domingo, 3 de julio de 2016

Tribunas al ritmo de la violencia

Artículo publicado en la revista chilena De Cabeza, en abril de 2016
Por PABLO ARO GERALDES

Si el fútbol de América canta al ritmo de la Argentina, habrá que agradecerle (o culpar) a la globalización. Los canales de cable primero, e Internet después, desplegaron por el continente -y más allá también- las melodías que se entonan en los estadios de Buenos Aires, Córdoba y Rosario.

La historia, eso sí, se remonta varias décadas para atrás. Hasta comienzos del siglo pasado, cuando surgió de Nacional de Montevideo el primer “hincha”, una palabra que se extendió rápidamente por todo el Río de la Plata. No sólo se trataba de ver el partido y desear la victoria de los colores amados, también se podía “jugar”, influenciar en el ánimo de los jugadores, vivándolos, alentándolos. Así aparecieron en Buenos Aires los primeros cantitos, estrofas que hoy podrían entonar los niños de jardín de infantes.

Sin registros sonoros más precisos que la tradición oral de nuestros abuelos, las primeras melodías que sonaron en aquellas tribunas de madera se remontan a la década de 1920, cuando en tono de copla murguera los simpatizantes de Boca Juniors se enorgullecían de las virtudes de su portero Américo Tesoriere:

Tenemos un arquero que es una maravilla
Ataja los penales sentado en una silla 

La inocencia era evidente, y cantar era más una entretención para los asistentes que una voz que provocara a la hinchada rival. La caballerosidad imperaba en los estadios por entonces y, aunque la entrega y la garra siempre fueron valoradas, el verdadero orgullo de los aficionados estaba en ganar con armas nobles. El lirismo que hoy se recuerda de tanto en tanto, por entonces era moneda corriente.

Los años '30 y la Guerra Civil Española trajeron al puerto de Buenos Aires a miles y miles de trabajadores de la madre patria que buscaron un nuevo porvenir, lejos de la sombra del franquismo. Identificados principalmente con San Lorenzo de Almagro y con Independiente, los gallegos, vascos, catalanes, etc., contagiaron entre los porteños el vals Niña hermosa, que pronto empezó a sonar en las tribunas con un retoque en su letra para homenajear al delantero Mario Boyé, de Boca:

Yo te daré, te daré niña hermosa
te daré una cosa
una cosa que empieza con B
¡Boyé! 

Por su parte, los aficionados de River Plate no quisieron quedarse atrás con su ídolo Ángel Labruna, y la multitud coreaba:

La gente ya no fuma
pa' ver al gran Labruna 

Con el tiempo, la abstinencia de tabaco casi se convierte en huelga de hambre; en 1950 llegó un nuevo crack desde Uruguay:

La gente ya no come 
pa' ver a Walter Gómez 

En la vereda del frente, cuando en 1947 se popularizó el vals Desde el alma, las multitudes adaptaron la poesía de su letra en una letanía monocorde que podía sonar un partido entero:

Y dale, y dale, dale Boca
y dale, y dale, dale Booo… 
Y dale Booo
y dale, dale Booo… 

Del candor de aquellos valsecitos se pasó a una picardía que empezaba a sonrojar a madres y abuelas, pero que conservaba un rasgo de inocencia; empezaban las “cargadas”, esa manera tan argentina de la burla. Cuando en 1966 River perdió la Copa Libertadores ante Peñarol, los archi-rivales boquenses le adosaron el mote de Gallinas (Gashinas, según la pronunciación exacta de los porteños). Aunque hoy los hinchas de River lo enarbolan con orgullo, por entonces era un motivo de gran vergüenza, y hacia esa humillación iban dirigidos los cantos de la tribuna:

Cuide señora su gallinero
porque esta noche vamo' a afanar
una gallina para el puchero
porque mañana tenemos que morfar
Y el domingo vamo' a ver a Boca
a ver a Boca, de corazón
porque este año desde La Boca
desde La Boca salió el nuevo campeón 

Las bromas riverplatenses encontraban revancha cuando los fuertes vientos del sudeste subían el nivel del Río de la Plata y las calles de la ribera se anegaban:

