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sábado, 23 de mayo de 2020

El fútbol de la Comunidad de Estados Independientes


El desmembramiento de la Unión Soviética se terminó de consumar en 25 de diciembre de 1991, con la renuncia del presidente Mijail Gorbachov. Al día siguiente, el Soviet Supremo reconocería la extinción de la Unión,​ disolviéndose y asumiendo Rusia los compromisos y la representación internacional del desaparecido Estado, siendo reconocida como el Estado sucesor de la Unión Soviética en el derecho internacional.

Con los países del Báltico (Estonia, Letonia y Lituania) y Georgia, once repúblicas dieron vida a la llamada Содружество Незавимых Государств (que se pronuncia Sodrúzhestvo Nezavísimyj Gosudárstv y en castellano sería Comunidad de Estados Independientes), una organización supranacional que selló la disolución de la Unión Soviética. Según Vladímir Putin, su propósito fue el permitir un "divorcio civilizado" entre las repúblicas que conformaban la URSS.

Esta CEI no fue un estado sucesor de la Unión Soviética: el estatuto de la organización enfatizó que todos los miembros eran estados soberanos e independientes. Fue -y sigue siendo- una asociación flexible de antiguas repúblicas soviéticas que han acordado cooperar en asuntos de comercio, seguridad y derechos humanos.

Pero vamos al fútbol. Menos de un mes y medio antes del colapso de la URSS, el 13 de noviembre, la selección soviética ya había disputado -sin saberlo- el que sería su último partido: en Lárnaca había vencido a Chipre 3-0 en el cierre de las eliminatorias para la Eurocopa 1992 a disputarse en Suecia. Oleg Protasov, Sergei Yuran y Andrei Kanchelskis sellaron el resultado que cerraría definitivamente las estadísticas del representativo soviético.


En el fútbol, la Российский Футбольный Союз (Unión del Fútbol de Rusia) heredó el historial de la Федерация футбола СССР (Federación de Fútbol de la URSS), mientras que otras catorce federaciones se formaron o volvieron a actuar de manera independiente. Pero había un "inconveniente" más en aquellos días finales de 1991: la selección soviética había ganado su lugar en la Eurocopa que a mediados de 1992 se disputaría en Suecia.

La solución fue crear una "confederación temporal", que durara lo necesario para mantener un seleccionado que compitiera en la cita continental representando a aquella unión de países que ya no era tal. Así se conformó la selección de la Comunidad de Estados Independientes que. extrañamente el equipo llevó el pecho la sigla CIS, en inglés, por Commonwealth of Independent States.

Casi como una ironía de la historia de la Guerra Fría, el debut de esta selección fue un amistoso contra los Estados Unidos, en Miami el 25 de enero de 1992. A los anfitriones se les presentó un problema protocolar antes del partido: la Comunidad de Estados Independientes no tenía himno ni bandera, así que sonaron los acordes del himno de la extinta Unión Soviética mientras flameaba la bandera con la hoz y el martillo. Las camisetas siguieron siendo las adidas que había usado la selección soviética desde el Mundial Italia 1990.

El match agregó otro dato curioso: la CEI ganó 1-0 con gol del georgiano Ahrik Tsveiba, a pesar de que Georgia no se había sumado a la comunidad. En realidad el gol fue mitad de Tsveiba y mitad del defensor Janusz Michallik (polaco de nacimiento) que desvió la pelota contra su propio arco y desorientó al portero Tony Meola.
El único partido que la CEI jugó de local, en Moscú, fue un 2-2 contra Inglaterra.
Este seleccionado de la Comunidad de Estados Independientes tuvo una vida efímera: no llegó a cumplir cinco meses, en los que jugó doce partidos internacionales: nueve amistosos y los tres correspondientes al Grupo 3 de la Eurocopa.

Los amistosos internacionales:
25/1/1992 Miami: Estados Unidos 0-1 CEI
29/1/1992 San Salvador: El Salvador 0-3 CEI
2/2/1992 Detroit: Estados Unidos 2-1 CEI
12/2/1992 Jerusalem: Israel 1-2 CEI
19/2/1992 Valencia: España 1-1 CEI
8/3/1992 Cd. México: México 4-0 CEI (*)
11/3/1992 Tampico: México 1-1 CEI (*)
29/4/1992 Moscú: CEI 2-2 Inglaterra
3/6/1992 Copenhague: Dinamarca 1-1 CEI


En los dos partidos que disputó contra México, la selección de la CEI estuvo integrada solamente por futbolistas rusos. De hecho fue la primera "Selección de Rusia" tras la disolución de la Unión Soviética, pero ninguno de los dos amistosos es considerado oficial ni por la Comunidad de Estados Independientes ni por Rusia.


EUROCOPA Y DESPEDIDA
El debut ya planteaba contrastes políticos: la poderosa Alemania campeona del mundo volvía a jugar unificada en un torneo oficial (ultimo partido de ese carácter había sido en el Mundial 1938) y lo hacía contra una selección que representaba los restos de una potencia que ya no existía.
La bandera que se usó durante
la Eurocopa 1992.

Tampoco existía esa impactante sigla CCCP que infundía respeto en los rivales: ahora lucía un pequeño bordado que decía CIS. Apenas si quedaba el color rojo como recuerdo de aquellos representativos soviéticos. Y no había himno que cantar, así que en la ceremonia previa sonó la novena sinfonía de Beethoven.

Los comunitarios (?) comenzaron ganando con un gol de Ígor Dobrovolski de penal a los 19' de la segunda mitad pero sobre el tiempo cumplido Thomas Hässler logró el empate.

Ígor Lediakhov corta el avance de Andreas Brehme. Se le el partido escapó al final.
El segundo paso fue otra igualdad, sin goles, ante Holanda, el campeón europeo vigente. Tuvieron suerte los exsoviéticos, ya que los de naranja los arrinconaron casi contra su propio arco y Marco van Basten falló en repetidas ocasiones.
Serguei Yuran aguanta a Adri van Tiggelen. La CEI no pudo con Holanda.
La caída 0-3 ante Escocia marcó el final de la selección de la Comunidad de Estados Independientes. Paul McStay, Brian Mcclain y Gary Mcallister sellaron el resultado que significó el último puesto para el equipo sin país.
Andrei Chernyshov trata sin éxito de detener a Kevin Gallagher. Los últimos 90 minutos de la CEI.

Cuando el suizo Kurt Röthlisberger pitó el final, no solo se terminó el partido. Se completaba la última página de una selección efímera, a menos de cinco meses de haber debutado. La Euro92 marcaba la fecha de vencimiento de la CEI y todos lo sabían.

Pero esta última página cerraba también los capítulos anteriores de una historia grande del fútbol, aquella de la poderosa Unión Soviética, que dejaba en el historial siete participaciones en la Copa del Mundo y varios títulos: una Eurocopa (1960), un Mundial Juvenil (1977), un Mundial Sub-17 (1987), dos oros olímpicos (1956 y 1988) y tres bronces (1972, 1976 y 1980).

