miércoles, 24 de febrero de 2016

20 de febrero de 1977

Hay flashes, instantes efímeros que pueden volverse eternos. La tarde del domingo 20 de febrero de 1977 era más calurosa que todas las calurosas de ese verano porteño. No importaba la humedad pesadísima y las nubes que proyectaban su oscuridad como una amenaza para esa jornada de sol intenso.
No importaba, porque por primera vez iba a ir a una cancha de fútbol.

Estaba por empezar el Campeonato Metropolitano 77 y mucha gente aún estaba lejos de Buenos Aires, todavía de vacaciones. Pintaba ser una tarde tranquila, invitado por Saúl Waisberg, amigo de mi padre. Claro, no íbamos a ver a Boca Juniors, que visitaba a Vélez Sarsfield en Liniers. No, la cita era cerca de casa, en Villa Crespo: Atlanta - Rosario Central. Un programa mucho más adecuado para concretar la ceremonia iniciática.

A mis 7 años recién cumplidos ya me conocía todas las camisetas, así que la incógnita no estaba para mí en las formaciones sino en la indumentaria: ¿cuál de los dos equipos cambiaría su tradicional atuendo a rayas amarillas y azules?

A la televisión argentina le faltaban tres años aún para comenzar las transmisiones locales en color. Todo era blanco, negro y una acotada escala de grises. Por eso fue inmenso el primer impacto visual: el césped era verde. Verde como el de las plazas, como en el campo, pero fue toda una novedad. Era un verde intenso, imposible de imaginar en un Talent al que había que tocarle todo el tiempo el horizontal para que la imagen se estabilizara.
Y apareció Central, de azul y amarillo. Y Atlanta, de blanco, con el debut del delantero Alberto Oscar Curini, procedente de Sarmiento de Junín. Claro que no reparé en eso aquella tarde, sino en las nubes negras que cambiaban la escenografía de fondo, esa que empezaba en las vías del ferrocarril San Martín, detrás de la tribuna de enfrente.

Creo que grité el gol de Curini, como tantos vecinos de platea, que también eran vecinos, caras conocidas, de Villa Crespo. Las primeras gotas hicieron más emocionante aquel bautismo: estaba en una cancha, viendo fútbol de verdad bajo la lluvia.

Llevar a la cancha a un niño ajeno era un gran compromiso para Saúl, por eso me llevó al pasillo que desemboca en las plateas, para que el aguacero no me afectara: sabía que tenía que devolverme a casa sano y salvo.

Todo era emocionante y confuso. Entre paraguas, adivinaba lo que pasaba en el campo de juego, o al menos en los metros más cercanos al lateral, porque la tormenta ya impedía ver los córners opuestos. El cielo negro, los relámpagos y los truenos montaban un espectáculo perfecto, pero la pelota ya no picaba. Ante el diluvio indomable, el árbitro detuvo el partido a los 36 minutos.

Mi ingenuidad de "esperar hasta que pare" pronto se chocó con la realidad: el encuentro estaba suspendido, igual que Vélez-Boca, Argentinos-Quilmes, Banfield-Huracán y Lanús-All Boys, cosa que supe varias horas después, cuando pudimos volver a casa. Hubo que aguardar a que bajara la inundación que convirtió a la Avenida Juan B. Justo en una frontera infranqueable: el arroyo Maldonado había roto su encierro debajo del pavimento y se expandía, en furiosa libertad, por las calles de Villa Crespo.

El viernes siguiente se completó el partido. Ya no estuve para ver como Héctor Candau sellaba el 2-0 de mi primer partido en una cancha de fútbol. O mejor dicho, mis primeros 36 minutos de fútbol.

Después vinieron muchísimas más visitas al estadio hoy llamado León Kolbowsky. Y a La Bombonera. Y al Monumental, a Avellaneda, a Parque Patricios, a La Paternal, a Floresta, a San Martín... La geografía de mi Buenos Aires querido la fui aprendiendo gracias a las canchas.
El mapa se amplió con otras ciudades años después. Y otros países y continentes, ya de adulto y como periodista. Pero siempre vuelve, intacta, perfecta, aquella imagen en color, desde la platea de la calle Humbodt.
Atlanta 1977 (foto Sentimiento Bohemio)

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