La Boca, La Boca La Boca se inundó
y a todos los bosteros la mierda los tapó 

Los años '60 renovaron el repertorio de las canchas con adaptaciones de los temas más populares de Palito Ortega, Chico Novarro, Rubén Mattos y muchos cantantes que se subían a la masividad de la televisión. Pero la creciente violencia política de esos tiempos se empezó a trasladar pronto a las tribunas. Mientras el fenómeno de las barras bravas encontraba su caldo de cultivo y aparecían los primeros muertos en el fútbol (un hincha de Quilmes abatido por otros de Atlanta en 1962, y el asesinato de un simpatizante de Racing a manos de barras de Huracán en 1967) las expresiones orales de las gradas también hacían eco de los tiempos que corrían. La entonación de la Marcha Peronista era una provocación que los militares en el poder no podían controlar: cuando el peronismo estuvo proscripto (1955-1972), las canchas de fútbol fueron un paréntesis para expresiones de libertad que fuera de las tribunas hubieran valido una condena a la cárcel, cuando no la tortura y la muerte.

Las consignas se empezaron a tornar violentas. Ya no sólo valía alentar a los propios, también se había hecho común amedrentar a los rivales, despreciarlos, insultarlos. La popular canción No vamo' a trabajar (de Rodolfo Zapata) se transformó en una amenaza para los hinchas de Racing que cruzaban el Riachuelo que separa Avellaneda de La Boca:

Miércoles sí, me voy a ver a Boca
corrimo' a la Academia y los vamos a matar
que aprendan a nadar, los vamos a matar 

La violencia y la discriminación fueron encarnándose en el discurso del núcleo más pesado de las barras, naturalizándose enfermizamente hasta rebasar su ámbito y transformarse en canciones que entonaba toda la tribuna. Así, un médico, un maestro o un empleado bancario se encontraban el domingo cambiándole la letra a la festiva melodía Vos sos un caradura, de Palito Ortega:

Ya todos saben que La Boca está de luto
son todos negros
son todos putos 

El lenguaje había perdido esa compostura de antaño. No importaba que atrás estuviera la “tribuna de damas”, ni que al lado un padre llevase sobre sus hombros a un chiquito: insultos y agravios de todo tipo nutrieron los versos populares. Cualquier jingle de televisión empezó a repetirse en las canchas con su aditivo soez. Canciones infantiles, temas de rock y hasta marchas militares tuvieron su versión tribunera, rebosante de palabrotas, garabatos, puteadas...

Así, cuando en el verano de 1982 todos coreaban hasta el hartazgo el jingle Bobby, mi buen amigo para poner fin al abandono de mascotas en las rutas, los de San Lorenzo retocaron la letra para revivirla en las canchas de la B, luego del descenso de 1981:

Cuervo, mi buen amigo
esta campaña volveremo' a estar contigo
Te alentaremos de corazón
esta es tu hinchada que te quiere ver campeón 

El hit se convirtió en un himno tribunero, con una contagiosa alegría que pronto se terminaría con la Guerra de Malvinas. Ese mismo año, con unos meses de diferencia, la dictadura difundió una canción de un niño que le escribía una carta a su hermano que iba al frente de batalla contra los ingleses, pero el respeto y la emoción que producía la canción original se diluyó cuando La Doce, como empezó a conocerse a la hinchada de Boca, la transmutó en:

Vale diez palos verdes se llama Maradona
y todas las gallinas me chupan bien las bolas 

No importaba nada. En los '80 se había desatado un duelo de “ingenio” por la “adaptación” de los temas musicales más populares. Fue el momento en que tomó su protagonismo estelar la hinchada de San Lorenzo, la número uno en los copyrights de este ranking de picardía. A los ya conocidos ingredientes de violencia y discriminación, agregó uno nuevo: la droga. Las tribunas comenzaron a vanagloriarse de fumar marihuana, y tomar vino y cocaína. El tema Me lo dijo una gitana (Katunga) revivió como:

Me lo dijo una gitana
me lo dijo con fervor
o largás la marihuana
o te vas para el cajón 