Enseguida la FIFA declaró a Rusia como el sucesor legítimo de los equipos nacionales de la URSS y de la CEI, dando paso a las eliminatorias para el Mundial Estados Unidos 1994 y dejando a todas las demás repúblicas comenzar desde cero o retomar su historial -las que lo tenían- previo a su integración a la Unión Soviética.

Resumen Eurocopa:
12/6/1992 Norrköping: CEI 1-1 Alemania
15/6/1992 Göteborg: CEI 0-0 Holanda
18/6/1992 Norrköping: CEI 0-3 Escocia

En total, contando amistosos y oficiales, ganó tres partidos, empató seis y perdió tres.

LO QUE VINO DESPUÉS
Así como existen el Mercosur o la Unión Europea, la Comunidad de Estados Independientes siguió funcionando en el ámbito de la cooperación entre las repúblicas que habían conformado la URSS. Hoy la componen nueve de las quince repúblicas exsoviéticas: Rusia, Bielorrusia, Moldavia, Armenia, Azerbaiyán, Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán. Se autoexcluyeron Estonia, Letonia y Lituania -que son miembros de la Unión Europea-; Turkmenistán, que abandonó la organización en 2005 para convertirse en miembro asociado; Georgia, que se retiró en 2009; y Ucrania, que pese a haber sido un estado fundador, de iure nunca fue miembro de la CEI ya que no llegó a ratificar el estatuto de la organización, aunque era un participante de facto, pero en marzo de 2014, anunció su salida después de la Adhesión de Crimea y Sebastopol a Rusia. En 2018 sus representantes fueron retirados.

Y aunque el fútbol siguió de manera independiente en cada país después de que bajara el telón para la selección de la CEI, se siguió disputando la Кубок Содружества (se pronuncia Kubok Sodružestva, en decir Copa de la Comunidad), competición internacional surgida en 1993 y más conocida como Copa de Campeones de la CEI. Todas las finales de este torneo se disputaron en Rusia.

Durante años participaron todos los campeones de liga de los países de la Comunidad de Estados Independientes, además de los campeones en los tres países bálticos. La competencia iba perdiendo interés cada temporada y a partir de 2012 se limitó a selecciones juveniles y con equipos invitados. De hecho, la edición 2015 fue ganada por un seleccionado Sudafricano Sub-21.

El punto final se puso el 23 de julio de 2016, cuando el Ministro de Deportes de Rusia, Vitaly Mutko, anunció la cancelación del torneo.

HISTORIAL DE LA COPA DE LA COMUNIDAD
Año - campeón
Spartak, ganador de seis ediciones de la Copa.
1993 Spartak (Мoscú, Rusia)
1994 Spartak (Мoscú, Rusia)
1995 Spartak (Мoscú, Rusia)
1996 Dinamo (Кiev, Ucrania)
1997 Dinamo (Кiev, Ucrania)
1998 Dinamo (Кiev, Ucrania)
1999 Spartak (Мoscú, Rusia)
2000 Spartak (Мoscú, Rusia)
2001 Spartak (Мoscú, Rusia)
2002 Dinamo (Кiev, Ucrania)
2003 Sherif (Тiraspol, Moldavia)
2004 Dinamo (Тbilisi, Georgia)
2005 Lokomotiv (Мoscú, Rusia)
2006 Neftchi (Bakú, Azerbaiyán)
2007 Pakhtakor (Tashkent, Uzbekistán)
2008 Khazar Lanzaran (Lanzaran, Azerbaiyán)
2009 Sherif (Тiraspol, Moldavia)
2010 Rubin (Кazan, Rusia)
2011 Neftchi (Bakú, Azerbaiyán)
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2012 Rusia Sub-21
2013 Rusia Sub-21
2014 Ucrania Sub-21
2015 Sudáfrica Sub-21
2016 Rusia Sub-21

El Sub-21 ruso, último campeón de la Copa de la Comunidad.

jueves, 30 de abril de 2020

Marcos Coll y el único gol olímpico de la Copa del Mundo

La Unión Soviética era un potencia futbolística a principios de los '60 y además contaba con Lev Yashin, el mejor arquero del mundo, al que apodaban La araña negra.
Contra ellos tuvo que jugar Colombia, en su segundo partido de Chile '62, luego de caer 2-1 en el debut con Uruguay. La empresa parecía imposible, y más cuando el equipo de la sigla CCCP en el pecho se imponía 4-1.

Pero el cuadro colombiano, que vestía por entonces camiseta azul, tuvo un tiro de esquina a los 18 minutos del complemento, y allí empezaría a hacer historia: el disparo de Marcos Coll fue cerradísimo, tanto que sorprendio al legendario portero y se coló en el primer palo.
El mediocampista barranquillero grabó así su nombre como único jugador que anotó un gol olímpico en la historia mundialista. Pero la hazaña no terminó ahí.

Con el ánimo renovado por el golazo de Coll, Colombia alcanzó un increíble empate 4-4.
Cuatro días después se despidió de Chile con una derrota ante Yugoslavia, pero aquella igualdad ante los soviéticos perdura por más de medio siglo.

Segmento pasado en el programa De Zurda, de teleSUR.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Todas las mascotas olímpicas

A partir de los Juegos Olímpicos celebrados en la ciudad de México, en 1968, se inició una costumbre: la de acompañar al deporte con una mascota emblemática de la competencia. La idea, tomada de la Copa Mundial de fútbol Inglaterra 1966, prendió entre los organizadores de los restantes juegos.

Cada diseño es una muestra de ingenio y también una expresión cultural que dice mucho de la ciudad que celebra los Juegos y de todo el país.



México 1968 – paloma de la Paz
Un grabado que inició la era de las mascotas.


Munich 1972 – Waldi
Un perro dachshund muy representativo de Baviera. Como los atletas, es resistente, tenaz y ágil.



Montreal 1976 – Amik
Un castor, símbolo de Canadá, cuyo nombre nace en la lengua algonquina.


Moscú 1980 – Misha
Este oso fue la más popular de las mascotas olímpicas. Lo diseñó Víctor Chizikov, dibujante de libros infantiles.


Los Ángeles 1984 – Sam
El águila es uno de los símbolos estadounidenses, al igual que el tradicional sombrero de Uncle Sam, o el Tío Sam. Es obra de Robert Moore y Disney.


Seúl 1988 – Hodori
Un tigre, como los que suelen animar las tradicionales leyendas coreanas.


Barcelona 1992 – Cobi
Un perrito muy humanizado diseñado por Javier Mariscal. Simple y recordado.


Atlanta 1996 – Izzy
Nadie sabe bien qué es, por eso lo bautizaron "Whatizit", del inglés "What is it?" (¿Qué es esto?). Fue la menos querida de todas las mascotas. Le cambiaron el nombre y ya en medio de los Juegos dejaron de usarla.


