viernes, 20 de abril de 2018

Italia campeón mundial 1934

El 10 de junio de 1934 Italia vencía 2-1 a Checoslovaquia y se consagraba campeón del mundo por primera vez. Pero lo destacable es que en la Squadra Azzurra jugaban cuatro argentinos (Raimundo Orsi, Luis Monti, Atilio Demaría y Enrique Guaita) y el brasileño Anfilogino Guarisi, todos en calidad de Oriundi.

La victoria sería una gran propaganda para el fascismo, por eso Benito Mussolini no solamente condicionó a sus jugadores sino que movió hilos en las sombras para que los árbitros “hicieran lo suyo”, como ocurrió contra la España republicana en cuartos y contra Austria en semifinales.
Italia tenía un gran equipo que giraba en torno a Giuseppe Meazza, pero este “control arbitral” asegurararía el resultado: por eso la final la dirigió el mismo Ivan Eklind que le había convalidado un gol fuera de juego contra Austria.

En el descanso del partido, un enviado de Il Duce se apersonó en el vestuario italiano y entregó al seleccionador Vittorio Pozzo una nota manuscrita que decía:
− Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar.

Inmediatamente el entrenador se dirigió a los jugadores con el siguiente mensaje: “No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al adversario. Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal”.
Más curioso es resaltar que Orsi marcó el empate transitorio italiano a 9 minutos del final, para ir a tiempo suplementario y que Schiavio anotó el segundo, el definitivo ante 55.000 espectadores que colmaban el estadio del Partido Nacional Fascista. Claro, el dicatador Benito Mussolini estaba en el palco y su presencia era una presión extra para el equipo anfitrión.

Finalmente consiguió la victoria y celebraron con el tradicional saludo fascista, con el brazo derecho en alto. Il Duce había logrado su propósito.

Fragmento emitido en el programa De Zurda, de teleSUR.

domingo, 15 de abril de 2018

Oleg Salenko: 5 goles en un partido


La Unión Soviética se había desmembrado y en 1994 Rusia participaba por primera vez en un Mundial de manera independiente. Era toda una incógnita, después de la Guerra Fría, cómo funcionaría aquella selección antes temeraria, sin sus estrellas de Ucrania, Bielorrusia y las demás repúblicas socialistas.

Y más, por el contraste de jugar en los Estados Unidos. Pero perdió con Brasil y con Suecia y llegó al tercer partido sin chances. Ya eliminada, la selección rusa se soltó ante Camerún y entró a la historia por una actuación récord, la del delantero Oleg Salenko.

El 28 de junio, El Buitre de Leningrado, como lo llamaban, se destapó en San Francisco con cinco goles, una cifra que solamente él alcanzó en un partido mundialista.

Esta marca le valió un sitial en la galería de los grandes de la Copa, pero los años que siguieron no fueron buenos para Salenko: acorralado por las deudas, en 2010 tuvo que vender su Botín de Oro a un jeque árabe.

Hoy, a los 44 años, forma parte de una selección de viejas glorias rusas y juega partidos de fútbol playero.