martes, 24 de septiembre de 2013

El Gigante González

Hace tres años, jaqueado por la diabetes moría Jorge "El Gigante" González, en un sanatorio de Chaco.  Tenía 44 años. Con sus 2,32 metros era el hombre más grande de la Argentina y uno de los más altos del mundo. Por esta vez, dejo de lado el fútbol internacional y comparto esta nota que le hice hace más de 7 años, en su casa de El Colorado, Formosa. Valga como un recuerdo a un gigante olvidado.
Por su increíble tamaño, Jorge González fue basquetbolista, figura de la lucha y hasta de la televisión, en la serie Baywatch. Estuvo a un paso de la NBA y brilló junto a Pamela Anderson. A los 40 años, sufre preso de un cuerpo que no para de crecer, se siente abandonado y pide ayuda.

Entrevista publicada en la revista Fox Sports, en junio de 2006.
Por
PABLO ARO GERALDES

"A mi amigo Jorge, con cariño. Carlos Menem". En las manos de Jorge González, la pelota firmada por el ex presidente parece minúscula, como el recuerdo de esa noche del festival Básquet Solidario a estadio lleno, allá por 1990. “Amigo… ¿qué amigo? Si nos vimos una sola vez”, se incomoda el Gigante en su modesta casa del caluroso pueblo de El Colorado, Formosa.
El tono es triste pero resignado: “Es así, cuando sos exitoso y tenés plata, estás lleno de amigos, hasta te ven lindo. Pero cuando eso se termina te quedás solo, nadie se acuerda de vos”.
Se hace un silencio duro. A los 40 años, González sufre las secuelas de la diabetes y gigantoacromegalia, una alteración que produce hormonas de crecimiento en exceso.
Vive cada día pendiente de la insulina que él mismo se inyecta y de una ayuda económica que no llega.
Hace unas semanas, una amiga envió una carta de lectores a un diario reclamando asistencia. Desde entonces, González revisa cada día su casilla de e-mail con la ilusión de que alguien se haya acordado de él y pueda extenderle una mano. Pero no, todavía.
–Lo único que recibo es mensajes de grupos evangélicos, palabras de aliento… Los agradezco porque sé que son bien intencionados, pero necesito otro tipo de ayuda.
–¿Un empleo?
–Tampoco. Algunos me ofrecen un trabajo, pero no entienden que estoy discapacitado. ya no puedo caminar, sólo puedo hacer algo frente a la computadora.
–¿Qué necesitás para seguir adelante con tu tratamiento?
–Cada viaje a Buenos Aires cuesta plata y sólo allá pueden atenderme. Acá, en el pueblo, sólo puedo moverme con mi camioneta, pero muchas veces no puedo pagar la nafta. Es como mi silla de ruedas. Pero atención, agradezco todo lo que puedan darme, pero yo no pido nada, me da vergüenza. Este país tiene millones de pobres que están en peor situación que la mía.
–¿Cómo llegaste a este punto?
–Si no podés trabajar, la plata se va. Y tuve a muchos oportunistas que se decían “amigos”. No quiero ni recordarlos. Además, yo tendría que haber nacido 15 años después. Cuando yo jugaba al básquet no se movía tanto dinero como hoy. No éramos profesionales, solamente nos pagaban los hoteles y los viáticos. Y en la NBA ni llegué a jugar.

Los tiempos felices,
junto al expresidente
Carlos Menem.
A los 16 años ya medía 2,18m y los reclutadores del básquet no podían dejar pasar ese dato: le enseñaron el juego y pronto lo llevaron a La Plata, donde se convirtió en el pivot de Gimnasia y Esgrima.
“Esos fueron los mejores años de mi vida”, recuerda. Tampoco podían dejarlo de lado del equipo nacional. Su altura era una virtud. Hasta que en 1988 fue elegido por Atlanta Hawks en el puesto 54 de la segunda ronda del draft de la NBA. Allí se le abría un mundo de oportunidades, pero el sueño duró muy poco. Entrenadores, preparadores físicos y nutricionistas intentaron convertirlo en un pivot útil para el básquet profesional, pero no lo lograron, era demasiado lento. Ni debutó.
–Cuando llegué, detectaron mis problemas en las rodillas y no pude ni entrar en un partido. Ted Turner, el millonario dueño de los Hawks, también manejaba la NWA, la compañía de lucha, y quería hacer rentable la inversión que había hecho. Me ofrecieron eso y acepté.
–¿Estabas preparado para convertirte en luchador?
–Me tuvieron seis meses entrenando antes de debutar, fue duro.
–¿Sentiste miedo alguna vez?
–Claro, los gigantes también tenemos miedo. Es más, nunca supe quién era el luchador contra el que debuté. Aquella primera pelea fue en Washington DC y para mí es un recuerdo horrible. Pero así se manejaba ese negocio, había varios luchadores enmascarados y no podíamos conocer su identidad.
–¿Esas eran luchas verdaderas o había un componente de circo?
–No estoy autorizado a hablar de eso…
–Es toda una respuesta… ¿Cuál era tu toma ganadora?
–La garra del gigante: les ponía la mano en la frente y les apretaba las sienes. Era irresistible, todos terminaban arrodillándose y perdían. Así gané la mayoría de las peleas.
–Lograste fama junto a Hulk Hogan, conocido por crear curiosos personajes, ¿cómo era el tuyo?
–Se llamaba “The Giant” y debía actuar como un gigante. En esa época llegué a pesar 200 kilos, tenía mucha fuerza.
–¿Cuál fue la pelea más dura que tuviste que protagonizar?
–Fue en Japón, contra un luchador local que tenía un odio personal hacia mí. Parece que los japoneses no le tienen miedo al dolor, son realmente muy duros.
–Pero supongo que sería muy difícil luchar contra vos…
–Sí, ganaba casi siempre. A veces organizaban peleas en las que debía enfrentar a tres luchadores a la vez. Los promotores querían subir el desafío cada día. Hasta llegaron a montar peleas en jaulas rodeadas de alambres de púas, pero me negué a participar. Era una locura total.
–¿Y cómo decidiste el final?
–Fue en Japón; terminé una pelea y me desmayé. Fue una lipotimia, nada grave. Pero me hicieron análisis y detectaron anormalidades. Ahí comenzó todo el drama. Volví a la Argentina y estuve dos años sumido en una gran depresión.
–Imagino que habrás tenido varias propuestas durante los años que siguieron a tu etapa deportiva…
–Sí, pero eran vergonzosas. Como yo había actuado en ‘Baywatch’, me ofrecieron estar al borde de una pileta, en Entre Ríos, pero no como guardavidas, simplemente como una atracción. Era una falta de respeto. Propuestas de ese tipo tuve varias, pero nada serio.
–¿Qué problemas te provoca tu tamaño?
–Inconvenientes de todo tipo. Hoteles y aviones son lo peor. En este pueblo solamente hay un remís capaz de trasladarme hasta el aeropuerto. Y ni hablar de la ropa y el calzado. Mis zapatos son talle 56 y solamente hay una casa que los vende en el país. La ropa de acá no me sirve, me la tienen que traer de los Estados Unidos. Tampoco consigo gorras ni lentes, en Argentina no hay ninguno con el ancho de mi cara.

