidos son tan importantes para corregir algún error del juego pero más para retomar el contacto de un grupo que más que compañeros son amigos.

El entretiempo tiene a la tribuna con más gente que nunca, ya que no hay vestuario. Allí, entre los protagonistas se entremezclan los estudiantes y aprovechan para hacer preguntas. O para derribar mitos. Uno tira una referencia: "se llaman Naranjeros porque son financiados por los dueños de las fincas de cultivos de naranjas, ponen mucho dinero, incluso cobran". Suena bien, suena lógico, pero el cultivo de la naranja es más propio de Veracruz, ¿será cierta la versión?. Es hora de preguntar y la respuestas llega con el guanajuatense Patrick Jiménez, que desmiente la especie: "todos somos amigos que nos conocimos jugando en otro equipo, un equipo que no tenía nombre. Después de un juego, mientras hacíamos la recuperación, uno apareció con un saco de naranjas. Nos reímos mucho del momento, era extraño, todos comiendo naranjas... y ahí surgió ponernos Naranjeros, es muy gracioso, pero se termina ahí la anécdota".

De vuelta al rectángulo verde. Se luce el 15 de Naranjeros es un delantero desgarbado al que llaman "el güero", que significa "el rubio". Es un jugador que resalta del resto por su estampa, lo mismo que nuestro "James Dean", un malhumorado crack de cabotaje que se hace respetar. Naranjeros está mejor plantado, pero el cronómetro avanza y el olor a 0-0 se hace cada vez más fuerte.  Hay seis cambios por equipo y los dos conjuntos que terminan son muy distintos a los que comenzaron.

El capitán de Naranjeros en la segunda parte es el 16, un defensor central con algo de sobrepeso pero prestancia: Toño es un Beckenbauer queretano. Pero la figura del encuentro es "el púas", el arquero de Contabilidad. Todos lo alientan, lo aclaman en la tribuna. Hay que averiguar cómo se llama ese muchachito y recorremos la grada preguntando a los compañeros; todos le dicen "el púas", pero aunque hace años que juegan juntos, no saben su nombre: "pues, el púas, y ya"... Otro, aliado de la tecnología, busca desde su celular, se mete en Facebook y aporta un dato más: "dice Luis". No es mucho. Luis, "el púas", entonces.

Camisetas distintas pero números
repetidos en Contabilidad. 
El reloj entró en zona roja, tiempo cumplido. A los 4' de adicional del segundo tiempo llega el gol que le daría la victoria a Contabilidad. Una jugada de combinaciones que termina con un centro del 25 para que defina el 25. Sí, otra vez hay camisetas repetidas, pero nadie lo había advertido. Alejandro Zuriel es el 25 que lanzó la asistencia; Giovani Hernández, el autor del gol que iluminó el mediodía.

Los estudiantes se encuentran con un desenlace fantástico, parece guionado. ¿Habrá alguna mano celestial que pergeñó esta victoria sobre la hora?

El Púas, portero de Contabilidad
y figura de la cancha.
Queda una jugada más, la última: Hugo Mara lo "raspa" al Rumano y este reacciona con un empujón. La caballerosidad de todo el encuentro se termina con la reacción del James Dean mexicano. Se genera un tumulto que el oficio del árbitro disuelve rápidamente. Sigue el juego, segundos finales, un tiro que se va largo y el silbato que marca el final. Se terminó. Abrazos de un lado, decepción del otro, pero sin dramas.

Los victoriosos posan para una foto grupal. El Tuca los alienta a sonreír: "Vamos, muchachos, no siempre viene tanta gente a vernos". La alegría de los futuros contadores se contagia.

Al lado es distinto. Con esta caída Naranjeros sigue en el fondo de la tabla de posiciones con apenas 1 punto, producto de un empate y siete derrotas. El DT Jesús Landaverde reflexiona: "nadie quiere equivocarse" pero "cuando tienes una mala racha es porque el equipo no entiende en qué se está equivocando".