Sydney 2000 – Olly, Syd y Millie
Las mascotas se multiplican: Olly, una cucaburra, cuyo nombre provenía de Olimpíada; Syd, un ornitorrinco con nombre derivado de la palabra Sydney; y Millie, un equidna, cuyo nombre representaba el nuevo milenio.


Atenas 2004 – Athenà y Phèvos
Dos niños inspirados en dos muñecos de la antigua Grecia. Sus nombres evocan a los dioses Atenea, protectora de la ciudad, y Febo, de las artes y el deporte.


Beijing 2008 - Beibei, Jingjing, Huanhuan, Yingying y Nini
El grupo de las cinco mascotas se llaman "Fuwa". Son Beibei, un pez azul; Jingjing, un panda; Huanhuan, una antorcha roja; Yingying, un antílope tibetano; y Nini, una golondrina verde. Sus nombres de dos sílabas repetidas hacen referencia a los apelativos cariñosos con los que se suele tratar a los niños en chino. Juntos forman la frase "Beijing huanying ni", que significa "Beijing te da la bienvenida". Otra genialidad china.


Londres 2012 - Wenlock y Mandeville
Dos personajes con un solo ojo creados a partir de distintas gotas de acero británico de una viga usada en la construcción del estadio olímpico. Tienen el nombre del pueblo de Much Wenlock (Inglaterra), que inspiró al fundador de los Juegos Olímpicos modernos, el Barón Pierre de Coubertain, en el siglo XIX, y del hospital Sotke Mandeville de Buckinghamshire, también inglés, donde nacieron los Juegos Paralímpicos.


Río de Janeiro 2016 - Vinicius y Tom
Vinicius tiene aspecto gatuno, de color amarillo que representa la fauna brasileña, mientras que Tom rememora a la forma de un árbol que representa la flora. Los nombres seleccionados están inspirados en los verdaderos Vinicius de Moraes, autor de la canción popular brasileña: “Garota de Ipanema” y Tom Jobim quien internacionalizó al “bossa nova”; fueron reconocidos por el presidente del Comité Organizador, Carlos Arthur Nuzman.

Tokio 2020 - Miraitowa y Someity
Miraitowa lleva el nombre de las palabras japonesas para "futuro" y "eternidad", y Sometió viene de someiyoshino, un tipo de flor de cerezo y también hace referencia a la frase en inglés "tan poderoso".

Mira también todas las mascotas de los Mundiales de fútbol

miércoles, 11 de septiembre de 2019

1973 - El gol más triste de Chile

Hace 45 años, la selección trasandina tuvo que enfrentar a la Unión Soviética en un reprechaje para Alemania '74. El golpe de Pinochet, las denuncias del Kremlin y un partido que nunca se jugó.

Artículo publicado originalmente en la revista Fox Sports, en octubre de 2008.
Por PABLO ARO GERALDES

El camino al primer Mundial de Alemania, el de 1974, estuvo lleno de imprevistos para la selección chilena: el grupo eliminatorio que integraba con Perú y Venezuela quedó reducido a un simple partido y revancha tras la deserción de los venezolanos. Un 2-0 abajo en Lima y el resultado inverso en Santiago obligaron a un tercer partido de desempate, en Montevideo. En el estadio Centenario el triunfo fue 2-1 para Chile, pero los pasajes para la Copa del Mundo no estaban listos aún, faltaba una escala poco conocida. El fixture preveía una instancia más para el ganador del grupo 3 sudamericano: debía enfrentar en un último repechaje al vencedor de la zona 9 europea.
Con los papeles en la mano, la amenaza tenía los colores de Francia, pero un empate inesperado de los galos ante la República de Irlanda en París dejó al equipo dirigido por Georges Boulogne en la obligación de vencer a la Unión Soviética en Moscú, pero el conjunto de la sigla CCCP en el pecho pegó fuerte y con el 2-0 hizo sonar el despertador en medio del sueño mundialista trasandino. La cita de los chilenos se programaba entonces para el 26 de septiembre de 1973, pero no en París, como imaginaban, sino en el Estadio Lenin de Moscú. Un país amigo. Con la mente puesta en el repechaje con los soviéticos, planearon una gira de preparación por Guatemala, El Salvador y México, que luego de varias escalas los llevaría a tierras rusas. La mano venía bien. Antes de partir golearon 5-0 a un combinado de Porto Alegre. La despedida se fijó para el 11 de septiembre a las 10 de la mañana, pero…

Chile vivía uno de los momentos más oscuros de su historia. El 11 de septiembre de aquel año la furia asesina de un general llamado Augusto Pinochet pisoteaba el mandato democrático del presidente Salvador Allende e imponía una de las dictaduras más crueles y sangrientas de la historia. Esa mañana, mientras el Palacio de la Moneda (sede del gobierno de Chile) ardía bajo los bombardeos y Allende moría intentando defender la voluntad popular, la selección chilena debía presentarse en el campo de entrenamiento de Juan Pinto Durán para ultimar detalles con vistas a la visita a Moscú. Esa práctica jamás llegó a realizarse. El lateral izquierdo Eduardo Herrera jugaba en Wanderers de Valparaíso y durante sus días en Santiago se hospedaba en el Hotel Carrera, a 100 metros del escenario del golpe de Estado. Él tiene fresca la memoria de esa mañana con olor a pólvora: “Al llegar al campo de entrenamiento el técnico Luis Álamos nos ordenó que volviéramos a casa. Pero yo tenía que llegar hasta el hotel y en el trayecto me detuvieron los militares una decena de veces: Me salvé de ser detenido porque tenía el bolso con la inscripción ‘Selección Chilena de Fútbol’”.

El fútbol del mundo siguió rodando normalmente en medio de dictadores y tiranos, de reyes despóticos y megalómanos con aires mesiánicos, incluso llegó a presenciar un Mundial en plena dictadura argentina, pero en aquel 1973 la Guerra Fría disparó un misil que dio de lleno en la pelota.
Durante el gobierno socialista de Allende, Chile mantuvo estrechas relaciones con el Kremlin y todo el bloque soviético. Con la irrupción de Pinochet y su dictadura apoyada desde los Estados Unidos el escenario se dio vuelta: once días después del golpe, la Unión Soviética rompió relaciones diplomáticas con Chile, le ordenó a su personal diplomático que regresara al país y decretó el cierre de la embajada chilena en Moscú.