Sin embargo, cuando el riverplatense Ramón Centurión fue sancionado por doping positivo en 1986, los mismo hinchas que hacían una apología de las drogas saltaron sin problemas al bando hipócrita:

Centurión, Centurión, Centurión 
Centurión necesita la galopa 
y Alonso una pija, o un consolador 
che Gallina, la puta que te parió 

Lo llamativo es que semejante diatriba se entonaba al ritmo de Argentina es nuestro hogar, una canción interpretada con fines benéficos por decenas de artistas, inspirada en la dulce We are the world compuesta para la campaña USA for Africa. No se respetaba ningún código.

Enseguida, las hinchadas empezaron a cantarle a los muertos que sumaban los rivales, en esa lógica de barrabrava en la que los desafíos para pelear empezaban a ser la razón de estar, el ámbito de pertenencia al club, dejando a los jugadores en un humilde segundo plano. Fue el momento en que se pudrió todo y apareció en escena una nueva generación atraída por el discurso del éxito a cualquier precio de los años '90: los hinchas de la hinchada, jóvenes que ya no tenían por ídolos a los cracks de la pelota, sino a los más bravos de esa turba de delincuentes en que se habían convertido las barras.

La cumbia, tan sonora y alegre, era el nuevo ritmo con el que se retaban a duelo, repasaban a los “caídos en combate”, arremetían contra la policía y elevaban los nombres de los líderes de las barras hasta el estrellato. Había comenzado la triste “cultura del aguante”. Por ejemplo, el carnavalesco Meu amigo Charlie Brown pasó a ser:

Oh, no tenés aguante 
Oh, oh, oh, oh 
Oh, no tenés aguante 
Rojo puto, vigilante

Pero los '90 también trajeron la masividad de la TV por cable, y las canciones que hasta entonces se transmitían de boca en boca, de estadio en estadio, pronto pudieron ser copiadas en toda la Argentina, en toda América. Nocivo producto de exportación, junto al colorido ingenio de las letras adaptadas de Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes, Fito Páez, Gilda o los Redondos, viajaba inmerso el discurso de la xenofobia, el machismo más abyecto, la discriminación sexual y la violencia como medio de ascenso en el mundo de las barras. Lo llamaron aguante, y es una manzana podrida que viaja escondida en cada caja de exportación.

Uruguay, Chile y Paraguay, primero. Perú, Colombia y México, después. En la actualidad ya no extraña oír las versiones argentinas en estadios de Israel, Grecia o Japón.

La Copa del Mundo 2014 sirvió de escenario para que algunos (muchos) hinchas argentinos lustraran el bronce de su pedantería y arrogancia, cuando mutaron el bello Bad Moon Rising de Creedence Clearwater Revival en un ofensivo:

Brasil, decime qué se siente
tener en casa a tu papá 
Te juro, que aunque pasen los años
nunca nos vamos a olvidar 
que el Diego los gambeteó 
y el Cani los vacunó 
Estás llorando desde Italia hasta hoy 
A Messi lo vas a ver 
la Copa nos va a traer 
Maradona es más grande que Pelé

Como “los boludos son como las hormigas, están en todos lados” (Maradona dixit) este himno albiceleste tuvo una nueva versión para la Copa América Chile 2015, en la que se redobló el mal gusto y se lanzó al cesto de la basura la pregonada hermandad latinoamericana:

Chile, decime qué se siente
saber que se te viene el mar 
Te juro que aunque te tape el agua 
nunca te vamos a ayudar 
Porque vos sos un traidor, vigilante y botón 
en la guerra nos vendiste por cagón 
Por acá no vengas más 
ojalá te tape el mar 
que te ayuden los ingleses a nadar

Viene la Copa América del Centenario y este canto tendrá una nueva versión. Y la seguirá teniendo en cada torneo, contrastando la magnificencia del fútbol argentino con la pobreza en la que se va sumergiendo una masa enorme de sus hinchas. Un modelo que todos copian, pero que –créannos– lleva por mal camino.
Ilustración: Diegolan

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