Habrá tiempo para mejorar. O no. Así es el ritmo de la Liga Burócrata Bancaria, una de tantas miles que alrededor del planeta renuevan cada semana el espíritu amateur del fútbol, ese que lo hace el mejor juego del mundo. Una liga en la cual no es necesario ser un "exitoso" en la vida para conocer el sabor del triunfo y donde se puede perder sin sepultarse bajo el pesado cartel del "fracaso".

Ya lo escribió el argentino Alejandro Dolina en su glorioso texto Instrucciones para elegir en un picado: "Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con extraños o indeseables".

Hasta el próximo sábado.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Las canciones de los Mundiales

Con el sello oficial de la FIFA o adoptadas por los hinchas a fuerza de repeticiones, hay melodías que quedan ligadas de manera inseparable a una Copa del Mundo.
Sumerjámonos desde estas canciones en un viaje a la nostalgia mundialista:

RUSIA 2018
La cantante Polina Gagarina, junto a Egor Creed, le pone la voz a Команда 2018 (Equipo 2018), el tema oficial, cantado en ruso.



BRASIL 2014
El estadounidense Armando Pérez es conocidos como Pitbull y suele cantar en inglés y en castellano, quizá por eso el tema We Are One (Ole Ola) no pegó lo suficiente. Estuvo acompañado por Jennifer López y Claudia Leitte. Que un país con tremenda ligazón musical no haya tenido un tema autóctono es un pecado.



SUDÁFRICA 2010
Aunque fue acusada de plagio, la colombiana Shakira será por siempre inseparable del tema Waka Waka (esto es África) que le puso melodía a la primera Copa del Mundo en suelo africano.


Por aquellos días también sonaba Wavin' Flag, tema publicitario de Coca-Cola que cantante somalí K'naan entonaba junto al español David Bisbal.



ALEMANIA 2006
La versión oficial The time of our lives, interpretada por el cuarteto tetranacional Il Divo es una pieza exquisita, pero no quedó ligada a la Copa del Mundo


Tampoco Herbert Grönemeyer, quien entonó Zeit, Dass Sich Was Dreht (Celebrate the Day, en inglés), que ciertamente no será de las más recordadas.



JAPÓN/COREA 2002
Japoneses y coreanos le confiaron a Vangelis la realización del himno para 2002 y el genio griego (su nombre real es Evangelos Papathanassiou) se despachó con esta tremenda versión orquestal. Como la mayoría de sus creaciones, de primerísimo nivel.


Como complemento, la estadounidense Anastacia puso su voz para el tema Boom. Flojo.



Para los argentinos, además, se suma el recuerdo de la versión de Shimauta que entonaba el polifacético Alfredo Casero. La canción japonesa quedó tan emparentada a esa Copa del Mundo que muchos creen que era el tema del mundial.



FRANCIA 1998
Carnival de Paris se llamó el tema oficial ejecutado por el trío inglés Dario G. Es totalmente instrumental.


Nuevamente otro tema quedó más relacionado con el torneo que el oficial: el puertorriqueño Ricky Martin la pegó con su La copa de la vida, que fue un éxito arrollador y aún sigue sonando.



ESTADOS UNIDOS 1994
Gloryland fue el lanzamiento oficial de la FIFA para las canciones de la Copa del Mundo. También ha sido publicado bajo el título Soccer Rocks the Globe: World Cup USA 94. El álbum completo incluye temas de Queen, Tears for Fears, Bon Jovi, Tina Turner y Santana, entre otros. El corte más difundido, también llamado Gloryland está basado en un tema tradicional que combinó rock, soul, rhythm y blues; fue interpretado por Daryl Hall y Sound of Blackness.



ITALIA 1990
Por lejos, el tema Un'estate italiana (Un verano italiano) entonado por Gianna Nannini y Edoardo Bennato es el mejor de todos, casi insuperable.



MÉXICO 1986
Con el nombre de México 86: el mundo unido por un balón, el chileno naturalizado mexicano Juan Carlos Abara bautizó al tema oficial de la Copa del Mundo. Lo cantó la selección nacional.