Víctor Jara y Pablo Neruda
Al márgen de la cordillera todo era dolor y desconcierto. Tres días después del golpe era asesinado el cantautor Víctor Jara, una de las voces representativas de los trabajadores chilenos. Más lágrimas siguieron cayendo cuando el 23 de septiembre el poeta Pablo Neruda se murió rodeado de otras muertes y desapariciones, víctima de un cáncer que no le dio tregua. Y lo enterraron en soledad, sin sus amigos ni sus camaradas del Partido Comunista, todos perseguidos, en una tumba del cementerio General de Santiago, lejos de su amada playa de Isla Negra y su Premio Nobel de literatura.
El fútbol era lo de menos por entonces, pero la Selección Chilena conducida por Álamos debía volar hacia Moscú para cumplir su compromiso eliminatorio en medio de un clima sumamente hostil. Jugadores como Carlos Caszely y Leonardo Véliz, puntales del equipo y muy identificados con el gobierno socialista, temían por la suerte de sus familiares mientras ellos estuvieran de viaje.
El encuentro corría riesgo de no jugarse porque la dictadura decretó que no se podía abandonar el país. La Federación de Fútbol de Chile debía acatar la medida, pero el médico de la Selección, Dr. Jacobo Helo, resultó ser una influencia decisiva para que los chilenos pudiesen jugar en terreno moscovita: era medico personal del general Gustavo Leigh, Jefe de la Fuerza Aérea, y convenció al alto mando militar de que la participación del equipo favorecería la imagen internacional del gobierno militar. Finalmente, la Junta permitió el viaje, vía Buenos Aires. El largo sufrimiento comenzaba para muchos de los jugadores, amenazados. Les advirtieron sin eufemismos: “Si hablan, sus familias sufrirán las consecuencias”. El vuelo hizo escalas en Sao Paulo, Río de Janeiro y Panamá hasta que finalmente llegó a México. Una victoria 2-1 ante los aztecas sirvió como un relax para afrontar el siguiente tramo hacia Suiza (triunfo sobre el Xamax Neuchatel) y finalmente poner rumbo a Moscú.

El clima era terriblemente hostil. Antes de subir al último avión, los jugadores chilenos sintieron el miedo en carne propia cuando les advirtieron que si ingresaban a la URSS serían tomados como rehenes para cambiarlos por presos políticos de Chile.
Ya en Rusia, todo se agravó en la víspera del match, cuando el gobierno de los Estados Unidos reconoció oficialmente a la Junta Militar chilena. Para los rusos, el enemigo estaba de visita y buscaron hacerlo notar. Apenas llegados al aeropuerto Sheremetyevo, Caszely y Figueroa fueron retenidos algunas horas “por diferencias en las fotos de sus pasaportes”. Eran sólo jugadores de fútbol, pero para los soviéticos eran los representantes del país que derrocó al gobierno socialista.

Y así fue que el 26 de septiembre, a sólo dos semanas del golpe en Chile, el Estadio Lenin presenció un pálido cero a cero en medio de un frío inusual para el otoño que recién comenzaba: 5 grados bajo cero. Las actuaciónes notables de los centrales Elías Figueroa y Alberto Quintano hicieron posible el empate sin goles, pero hubo algo más que la gran tarea defensiva: Hugo Gasc, el único periodista chileno que estuvo en Rusia, contó alguna vez: "Por suerte el árbitro era un anticomunista rabioso. Junto a Francisco Fluxá, el presidente de la delegación, lo habíamos convencido de que no nos podía dejar perder en Moscú, y la verdad es que su arbitraje nos ayudó bastante". Igualmente, las actuaciones defensivas hicieron posible la igualdad y le pintaron a los chilenos un alentador panorama para la revancha en Santiago, pactada para el 21 de noviembre, en el Estadio Nacional de Santiago. Pero...


Otra vez “pero”. En el barrio de Ñuñoa, el Estadio Nacional se había convertido en algo más que el escenario de encuentros deportivos. Aunque la mayoría de los chilenos lo ignoraba (por censura de algunos medios y complicidad de otros) en las tribunas blancas, los militares habían montado un insospechado campo de concentración. El testimonio de Felipe Agüero, quien fuera prisionero allí, hiela la sangre: "Las salas de tortura bajo la marquesina, las lúgubres formaciones de prisioneros regresando del velódromo, los túneles malolientes camino a las sesiones de electricidad, los ancianos tropezando a golpes de culata por las graderías, todo aquí aludía al Infierno del Dante. El descenso a cavidades cada vez más profundas de horror y maldad, que nunca tocaba fondo. Aquí Chile conectó por primera vez con su propio infierno".

Gregorio Mena Barrales era Gobernador de la localidad de Puente Alto –vecina a Santiago– por el partido socialista cuando fue detenido y trasladado al Estadio. Años después él relató: “Todos los días dejaban libres a veinte, cincuenta personas... Los llamaban por los altavoces. Los encuestaban. Les obligaban a firmar un documento declarando ‘no haber recibido malos tratos en el Estadio’ (aunque algunos aún lucieran muestras de las torturas y los golpes). Todos firmaban, era el precio que había que pagar. Muchos volvieron a caer (nadie es libre en una dictadura y menos en una como la chilena). La mayoría de ellos se incorporaba a la lucha clandestina. Todos esperábamos oír nuestro nombre alguna vez en las ‘Listas de Libertad’, era lógico y legítimo. No éramos culpables de otra cosa que la de ser defensores de legitimidad constitucional. Sin embargo cerca de mil quinientos nunca fuimos llamados.
Con el correr de los días las graderías se fueron despoblando: muchos libres, otros asesinados en las noches y un par de suicidas...".


Y el partido no empezaba...
En medio del tormento, los militares cuidaban con tanta dedicación a sus prisioneros como al campo de juego. “El match de fútbol con la Unión Soviética debía realizarse allí, por ello cuidaban el césped con más cariño que el que le daban a una ametralladora”, destacó Mena Barrales, mientras recordaba que esa comisión de la FIFA y de la Federación de Fútbol de Chile “visitó el campo, se paseó por la cancha, miró con ojos lejanos a los presos y se fue dejando un dictamen: ‘En el estadio se podía jugar’”.

Conscientes del uso que le daban los militares al Estadio Nacional, en un momento las autoridades del fútbol chileno le propusieron al gobierno de Pinochet jugar la revancha en el Sausalito, de Viña del Mar, pero la Junta insistió con que debía jugarse en el Nacional, para mostrarle al mundo una cara pacífica de Chile. Francisco Fluxá era presidente de la Asociación Central de Fútbol (ACF) desde febrero de 1973 y le contó en los años noventa al diario La Tercera que “entonces, los militares nos dijeron que no teníamos que decir que el Estadio Nacional era un ‘centro de tránsito, donde se identificaba a la gente que no tenía documentos’. Y para evitar problemas, propusimos el Sausalito como alternativa. Me comuniqué con el general Leigh y me explicó que ‘por órdenes de arriba no se puede en Sausalito: se juega en el Nacional o no se juega’”.
Sí, esta comitiva (integrada por el vicepresidente Abilio D’Almeida, brasileño, y el secretario general Helmuth Kaeser, suizo) visitó Chile el 24 de octubre y se quedó 48 horas en Santiago. Los militares limpiaron con esmero todo rastro de sangre, todo vestigio de tortura, aunque es muy probable que, amparados por su impunidad, hayan dejado algunos detenidos a la vista, sabiendo que la FIFA no sospecharía de esas personas.