En la provincia de Formosa, el termómetro sobrepasa fácilmente los 40ºC. Luego del mediodía la actividad se frena, la siesta es obligada en El Colorado, el pequeño pueblo de 20 mil habitantes. Tras el descanso, González vuelve a chequear su correo, acompañado de un bidón de agua helada, que consume de a varios litros.
–¿Cómo son tus días?
–Vivo solo, pero al lado está la casa de mi familia. Mi padre está postrado por una enfermedad, así que mis hermanos lo cuidan y también me dan una mano. Carlitos, que tiene 8 años, es mi hermano menor y está casi todo el día conmigo: come acá, hace las tareas de la escuela, mira la televisión... Me entretengo. Hasta que cambié de médico, en agosto de 2005, no tenía ni ganas de vivir, estaba todo el día en la cama. Mi enfermedad me produce mucho decaimiento, pero ahora me siento mejor. Miro televisión, películas y deporte. No me pierdo un partido de la NBA y también sigo las carreras de autos, béisbol, boxeo, fútbol y el tenis, sobre todo el femenino: hay una chicas hermosas.
–A propósito, ¿por qué estás solo?
–Llegué a tener a todas las mujeres que quería. Cuando sos famoso y tenés dólares, es así. Tuve una novia en Estados Unidos, pero el amor verdadero lo sentí acá en mi pueblo. Es una historia que se terminó hace unos años pero todavía me duele. Prefiero no hablar de eso.
–¿Tenés proyectos?
–Me gustaría mucho aprender bien el idioma guaraní. Mis abuelos eran paraguayos y por eso entiendo cuando me hablan, pero quiero dominar bien ese lenguaje.
–¿Cómo ves el futuro?
–Yo vivo el hoy, sin pasado ni futuro. ¿Para qué sirve recordar lo que ocurrió? Ya está, pasó, no se puede cambiar. ¿Y el futuro? El promedio de vida de quienes sufren mi enfermedad es de 45 años. El que más vivió llegó a los 50, ¿qué puedo esperar entonces del futuro? Nada. Por eso vivo el presente.

Sobre la pared de la sala, entre muchos retratos, escenas de básquet y catch, cuelga una imagen de Jesús. “Un amigo lo puso y quedó ahí, pero yo no creo. No espero un milagro, sólo quiero recuperar mi salud y no tener que mendigar”. Es realista pero trata de no caer en la desesperanza: “Me siento bien, quiero vivir: todos los días me levanto pensando en que el día de hoy será mejor que el de ayer”.

7 comentarios:

Jorge Acosta dijo...

Una pena, un gigante de corazón, yo lo conocí en un partido de basquet en caballito de aquella época.Un buenazo.

Ezequiel Costa dijo...

Hola Pablo, gran nota. Te leo siempre pero nunca escribo, pero lo del Gigante es algo que siempre me ha conmovido. Saludos,

Melisa Vallejos dijo...

Apezar de mi corta edad!!! en mi pueblo San MArtín 2 Formosa y mas mi familia!! lo recuerda... y yo con un dolor en el alma, que ya no esta con nosotros lo recordare siempre... y va estar vivo en mi corazón!! desde aca GIGANTE GONZALEZ nunca te olvidaremos!!!

Anónimo dijo...

un orgullo de nuestra localidad formoseña... un homenaje a la humildad y a una vida digna de respeto. un ejemplo de vida opuesto a la opulencia y un mensaje que nos llena de nostalgia. Te llevaremos en el corazon todos los coloradenses...

Akuw dijo...

Que triste,los de la lucha lo usaron, negocios de vampiros, su pais lo uso, pero cuando estaba caido nadie lo ayudo. Solo me queda llorar !!!

Anibal Mitologia dijo...

Muy buena nota.

Jorge Acosta dijo...

Me emociono de nuevo, un gran tipo. Gracias por recordarlo Pablo.abrazo