Pero ese mundial tuvo en Héroes su película oficial, y el tema A special kind of Hero en la voz de la inglesa Stephanie Lawrence es tan emocionante como recordado.


Además, para los argentinos sonará siempre la maravillosa voz de Valeria Lynch interpretando Me das cada días más... Piel de gallina:



ESPAÑA 1982
Con inconfundible tono hispano, el tenor Plácido Domingo cantó Sevillanas del Mundial de España, de José da Rosa Villegas.



ARGENTINA 1978
El maestro italiano Ennio Morricone, creador de innumerables bandas sonoras de películas, compuso El Mundial, una marcha que quedará por siempre en los corazones junto a aquel formidable equipo de César Luis Menotti y los goles de Mario Kempes.


Además, la dictadura que había usurpado el poder en la Argentina impuso una marcha con sonido castrense entonada por niños, conocida como 25 millones de argentinos.



ALEMANIA FEDERAL 1974
La mismísima selección alemana grabó Fußball ist unser Leben (el fútbol es nuestra vida), que terminó siendo el himno del mundial. Una joyita alegre y festiva.



MÉXICO 1970
La canción del brasileño Roberto do Nascimento se llamó Fútbol México 70 y entre coros y mariachis se dejó un párrafo para la clásica porra "chiquiti bum a la bim bom ba".



INGLATERRA 1966
El escocés Lonnie Donegan puso su voz para el tema oficial World Cup Willie, que homenajeaba al leoncito Willie, la primera mascota mundialista. El estilo skiffle le puso alegría a la flema británica.



CHILE 1962
La primera canción oficial mundialista surgió al oeste de la Cordillera de los Andes: El rock del Mundial, compuesto por Jorge Rojas Astorga, director del grupo The Ramblers. Una pieza histórica.


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miércoles, 11 de septiembre de 2019

1973 - El gol más triste de Chile

Hace 45 años, la selección trasandina tuvo que enfrentar a la Unión Soviética en un reprechaje para Alemania '74. El golpe de Pinochet, las denuncias del Kremlin y un partido que nunca se jugó.

Artículo publicado originalmente en la revista Fox Sports, en octubre de 2008.
Por PABLO ARO GERALDES

El camino al primer Mundial de Alemania, el de 1974, estuvo lleno de imprevistos para la selección chilena: el grupo eliminatorio que integraba con Perú y Venezuela quedó reducido a un simple partido y revancha tras la deserción de los venezolanos. Un 2-0 abajo en Lima y el resultado inverso en Santiago obligaron a un tercer partido de desempate, en Montevideo. En el estadio Centenario el triunfo fue 2-1 para Chile, pero los pasajes para la Copa del Mundo no estaban listos aún, faltaba una escala poco conocida. El fixture preveía una instancia más para el ganador del grupo 3 sudamericano: debía enfrentar en un último repechaje al vencedor de la zona 9 europea.
Con los papeles en la mano, la amenaza tenía los colores de Francia, pero un empate inesperado de los galos ante la República de Irlanda en París dejó al equipo dirigido por Georges Boulogne en la obligación de vencer a la Unión Soviética en Moscú, pero el conjunto de la sigla CCCP en el pecho pegó fuerte y con el 2-0 hizo sonar el despertador en medio del sueño mundialista trasandino. La cita de los chilenos se programaba entonces para el 26 de septiembre de 1973, pero no en París, como imaginaban, sino en el Estadio Lenin de Moscú. Un país amigo. Con la mente puesta en el repechaje con los soviéticos, planearon una gira de preparación por Guatemala, El Salvador y México, que luego de varias escalas los llevaría a tierras rusas. La mano venía bien. Antes de partir golearon 5-0 a un combinado de Porto Alegre. La despedida se fijó para el 11 de septiembre a las 10 de la mañana, pero…