Los inspectores visitaron el estadio en el que permanecían aún unos 7 mil detenidos. Finalmente, estos emisarios ofrecieron una conferencia de prensa con el ministro de defensa, almirante Patricio Carvajal, a quien le obsequiaron un traba-corbata y un prendedor de oro con el logo de FIFA: “El informe que elevaremos a nuestras autoridades será el reflejo de lo que vimos: tranquilidad total”. El emisario brasileño se permitió aconsejar a los usurpadores del poder: “No se inquieten por la campaña periodística internacional contra Chile. A Brasil le sucedió lo mismo, pronto va a pasar”.
La FIFA había dado el OK. Pero claro, les habían ocultado el horror. “Después supimos que mientras estaba la gente de la FIFA en el estadio, varias decenas de detenidos fueron encerrados en pequeños camarines, con el fin de ocultarlos. Pero lo importante para nosotros era que el Nacional pasara la revisión”, decía casi treinta años después el ex dirigente Fluxá, quien como única autocrítica aceptó que en el afán de ir al mundial se cometieron actos “éticamente cuestionables”“Ahora pienso que no fue ético negar que en el Estadio Nacional había detenidos, pero en ese momento lo único que pensábamos era en llegar al Mundial de Alemania”, concluyó.
Sí, a pesar de todo el dolor, y de los reclamos soviéticos ante la FIFA (inclusive Bulgaria, Polonia y la Alemania Oriental amenazaron con boicotear el Mundial, cosa que finalmente no hicieron), Ñuñoa esperaba el repechaje para la Copa del Mundo Alemania 74. Pero...

Los soviéticos se negaron a viajar a Santiago, en un manifiesto repudio al régimen de Pinochet. Uno de los integrantes de aquel equipo soviético era el ucraniano Oleg Blokhin, quien no tiene buenos recuerdos de aquella eliminatoria: “Estuve presente en el 0-0 jugado en Moscú. Pero hablamos con el plantel y decidimos no jugar la revancha. No quisimos hacerlo porque estaba Pinochet en el gobierno. Para nosotros era peligroso viajar a Chile y le llevamos nuestra preocupación a la federación de fútbol. Al final se decidió abandonar la eliminatoria”. El Kremlin apoyó la decisión. Blokhin fue hasta 2006 diputado por el partido socialdemócrata de Ucrania a la vez que dirigió a la Selección nacional en Alemania 2006. Hoy es el técnico del Dínamo de Kiev.

La Federación de Fútbol de la Unión Soviética divulgó un comunicado para explicarle al mundo que no disputarían un match allí donde miles de supuestos opositores al régimen de Pinochet habían sido torturados y asesinados: “por consideraciones morales los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos (...) La Unión Soviética hace una resuelta protesta y declara que en las actuales condiciones, cuando la FIFA, obrando contra los dictados del sentido común, permite que los reaccionarios chilenos le lleven de la mano, tiene que negarse a participar en el partido de eliminación en suelo chileno y responsabiliza por el hecho a la administración de la FIFA”, explicaba la nota difundida a través de la agencia UPI.

Ante esta negativa, un integrante del Comité Ejecutivo de la FIFA se animó a vociferar: “Si Granatkin (presidente de la federación soviética) dice que el Estadio Nacional está ocupado con detenidos, yo saco una carta en la cual el Gobierno de Chile asegura que varios días antes del 21 de noviembre ese escenario estará a disposición del fútbol”. No les importaba nada, ni la sangre, ni la tortura, ni la muerte. La farsa debía continuar.

La noticia de la suspensión del partido llegó a la selección chilena en la medianoche previa al encuentro. El delantero Carlos Caszely hoy lo recuerda: “Esperábamos en la concentración de Juan Pinto Durán cuando nos comunicaron que los soviéticos no vendrían. Todo aquello, para quienes estábamos comprometidos con la libertad era de una tristeza terrible. Los familiares de los desaparecidos se me acercaban y me pedían: ‘Chino, tu que estarás en el estadio, por favor, averíguate si está mi hijo, o mi compañero de la universidad”.

El delantero Leonardo Véliz tiene memorias horribles de aquella tarde del 21 de noviembre. “Fue escalofriante. Creo que aún había rastros de lo que había acontecido en los vestuarios y fue algo muy difícil de asumir”, recordó 30 años más tarde.

Desde fines de octubre ya no quedaban detenidos bajo los graderíos del estadio. A la hora señalada, Chile y el árbitro local Rafael Hormazábal salieron al campo de juego. Era puro formalismo, para obtener el paso al mundial por descalificación de los soviéticos. La parodia se completó con una banda de Carabineros tocando el himno chileno mientras se izaba la bandera nacional.

Los jugadores de rojo –qué paradoja– sacaron del medio y trotaron torpemente pasándose la pelota ante un arco vacío. Hasta que Francisco Valdés, el Chamaco, llegó a la línea y esperó a que los fotógrafos enfocasen bien para empujarla de derecha. Tremenda payasada tenía un objetivo: Chile estaría en el Mundial Alemania ’74. Para otros, se trataba de una victoria del régimen pinochetista sobre el comunismo soviético.

Después, para entretener a las 18.000 personas que habían comprado su ticket, se improvisó un amistoso ante Santos de Brasil, que estaba en Chile. En vez de festejar la clasificación a la Copa del Mundo, se volvieron a casa con la amargura de un 0-5 humillante.
Igual, Chile tuvo que esperar hasta el 5 de enero de 1974. Ese día la FIFA aprobó su participación en la Copa.

Entre el público que había ido a ver Chile-Unión Soviética estaba Mena Barrales, que volvía al estadio, ahora sin cadenas ni mordazas. “Fuimos los espectadores más ‘fanáticos’. Esperamos sentados, a la fuerza, un partido que nunca se efectuó".


La Selección Chilena participó en el Mundial de Alemania y se despidió sin ganar ningún partido. Tampoco consiguió victorias en sus dos participaciones siguientes, España ’82 y Francia ’98.
En enero de 1998, en su hogar adoptivo de Austria, Mena Barrales esperaba la Copa del Mundo de Francia. Imaginaba viajar a Saint-Etienne para ver Chile-Austria, sus tierras queridas. Pero la muerte, la misma que esquivó bajo las gradas del Estadio Nacional, esta vez se acordó de él. Ya no existían la Unión Soviética ni la Guerra Fría.
La dictadura de Augusto Pinochet se prolongó hasta el 11 de marzo de 1990.

lunes, 12 de agosto de 2019

Unidos por la tragedia

Un once de guerreros que nos dejaron. Muchos de ellos, en la cancha.

