sábado, 3 de octubre de 2020

Colombia 1986, el Mundial que no fue

Cuando finalizó el Mundial España 82, los aficionados comenzaron una espera de cuatro años que desembocaría en Colombia, sede de la Copa 1986.

El sueño cafetero había comenzado a tomar forma cuando en 1970 Alfonso Senior, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, requirió el apoyo del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo para poder ser sede mundialista. El 9 de junio de 1974 el brasileño João Havelange, recién elegido al mando de la FIFA, se jugó por Sudamérica y se confirmó a Colombia para la sede de 1986.

En 1975 el presidente Alfonso López Michelsen se entrevistó con Havelange y reiteró el compromiso de cumplir uno a uno los requisitos que imponía la FIFA. Pero eso era imposible. En su rol "diplomático", el maquiavélico capo de la FIFA palmeaba en la espalda a los dirigentes colombianos pero al mismo tiempo el vicepresidente de la entidad, el alemán Hermann Neuberger, ampliaba la lista de requisitos, ya volcados de lleno al negocio de la TV.

La costosa modernización de la iluminación de los estadios era vital para la televisión, pero los directivos contraatacaron: por husos horarios, todos los partidos se disputarían a la luz del día, como había ocurrido desde el inicio de los Mundiales hasta México 1970. Un punto estaba resuelto, pero no era suficiente.

Pasó la Copa del Mundo en la Argentina, en 1978, y ninguna obra se había siquiera empezado. Durante el gobierno de Julio César Turbay (1978-1982) se creó la Corporación Colombia-86 que pretendía conseguir los recursos para la organización del Mundial. Este ente contaba con un integrante importante: Carlos Cure Cure, que venía del riñón del Grupo Grancolombiano (uno de los más importantes conglomerados económicos). Pero Cure Cure, que representaba a la empresa cervecera Bavaria, no asistió a ninguna de las doce reuniones que llegaron a formalizarse. Todo se quedaba en palabras.

En 1980, Jaime Castro, uno de los miembros principales de la Corporación Colombia-86, presentó un anteproyecto de ley para crear la entidad comercial del Estado Colombia 86 para convocar recursos de la industria privada. El presidente Turbay no evidenció gran entusiasmado al respecto: "Quiero que se haga no tanto porque lo considere conveniente, ya que no es una de las prioridades importantes del país, sino por respetar la decisión del Parlamento". En Zúrich ya se habían encendido las luces de alerta. En agosto de 1981 llegó el ultimátum de Havelange: si al 10 de noviembre de 1982 Colombia no ponía en marcha las obras, la FIFA le quitaría la sede. Mientras, en la campaña electoral para las elecciones presidenciales de 1982, el candidato del conservador Movimiento Nacional, Belisario Betancur, advertía: "Ni un sólo centavo del presupuesto nacional para el Mundial de Fútbol".

Final entre Italia y Alemania Federal en el estadio
Santiago Bernabéu. Muchos ya pensaban en Colombia '86.
Dos semanas antes del inicio del Mundial España 1982, Betancur ganó las elecciones y la candidatura colombiana sabía que no contaría con el apoyo del Estado. Con una emocionante final en Madrid, Italia levantó el trofeo y el epílogo le hacía un guiño a un horizonte incierto: ya asomaba la cita para dentro de cuatro años. Pero en Colombia todo seguía en "veremos".

Al entusiasmo vital de los aficionados colombianos empezaron a caerles encima el peso y el precio de la realidad: para cumplir las exigencias de la FIFA, el Estado nacional debía cubrir costos altísimos que afectarían seriamente a su economía. La Copa había pasado de 16 a 24 participantes y la casa madre del fútbol exigía 12 sedes con estadios de más de 40.000 espectadores (dos de ellos con lugar para 60 mil y otros dos para 80 mil). Esa infraestructura estaba lejos de concretarse, como tampoco el requisito de que cada ciudad contara con un aeropuerto acorde a las normas internacionales, una conexión ferroviaria imposible para la geografía andina y rutas nuevas que unieran a las sedes. ¿Nada más? Sí, la FIFA exigía también que las comisiones para las agencias encargadas de vender entradas no podrían ser superiores al 10%. Havelange y los suyos la querían toda. Colombia entendió que estas exigencias eran un intento de violación de la soberanía nacional.

La falta de apoyo del sector privado fue determinante. Encabezados por el Grupo Santo Domingo y el Grancolombiano, los privados nunca concretaron con billetes el sostén que aparentaban en sus declaraciones. La única manifestación concreta fun una publicidad de Grancolombiano en la contrataba del álbum de figuritas Panini: "Apoyamos el Mundial Colombia 86". Demasiado poco. El país se tuvo que dar un baño de realidad. Dos semanas antes del plazo final impuesto por la FIFA, el 26 de octubre de 1982 el ya presidente Belisario Betancur brindó un discurso televisado que terminó con la ilusión de los aficionados.

"Anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol de 1986 no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales: no se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y sus socios", concluyó el mandatario.

Pese al dolor de perder la sede, los hinchas colombianos comprendieron que el país no estaba en condiciones de afrontar tamaña empresa. Las prioridades nacionales eran otras. Aunque algunos sectores sostenían que organizar una Copa del Mundo sería un gran empujón para hacer conocer las bellezas nacionales, dar a conocer el país en el exterior y atraer inversiones en el área del turismo, Betancur optó por destinar los fondos públicos a salud y educación.