Chile vivía uno de los momentos más oscuros de su historia. El 11 de septiembre de aquel año la furia asesina de un general llamado Augusto Pinochet pisoteaba el mandato democrático del presidente Salvador Allende e imponía una de las dictaduras más crueles y sangrientas de la historia. Esa mañana, mientras el Palacio de la Moneda (sede del gobierno de Chile) ardía bajo los bombardeos y Allende moría intentando defender la voluntad popular, la selección chilena debía presentarse en el campo de entrenamiento de Juan Pinto Durán para ultimar detalles con vistas a la visita a Moscú. Esa práctica jamás llegó a realizarse. El lateral izquierdo Eduardo Herrera jugaba en Wanderers de Valparaíso y durante sus días en Santiago se hospedaba en el Hotel Carrera, a 100 metros del escenario del golpe de Estado. Él tiene fresca la memoria de esa mañana con olor a pólvora: “Al llegar al campo de entrenamiento el técnico Luis Álamos nos ordenó que volviéramos a casa. Pero yo tenía que llegar hasta el hotel y en el trayecto me detuvieron los militares una decena de veces: Me salvé de ser detenido porque tenía el bolso con la inscripción ‘Selección Chilena de Fútbol’”.

El fútbol del mundo siguió rodando normalmente en medio de dictadores y tiranos, de reyes despóticos y megalómanos con aires mesiánicos, incluso llegó a presenciar un Mundial en plena dictadura argentina, pero en aquel 1973 la Guerra Fría disparó un misil que dio de lleno en la pelota.
Durante el gobierno socialista de Allende, Chile mantuvo estrechas relaciones con el Kremlin y todo el bloque soviético. Con la irrupción de Pinochet y su dictadura apoyada desde los Estados Unidos el escenario se dio vuelta: once días después del golpe, la Unión Soviética rompió relaciones diplomáticas con Chile, le ordenó a su personal diplomático que regresara al país y decretó el cierre de la embajada chilena en Moscú.

Víctor Jara y Pablo Neruda
Al márgen de la cordillera todo era dolor y desconcierto. Tres días después del golpe era asesinado el cantautor Víctor Jara, una de las voces representativas de los trabajadores chilenos. Más lágrimas siguieron cayendo cuando el 23 de septiembre el poeta Pablo Neruda se murió rodeado de otras muertes y desapariciones, víctima de un cáncer que no le dio tregua. Y lo enterraron en soledad, sin sus amigos ni sus camaradas del Partido Comunista, todos perseguidos, en una tumba del cementerio General de Santiago, lejos de su amada playa de Isla Negra y su Premio Nobel de literatura.
El fútbol era lo de menos por entonces, pero la Selección Chilena conducida por Álamos debía volar hacia Moscú para cumplir su compromiso eliminatorio en medio de un clima sumamente hostil. Jugadores como Carlos Caszely y Leonardo Véliz, puntales del equipo y muy identificados con el gobierno socialista, temían por la suerte de sus familiares mientras ellos estuvieran de viaje.
El encuentro corría riesgo de no jugarse porque la dictadura decretó que no se podía abandonar el país. La Federación de Fútbol de Chile debía acatar la medida, pero el médico de la Selección, Dr. Jacobo Helo, resultó ser una influencia decisiva para que los chilenos pudiesen jugar en terreno moscovita: era medico personal del general Gustavo Leigh, Jefe de la Fuerza Aérea, y convenció al alto mando militar de que la participación del equipo favorecería la imagen internacional del gobierno militar. Finalmente, la Junta permitió el viaje, vía Buenos Aires. El largo sufrimiento comenzaba para muchos de los jugadores, amenazados. Les advirtieron sin eufemismos: “Si hablan, sus familias sufrirán las consecuencias”. El vuelo hizo escalas en Sao Paulo, Río de Janeiro y Panamá hasta que finalmente llegó a México. Una victoria 2-1 ante los aztecas sirvió como un relax para afrontar el siguiente tramo hacia Suiza (triunfo sobre el Xamax Neuchatel) y finalmente poner rumbo a Moscú.