Artículo publicado en la revista chilena De Cabeza, en octubre de 2015
Por PABLO ARO GERALDES
Ilustración de Gonzalo Losada

La muerte espera agazapada a la vuelta de una esquina, pero no sabemos cuál. La Parca, a veces traicionera, siempre implacable, se ha ensañado en repetidas ocasiones con futbolistas en actividad: tragedias aéreas, enfermedades tempranas, accidentes de tránsito, asesinatos, suicidios y la tan temida muerte súbita pusieron un prematuro punto final a carreras deportivas en pleno desarrollo.

El primero del que se tenga registro fue el inglés William Crooper, quien cayó defendiendo los colores del Staveley FC contra el Grimsby Town. Era el 12 de enero de 1889 y Crooper, que hacía unos meses había dejado el cricket para dedicarse al fútbol, chocó fuertemente contra Dan Doyle. Una rodilla de este back adversario impactó de lleno en su abdomen y le provocó una ruptura intestinal. La tarde trágica se selló con la muerte de Crooper en el vestuario, en brazos de su compañero George Hay.

No hay certezas sobre la existencia de un dios. Tampoco de un cielo que reciba a las almas buenas. Por eso, sin necesidad de garantía alguna, vale imaginar un edén al que lleguen los futbolistas, todos aquellos que regalaron emociones en la Tierra. Habrá partidos continuados, equipos que se reencuentran, torneos que se repiten hasta el infinito. Hace poco llegó Alcides Ghiggia, para completar a los 22 que puedan revivir aquella final de 1950 en Maracaná. Y estarán Alfredo Di Stéfano, Ferenc Puskás, Garrincha, Lev Yashin, Eusebio, Giuseppe Meazza, Fritz Walter, Obdulio Varela y Stanley Matthews brillando por la eternidad en una pichanga improvisada que sería la envidia de los abonados a palcos VIP en la Champions League.

En una cancha central, donde nunca dejan de escucharse miles y miles de aplausos, será local un combinado celestial amado por llevar consigo la poesía indeleble de la tragedia. La muerte temprana duele más y dispara preguntas sin respuesta, pero también impide cualquier signo de deterioro: nos ahorra la imagen de la decadencia. Estos once despertaron ovaciones y arrancaron lágrimas a sus hinchas en la dolorosa hora de su partida, cuando el destino truncó sus trayectorias en pleno apogeo. Son once entre cientos que llegaron antes de tiempo a este paraíso de la pelota, pero bien podrían ser una selección -caprichosa como cualquier otra- de quienes compartieron ese sino agónico. Este cielo imaginario, con verde césped entre nubes de algodón, es el escenario perfecto para que le hagan otra gambeta al olvido.



José Gonzales Ganoza
33 años

Fue fiel al arco de Alianza Lima durante toda su carrera. Con el equipo grone fue campeón peruano en 1975, 1977 y 1978 y había sido parte del plantel que alzó la Copa América 1975 con la selección incaica.

El 8 de diciembre de 1987 Alianza Lima volvía después de vencer a Deportivo Pucallpa, pero el Fokker de la Marina de Guerra del Perú nunca aterrizó en la capital: una falla de la aeronave la precipitó al mar, a la altura de Ventanilla. Sólo el piloto se salvó, todo el equipo tuvo allí su triste final.

Entre los deudos que lloraban la tragedia estaba Peta, la hermana de Gonzales Ganoza, quien sostenía en brazos a su hijo Paolo. El pequeño no había llegado a ver a su tío en el arco aliancista, pero con los años pudo honrar a la casaca de la Selección Peruana. Paolo Guerrero, de él se trata, hizo las inferiores en el club auriazul y, aunque nunca jugó en un club de su país, sueña con terminar su carrera allí.


Eduard Dubinski
34 años

Figura en la zaga del CSKA Moscú, el ucraniano saltó al estadio Carlos Dittborn de Arica con la sigla CCCP en el pecho para debutar en la Copa del Mundo de 1962. Allí, en la tarde del 31 de mayo, empezaría su drama en el partido contra Yugoslavia: antes del descanso la URSS ganaba 1-0; Dubinski salía jugando desde el fondo, en una acción sin peligro alguno, cuando el delantero bosnio Muhamed Mujic le salió al cruce y con una violencia inusitada le produjo fractura expuesta de tibia y peroné en la pierna izquierda.

Pasado el Mundial, Dubinski se recuperó en Moscú y volvió a jugar en el CSKA, hasta 1964, año en el que pasó al KFK YuGV húngaro. La Selección ya había quedado atrás. Retornó a Ucrania en 1966 para sumarse al SKA Odessa y siguió dos temporadas más con la camiseta del Metallurg Lipetsk, en Rusia. Allí su carrera se terminó dolorosamente: tenía 33 años, podía seguir, pero aquella salvaje agresión de 1962 volvió a escena: la mala curación de la fractura le causó un sarcoma que tras varias cirugías derivó en la amputación de la pierna.

Estaba condenado a una silla de ruedas por el resto de su vida, pero fue por muy poco tiempo: el 11 de mayo de 1969 murió por las complicaciones derivadas de aquella falta asesina.


Andrés Escobar
27 años

Campeón de la Copa Libertadores 1989 con el legendario Atlético Nacional de Medellín, Escobar se ganó el título de “caballero del fútbol” por su corrección deportiva. Esa conducta intachable también la demostró en la asombrosa Selección Colombia que se lució en Italia '90 y que cuatro años después llegó a los Estados Unidos con un sobrevalorado cartel de favorita, tras humillar a Argentina en la Eliminatoria.

Aquella participación colombiana en USA '94 fue triste, con una despedida en primera ronda tras perder con los anfitriones. En una jugada sumamente desafortunada, Andrés marcó un gol en contra que, supuestamente, había ocasionado pérdidas en apuestas de varios capos del narcotráfico. Ese error fue su sentencia de muerte: de regreso a Medellín y mientras el Mundial seguía, el 2 de julio Escobar fue increpado en el estacionamiento de una discoteca por dos de estos sujetos pesados. Se inició una discusión que terminó cuando el chofer de los agresores bajó del auto y descargó su revólver en la cabeza de Andrés. Su novia, que lo acompañaba esa noche, lo llevó al hospital pero llegó sin vida.


Antonio Puerta
22 años

Creció en el barrio sevillano de Nervión, muy cerca del estadio Sánchez Pizjuán: como todos los chavales de su edad, jugó fútbol en las calles, después en un club pequeño hasta que llegó a edad de hacer las inferiores y se lo llevaron para el Sevilla FC.

Surgió de la misma camada que Sergio Ramos y Jesús Navas, y también fue convocado a la Selección Española en virtud de su zurda de diamantes, esa que pronto se convertiría en su apodo en boca de los aficionados andaluces.