El periodista colombiano Tito Puccetti hace una mirada retrospectiva a aquellas medidas que tenía un sustento razonable y llevaban promesas nunca complicas: “Es increíble, se entendía que todo el esfuerzo para conseguir la sede quedara de lado para priorizar la salud, la educación, modernizar al país... Al final, no nos volvimos modernos y no tuvimos el campenato del mundo”.

Oficializada la renuncia de Colombia y sin tiempo para nuevas postulaciones, la FIFA anunció que el 18 de diciembre de aquel 1982 su Comité Ejecutivo no tomaría una determinación y pospuso la decisión hasta el 18 de mayo de 1983, cuando se reunieran en Estocolmo, Suecia.
Allí se consensuó realizar el torneo en un país que ya tuviera toda la infraestructura lista, pues no se podían correr riesgos con solamente tres años por delante. Por iniciativa de Guillermo Cañedo, México solicitó la sede y aquel congreso de Estocolmo lo ratificó: Colombia '86 se convertía en México '86, pese a la férrea oposición ejercida por el influyente Henry Kissinger, quien fue Secretario de Estado de los Estados Unidos entre 1973 y 1977.

Alfonso Senior
La desilusión de Alfonso Senior se volvió inocultable: "El hombre mata lo que más quiere. La sede la conseguí en forma personal, pero así es… Colombia es un país enano al que no le quedan bien las cosas grandes. Y la empresa de realizar el Mundial es un compromiso grande. Hoy en día vale mucho dinero conseguir la sede para un país. Yo quería para Colombia algo de ese porte, y Colombia me falló".

El único de los estadios que Colombia logró inaugurar, semanas antes del comienzo del Mundial, fue el Metropolitano de Barranquilla. Ese estreno, el 11 de mayo de 1986, contó con un invitado especial: la selección argentina. La fiesta no tuvo goles; el partido terminó con un pálido 0-0 entre el Junior y el conjunto que comandaba Carlos Bilardo, que acumulaba así otro traspié camino a la Copa. Faltaban 18 días para el mundial... el mundial mexicano. 

CUANDO TODO PUDO CAMBIAR
El 2 de mayo de 1984 Austria venció a Chipre 2-1 en Nicosia en el primer partido de las eliminatorias rumbo a México. Durante ese año comenzaron los siete grupos europeos. El 15 de junio arrancó la zona Concacaf, con la victoria de Honduras 3-0 sobre Panamá, en Colón. Dos semanas después, el 30 de junio empezó a rodar la pelota en África con el triunfo de Marruecos 1-0 ante Sierra Leona, en Freetown. Y ya en 1985 se pusieron en movimiento Asia (enero) Sudamérica (marzo) y Oceanía (septiembre).  

Ya todos los continentes estaban definiendo su camino mundialista  cuando el jueves 19 de septiembre de 1985, a las 7:17 de la mañana, un violento terremoto de 8.1 en escala de Richter, sacudió a la Ciudad de México. A ocho meses del comienzo de la Copa del Mundo la capital, que por entonces ya superaba los diez millones de habitantes estaba sumida en un caos, con derrumbes, suspensión del transporte público, cortes a la circulación, y el doloroso rescate de las víctimas atrapadas en los edificios colapsados. La solidaridad del pueblo fue vital.

Aun conmueve el relato del periodista Jacobo Zabludovsky, desde la radio XEW mientras recorría distintas colonias de la ciudad en ruinas: "Tengo la tristeza de decir que estoy en presencia de uno de los más grandes desastres que he visto en la historia de la Ciudad de México desde que nací en ella". 


El movimiento sísmico tuvo epicentro en el océano Pacífico y sacudió también con alta intensidad a Michoacán, Jalisco, Guerrero, Morelos, Puebla, Tlaxcala y obviamente al Estado de México que circunda la capital. En medio del desconcierto y la desolación, mientras continuaban las tareas de rescate, a las 19:37 del día siguiente se dio una fuerte réplica del sismo, con magnitud de 7.5, que provocó la caída de veinte edificios más y agudizó el daño estructural de algunos otros endebles dañados por efecto del primer terremoto. 

Comenzó enseguida la reconstrucción. México comenzó a ponerse nuevamente de pie. Los doce escenarios para la Copa se mantuvieron sin daños y finalmente, aún con partes de la capital en ruinas, el 31 de mayo de 1986 el imponente estadio Azteca dio inició a la fiesta mundialista con 24 selecciones. Colombia había quedado en el camino. 

Lo que sigue es historia conocida. Así como en 1970 la Ciudad de México fue la elegida por el destino para albergar la consagración mayor de Pelé, el Coloso de Santa Úrsula fue testigo de la hazaña máxima de Diego Maradona.

La última reflexión de Tito Puccetti se tiñe de nostalgia, del sueño de sus compatriotas que pudo ser: “Hoy por hoy le duele a uno como colombiano… ¡Qué lindo hubiera sido que ese gol magnífico Maradona lo hubiera hecho en el Campín de Bogotá”.



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