El clima era terriblemente hostil. Antes de subir al último avión, los jugadores chilenos sintieron el miedo en carne propia cuando les advirtieron que si ingresaban a la URSS serían tomados como rehenes para cambiarlos por presos políticos de Chile.
Ya en Rusia, todo se agravó en la víspera del match, cuando el gobierno de los Estados Unidos reconoció oficialmente a la Junta Militar chilena. Para los rusos, el enemigo estaba de visita y buscaron hacerlo notar. Apenas llegados al aeropuerto Sheremetyevo, Caszely y Figueroa fueron retenidos algunas horas “por diferencias en las fotos de sus pasaportes”. Eran sólo jugadores de fútbol, pero para los soviéticos eran los representantes del país que derrocó al gobierno socialista.

Y así fue que el 26 de septiembre, a sólo dos semanas del golpe en Chile, el Estadio Lenin presenció un pálido cero a cero en medio de un frío inusual para el otoño que recién comenzaba: 5 grados bajo cero. Las actuaciónes notables de los centrales Elías Figueroa y Alberto Quintano hicieron posible el empate sin goles, pero hubo algo más que la gran tarea defensiva: Hugo Gasc, el único periodista chileno que estuvo en Rusia, contó alguna vez: "Por suerte el árbitro era un anticomunista rabioso. Junto a Francisco Fluxá, el presidente de la delegación, lo habíamos convencido de que no nos podía dejar perder en Moscú, y la verdad es que su arbitraje nos ayudó bastante". Igualmente, las actuaciones defensivas hicieron posible la igualdad y le pintaron a los chilenos un alentador panorama para la revancha en Santiago, pactada para el 21 de noviembre, en el Estadio Nacional de Santiago. Pero...


Otra vez “pero”. En el barrio de Ñuñoa, el Estadio Nacional se había convertido en algo más que el escenario de encuentros deportivos. Aunque la mayoría de los chilenos lo ignoraba (por censura de algunos medios y complicidad de otros) en las tribunas blancas, los militares habían montado un insospechado campo de concentración. El testimonio de Felipe Agüero, quien fuera prisionero allí, hiela la sangre: "Las salas de tortura bajo la marquesina, las lúgubres formaciones de prisioneros regresando del velódromo, los túneles malolientes camino a las sesiones de electricidad, los ancianos tropezando a golpes de culata por las graderías, todo aquí aludía al Infierno del Dante. El descenso a cavidades cada vez más profundas de horror y maldad, que nunca tocaba fondo. Aquí Chile conectó por primera vez con su propio infierno".

Gregorio Mena Barrales era Gobernador de la localidad de Puente Alto –vecina a Santiago– por el partido socialista cuando fue detenido y trasladado al Estadio. Años después él relató: “Todos los días dejaban libres a veinte, cincuenta personas... Los llamaban por los altavoces. Los encuestaban. Les obligaban a firmar un documento declarando ‘no haber recibido malos tratos en el Estadio’ (aunque algunos aún lucieran muestras de las torturas y los golpes). Todos firmaban, era el precio que había que pagar. Muchos volvieron a caer (nadie es libre en una dictadura y menos en una como la chilena). La mayoría de ellos se incorporaba a la lucha clandestina. Todos esperábamos oír nuestro nombre alguna vez en las ‘Listas de Libertad’, era lógico y legítimo. No éramos culpables de otra cosa que la de ser defensores de legitimidad constitucional. Sin embargo cerca de mil quinientos nunca fuimos llamados.
Con el correr de los días las graderías se fueron despoblando: muchos libres, otros asesinados en las noches y un par de suicidas...".


Y el partido no empezaba...
En medio del tormento, los militares cuidaban con tanta dedicación a sus prisioneros como al campo de juego. “El match de fútbol con la Unión Soviética debía realizarse allí, por ello cuidaban el césped con más cariño que el que le daban a una ametralladora”, destacó Mena Barrales, mientras recordaba que esa comisión de la FIFA y de la Federación de Fútbol de Chile “visitó el campo, se paseó por la cancha, miró con ojos lejanos a los presos y se fue dejando un dictamen: ‘En el estadio se podía jugar’”.