El 25 de agosto de 2007 el destino le tenía tendida una trampa al ídolo sevillista: a los 28' del partido contra el Getafe, por la primera fecha de la Liga, Puerta sufrió un paro cardiorrespiratorio y se desplomó en la cancha. El serbio Ivica Dragutinovic le intentó sacar la lengua, para que no se la tragara. Lo reanimaron y dejó el campo caminando. Pero en los vestuarios padeció cinco desmayos más y fue trasladado al Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde le pusieron un respirador artificial. Casi tres días después del partido, murió por una displasia arritmogénica del ventrículo derecho. La muerte. La vida. El 21 de octubre su novia dio a luz a Aitor Puerta, el pequeño que el año pasado dio un saque de honor en el Sánchez Pizjuan. Vestía la camiseta 16 de su padre.


Abdón Porte
25 años

A comienzos de 1918 la Comisión Directiva de Nacional decidió poner a Alfredo Zibechi como volante central, lo que para Abdón Porte implicaba la pérdida de la titularidad. La decisión se basaba en que Porte había bajado su rendimiento. Esto fue algo que el ídolo del club montevideano no pudo asimilar. El Indio Porte no era cualquiera: tenía 25 años y con Nacional había ganado los campeonatos uruguayos de 1912, 1915, 1916 y 1917 además de haber integrado la selección que conquistó la Copa América 1917.

El 4 de marzo Nacional venció 3-1 al Charley y él cumplió una muy buena actuación. Como se acostumbraba, por la noche dirigentes y jugadores se reunieron en la sede del club para un pequeña celebración. Igual, sabía que su puesto en el mediocampo ya tenía un nuevo dueño. A la una de la madrugada del 5 de marzo Abdón dejó la fiesta y se subió a un tranvía que lo dejó a las puertas del Parque Central, su estadio, caminó hasta al centro de la cancha y se pegó un tiro en el corazón.

El 3 de abril iba a casarse con su novia. Al amanecer de ese frío martes el perrito del canchero encontró el cuerpo inerte de Porte, junto al revólver y una carta dentro de un sombrero de paja. Pedía que lo enterraran “en el cementerio de La Teja con Bolívar y Carlitos”. Se refería a los hermanos Bolívar y Carlos Céspedes, dos glorias de Nacional y de la selección uruguaya que en 1905 había caído víctimas de la epidemia de viruela.


Eliseo Mouriño
34 años

Hijo de un gallego y una vasca, Eliseo era tan porteño como el tango. Nacido en Mataderos y criado en San Cristóbal, estos populares barrios de Buenos Aires marcaron su identidad futbolera en los años '30: fineza con la pelota, visión de juego, don de liderazgo y códigos de amigo.

En 1946 debutó en la Primera de Banfield, el primer equipo chico que lideró un campeonato (en 1951 perdió una final de desempate con Racing). Eliseo era el estratega, un verdadero técnico dentro de la cancha. Boca Juniors se lo llevó en 1953 y fue titular indiscutido por ocho temporadas. Su tarea impecable con la 5 xeneize le abrió el camino a la Selección Argentina, con la que jugó 25 partidos y ganó dos veces la Copa América: 1955 y 1959.
Veterano ya, decidió que sus últimos años en el fútbol los pasaría en el recordado Green Cross. Pero apenas jugó un partido. De regreso de Osorno, donde habían enfrentado a una selección local por la Copa Chile, el 3 de abril el piloto del avión DC-3 de LAN avisó que tenía hielo en las alas y en la hélice. El frío aliento de la muerte acechaba entre las cumbres del Nevado de Longaví. La aeronave perdió el control y se estrelló en el cerro Lástimas, cerca de Linares. En medio del luto que envolvió al país, Mourinho se ganó una estrella en el panteón de las leyendas.


Marc-Vivien Foé
28 años

Quizá sea la muerte más escalofriante, porque el mundo la vio en directo: el 26 de junio de 2003 Camerún vencía 1-0 a Colombia en Lyon, Francia, por una semifinal de la Copa Confederaciones, cuando a los 71' Foé se desplomó en el círculo central; el colombiano Jairo Patiño, desesperado, fue el primero que lo ayudó. Ingresaron los paramédicos, intentaron reanimarlo boca a boca y con oxígeno. Lo sacaron en camilla y llegó vivo al hospital, pero minutos después se fue de este mundo. La autopsia determinó una “miocardiopatía hipertrófica”, una afección hereditaria.
Había surgido del Canon Yaoundé y pasó por distintos equipos de Francia e Inglaterra hasta recalar en el Manchester City, cuyos hinchas le dejaron balones a su tumba.

La Selección de Camerún siguió jugando esa Copa en memoria de su compañero. Tres días después, Francia se quedó con el trofeo al vencer a los africanos. Durante la ceremonia de premiación, el capitán francés Marc Desailly posó junto al plantel campeón sosteniendo un retrato de Foé.


Valentino Mazzola
30 años

Interior izquierdo y capitán del legendario Torino, es considerado uno de los mejores atacantes de la historia del calcio. Aquel equipo era reconocido como uno de los más fuertes de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial: venía de ganar cuatro ligas consecutivas entre 1946 y 1949. Aquel Torino era la base de la Selección Italiana, de la que Mazzola también era el capitán, el símbolo del equipo que aspiraba al tricampeonato mundial nada menos que en Brasil 1950. No pudo ser.

El 3 de mayo de 1949 el Torino jugó un amistoso contra el Benfica, en Lisboa. Durante el regreso a Turín, al día siguiente, una densa niebla los esperaba en el norte italiano. La pericia de los pilotos no fue suficiente para estabilizar el avión a ciegas y la nave se precipitó para estrellarse contra el muro trasero de la Basílica de Superga, en las cercanías de la ciudad de destino. No hubo sobrevivientes y la Federación Italiana les otorgó el título de la temporada 1948/49, que los tenía como punteros, a falta de cuatro fechas. Signo de esos tiempos, la medida fue impulsada por Inter, Milan y Juventus.
En Brasil, Italia se presentó con un equipo menguado y quedó afuera en primera ronda. Extrañaba a su 10, el mejor de todos los tiempos con la Squadra Azzurra.


David Arellano
24 años

Colo-Colo despertaba cada vez más interés en cada presentación de aquella gira de 1927. El 2 de mayo arrastró a una multitud en Valladolid, cuando se enfrentó a la Real Unión Deportiva en el campo anexo a la Plaza de Toros... Como una postal de época, los colocolinos salieron portando una bandera española; encabezados por Arellano, su capitán. La cordialidad se trasladó al juego, pero enseguida los locales se pusieron 2-0. La reacción no tardó: descontó Subiabre y el Negro González empató.

Los chilenos empujan para buscar la victoria; Pancho Arellano tira el centro, su hermano David salta a cabecear y choca en el aire con Hornia, el centrehalf. Una rodilla del español impacta en su vientre y él cae exánime. Un murmullo helado atraviesa la cancha. Arellano yace pálido, la camilla que entra, la ambulancia después, el silencio, el juego que se reanuda once contra diez... Colo-Colo ya no piensa en el partido.

Vuelven al Hotel Inglaterra, donde David agoniza. En la noche, las palabras del médico destrozaron el alma de la delegación: sólo se espera el final, de nada valdría una operación, sería un milagro que se recupere de esa peritonitis traumática. Las horas pasan. Valladolid amanece, pero no despierta. Porque no durmió. Tampoco él, con los ojos entrecerrados y en un solo quejido. Implora una operación que lo salve. Buscan a otro médico. No hay consuelo. David pide un sacerdote para confesarse. Y se va.

Pasaron casi nueve décadas, pero en cada grito de gol, en cada alegría, Colo-Colo lleva sobre su corazón el luto perpetuo en memoria del querido David Arellano.


Roberto Batata
26 años

Había convertido un gol para Cruzeiro en la visita a Alianza Lima por la Copa Libertadores 1976 y apenas regresó a Belo Horizonte, aunque estaba cansado, tomó su Chevette para aprovechar el día libre: ese 14 de mayo, ansioso por reencontrarse con su esposa y su hijo, manejó su auto con rumbo a Tres Corações.

Nunca llegó. Un accidente en la ruta se llevó a este brillante puntero derecho cuyo nombre verdadero era Roberto Monteiro. Un manto de tristeza envolvió a Brasil, que admiraba su juego veloz y habilidoso.

Dos meses y medio después de su partida, Cruzeiro vencía a River Plate 3-2 en Santiago y conquistaba por primera vez la Copa Libertadores. Tras el pitazo final del árbitro chileno Alberto Martínez, todos los jugadores mineiros formaron un círculo y oraron por su memoria. Nunca un campeón de la Libertadores estuvo tan presente como él en la noche santiaguina. La emoción y las lágrimas enmarcaron la entrega del trofeo.

Hoy, su estrella de campeón post mortem brilla tanto como la Cruz del Sur que engalana el pecho del equipo Guerreiro dos Gramados.


Matthias Sindelar
35 años

Al mando de la Selección Austríaca era considerado el mejor jugador del mundo en esos años '30. Pero en marzo de 1938 el III Reich invadió Austria y Adolf Hitler pretendió que los mejores solistas de esa orquesta apodada Wunderteam se pusieran la casaca alemana con la cruz swastika en el pecho e hicieran el repugnante saludo nazi. Sindelar se negó.

El Führer organizó un ‘amistoso’ para celebrar el Anschluß, la ‘unificación’: Alemania (con los mejores jugadores del Wunderteam) contra Ostmark (Austria reducida a una provincia). Hasta el árbitro fue alemán. Sindelar sabía que si ganaba ante los ojos de Hitler, estaría en problemas. Pero a veces el hombre prefiere ser leal a su corazón: Matthias jugó el mejor partido de su vida y marcó el primer gol del 2-0 ante la escuadra nazi. Lo ‘invitaron’ nuevamente a jugar el Mundial 1938 para Alemania, pero volvió a decir No. Entró a las listas negras… Los nazis ofrecieron recompensa a quien lo delatara. Junto a su novia, tuvieron que esconderse. La persecución se hizo insoportable. Los judíos encarcelados eran llevados a campos de concentración; el futuro era negro.

Todo se hubiera 'resuelto' poniéndose la camiseta alemana, pero el deseo de ser digno fue más fuerte. El holocausto estaba por comenzar, pero él no lo iba a conocer. El 23 de enero de 1939 la policía nazi encontró los dos cuerpos en su departamento; el monóxido de carbono de la estufa defectuosa hacía al aire irrespirable. ¿Suicidio o asesinato? Nunca se supo. Para su funeral, unos 15 mil vieneses desafiaron al terror y acompañaron a Matthias y a Camila hasta el cementerio.

viernes, 19 de julio de 2019

Eduard Dubinski, mártir mundialista

En 1954 el ucraniano Eduard Dubinski (Едуард Дубинський en ucraniano o אדוארד דבּנסקי, tal su nombre judío) arrancó su carrera como primer defensor central en el Lokomotiv Kharkiv, el equipo de su ciudad natal. Al año siguiente pasó al ODO Kiev, en 1956 al ODO Sverdlovsk hasta que en el '57 se incorporó al CSKA Moscú, en la capital soviética.

En 1961, sus actuaciones en el CSKA le abrieron las puertas a la Selección de la URSS, la misma que un año antes se había quedado con la primera edición de la Eurocopa al derrotar en la final a Yugoslavia. El gran desafío apuntaba a Chile, donde se realizaría la Copa del Mundo 1962. Pero allí empezaría su drama personal.

Yashin detiene la llegada de
Erkovicha. A la izquierda,
Dubinski y Neto.
En la tarde del 31 de mayo la ciudad de Arica esperaba por el debut de la Unión Soviética contra los yugoslavos, un partido que desde el día del sorteo se había promocionado como una revancha de la final de la Eurocopa. Si se anhelaba una exhibición entre el poderío soviético y la magia con el balón de los balcánicos, la realidad fue totalmente opuesta. Ese fue el primer capítulo violento de un certamen marcado por los golpes y el juego sucio. La URSS ganaba 1-0. Antes del descanso, Dubinski salía jugando desde el fondo, en una acción sin peligro alguno, cuando el delantero bosnio Muhamed Mujic le salió al cruce y con una violencia inusitada le quebró la tibia y el peroné de la pierna izquierda.

Viktor Kanevskyi y Lev
Yashin lo levantan.
El árbitro alemán Albert Dusch no vio la agresión, tampoco sus linesmen, por lo que Mujić, quien además era el capitán, no fue expulsado. Pero, indignados, fueron los propios yugoslavos quienes decidieron echarlo de la cancha. La delegación lo mandó de regreso a su país. Mujić no volvería a vestir nunca más la camiseta de la selección, pero Dubinski era llevado al hospital, con su impresionante fractura expuesta.

Los golpes siguieron y el georgiano Slava Metreveli, de la URSS, terminó con 12 puntos de sutura. Los soviéticos ganaron 2-0 y el formidable arquero Lev Yashin salvó el resultado en dos disparos de Dragoslav Sekularac y Milan Galić.

Pasado el Mundial, Dubinski se recuperó en Moscú y volvió a jugar en el CSKA, hasta 1964, año en el que pasó al KFK YuGV húngaro. La Selección ya había quedado atrás. Retornó a Ucrania en 1966 para sumarse al SKA Odessa y siguió dos temporadas más con la camiseta del Metallurg Lipetsk, en Rusia. Allí su carrera se terminó dolorosamente: tenía 33 años, podía seguir, pero aquella salvaje agresión de 1962 volvió a escena: la mala curación de la fractura le causó un sarcoma (una forma de cáncer) que tras varias cirugías derivó en la amputación de la pierna.

Estaba condenado a una silla de ruedas por el resto de su vida. Pero fue por muy poco tiempo. El 11 de mayo de 1969, a los 34 años murió por complicaciones derivadas de aquel fault asesino de Mujić.
Sus restos descansan en el sector 23 del cementerio Vagankovsky de Moscú. Nunca le faltan flores.