Conscientes del uso que le daban los militares al Estadio Nacional, en un momento las autoridades del fútbol chileno le propusieron al gobierno de Pinochet jugar la revancha en el Sausalito, de Viña del Mar, pero la Junta insistió con que debía jugarse en el Nacional, para mostrarle al mundo una cara pacífica de Chile. Francisco Fluxá era presidente de la Asociación Central de Fútbol (ACF) desde febrero de 1973 y le contó en los años noventa al diario La Tercera que “entonces, los militares nos dijeron que no teníamos que decir que el Estadio Nacional era un ‘centro de tránsito, donde se identificaba a la gente que no tenía documentos’. Y para evitar problemas, propusimos el Sausalito como alternativa. Me comuniqué con el general Leigh y me explicó que ‘por órdenes de arriba no se puede en Sausalito: se juega en el Nacional o no se juega’”.
Sí, esta comitiva (integrada por el vicepresidente Abilio D’Almeida, brasileño, y el secretario general Helmuth Kaeser, suizo) visitó Chile el 24 de octubre y se quedó 48 horas en Santiago. Los militares limpiaron con esmero todo rastro de sangre, todo vestigio de tortura, aunque es muy probable que, amparados por su impunidad, hayan dejado algunos detenidos a la vista, sabiendo que la FIFA no sospecharía de esas personas.

Los inspectores visitaron el estadio en el que permanecían aún unos 7 mil detenidos. Finalmente, estos emisarios ofrecieron una conferencia de prensa con el ministro de defensa, almirante Patricio Carvajal, a quien le obsequiaron un traba-corbata y un prendedor de oro con el logo de FIFA: “El informe que elevaremos a nuestras autoridades será el reflejo de lo que vimos: tranquilidad total”. El emisario brasileño se permitió aconsejar a los usurpadores del poder: “No se inquieten por la campaña periodística internacional contra Chile. A Brasil le sucedió lo mismo, pronto va a pasar”.
La FIFA había dado el OK. Pero claro, les habían ocultado el horror. “Después supimos que mientras estaba la gente de la FIFA en el estadio, varias decenas de detenidos fueron encerrados en pequeños camarines, con el fin de ocultarlos. Pero lo importante para nosotros era que el Nacional pasara la revisión”, decía casi treinta años después el ex dirigente Fluxá, quien como única autocrítica aceptó que en el afán de ir al mundial se cometieron actos “éticamente cuestionables”“Ahora pienso que no fue ético negar que en el Estadio Nacional había detenidos, pero en ese momento lo único que pensábamos era en llegar al Mundial de Alemania”, concluyó.
Sí, a pesar de todo el dolor, y de los reclamos soviéticos ante la FIFA (inclusive Bulgaria, Polonia y la Alemania Oriental amenazaron con boicotear el Mundial, cosa que finalmente no hicieron), Ñuñoa esperaba el repechaje para la Copa del Mundo Alemania 74. Pero...

Los soviéticos se negaron a viajar a Santiago, en un manifiesto repudio al régimen de Pinochet. Uno de los integrantes de aquel equipo soviético era el ucraniano Oleg Blokhin, quien no tiene buenos recuerdos de aquella eliminatoria: “Estuve presente en el 0-0 jugado en Moscú. Pero hablamos con el plantel y decidimos no jugar la revancha. No quisimos hacerlo porque estaba Pinochet en el gobierno. Para nosotros era peligroso viajar a Chile y le llevamos nuestra preocupación a la federación de fútbol. Al final se decidió abandonar la eliminatoria”. El Kremlin apoyó la decisión. Blokhin fue hasta 2006 diputado por el partido socialdemócrata de Ucrania a la vez que dirigió a la Selección nacional en Alemania 2006. Hoy es el técnico del Dínamo de Kiev.

La Federación de Fútbol de la Unión Soviética divulgó un comunicado para explicarle al mundo que no disputarían un match allí donde miles de supuestos opositores al régimen de Pinochet habían sido torturados y asesinados: “por consideraciones morales los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos (...) La Unión Soviética hace una resuelta protesta y declara que en las actuales condiciones, cuando la FIFA, obrando contra los dictados del sentido común, permite que los reaccionarios chilenos le lleven de la mano, tiene que negarse a participar en el partido de eliminación en suelo chileno y responsabiliza por el hecho a la administración de la FIFA”, explicaba la nota difundida a través de la agencia UPI.

Ante esta negativa, un integrante del Comité Ejecutivo de la FIFA se animó a vociferar: “Si Granatkin (presidente de la federación soviética) dice que el Estadio Nacional está ocupado con detenidos, yo saco una carta en la cual el Gobierno de Chile asegura que varios días antes del 21 de noviembre ese escenario estará a disposición del fútbol”. No les importaba nada, ni la sangre, ni la tortura, ni la muerte. La farsa debía continuar.

La noticia de la suspensión del partido llegó a la selección chilena en la medianoche previa al encuentro. El delantero Carlos Caszely hoy lo recuerda: “Esperábamos en la concentración de Juan Pinto Durán cuando nos comunicaron que los soviéticos no vendrían. Todo aquello, para quienes estábamos comprometidos con la libertad era de una tristeza terrible. Los familiares de los desaparecidos se me acercaban y me pedían: ‘Chino, tu que estarás en el estadio, por favor, averíguate si está mi hijo, o mi compañero de la universidad”.

El delantero Leonardo Véliz tiene memorias horribles de aquella tarde del 21 de noviembre. “Fue escalofriante. Creo que aún había rastros de lo que había acontecido en los vestuarios y fue algo muy difícil de asumir”, recordó 30 años más tarde.

Desde fines de octubre ya no quedaban detenidos bajo los graderíos del estadio. A la hora señalada, Chile y el árbitro local Rafael Hormazábal salieron al campo de juego. Era puro formalismo, para obtener el paso al mundial por descalificación de los soviéticos. La parodia se completó con una banda de Carabineros tocando el himno chileno mientras se izaba la bandera nacional.

Los jugadores de rojo –qué paradoja– sacaron del medio y trotaron torpemente pasándose la pelota ante un arco vacío. Hasta que Francisco Valdés, el Chamaco, llegó a la línea y esperó a que los fotógrafos enfocasen bien para empujarla de derecha. Tremenda payasada tenía un objetivo: Chile estaría en el Mundial Alemania ’74. Para otros, se trataba de una victoria del régimen pinochetista sobre el comunismo soviético.

Después, para entretener a las 18.000 personas que habían comprado su ticket, se improvisó un amistoso ante Santos de Brasil, que estaba en Chile. En vez de festejar la clasificación a la Copa del Mundo, se volvieron a casa con la amargura de un 0-5 humillante.
Igual, Chile tuvo que esperar hasta el 5 de enero de 1974. Ese día la FIFA aprobó su participación en la Copa.

Entre el público que había ido a ver Chile-Unión Soviética estaba Mena Barrales, que volvía al estadio, ahora sin cadenas ni mordazas. “Fuimos los espectadores más ‘fanáticos’. Esperamos sentados, a la fuerza, un partido que nunca se efectuó".


La Selección Chilena participó en el Mundial de Alemania y se despidió sin ganar ningún partido. Tampoco consiguió victorias en sus dos participaciones siguientes, España ’82 y Francia ’98.
En enero de 1998, en su hogar adoptivo de Austria, Mena Barrales esperaba la Copa del Mundo de Francia. Imaginaba viajar a Saint-Etienne para ver Chile-Austria, sus tierras queridas. Pero la muerte, la misma que esquivó bajo las gradas del Estadio Nacional, esta vez se acordó de él. Ya no existían la Unión Soviética ni la Guerra Fría.
La dictadura de Augusto Pinochet se prolongó hasta el 11 de marzo de 1990.