miércoles, 7 de junio de 2017

Me van a tener que disculpar

Eduardo Sacheri y uno de los relatos más extraordinarios y emocionantes sobre los goles de Diego Maradona a Inglaterra en la Copa del Mundo México 1986:

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos. Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.

Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”. Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por dejar que los ingleses tuvieran todavía los otros días de su vida para tratar de olvidarse de ese, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida.


jueves, 25 de mayo de 2017

Tribunas al ritmo de la violencia

Artículo publicado en la revista chilena De Cabeza, en abril de 2016
Por PABLO ARO GERALDES

Si el fútbol de América canta al ritmo de la Argentina, habrá que agradecerle (o culpar) a la globalización. Los canales de cable primero, e Internet después, desplegaron por el continente -y más allá también- las melodías que se entonan en los estadios de Buenos Aires, Córdoba y Rosario.

La historia, eso sí, se remonta varias décadas para atrás. Hasta comienzos del siglo pasado, cuando surgió de Nacional de Montevideo el primer “hincha”, una palabra que se extendió rápidamente por todo el Río de la Plata. No sólo se trataba de ver el partido y desear la victoria de los colores amados, también se podía “jugar”, influenciar en el ánimo de los jugadores, vivándolos, alentándolos. Así aparecieron en Buenos Aires los primeros cantitos, estrofas que hoy podrían entonar los niños de jardín de infantes.

Sin registros sonoros más precisos que la tradición oral de nuestros abuelos, las primeras melodías que sonaron en aquellas tribunas de madera se remontan a la década de 1920, cuando en tono de copla murguera los simpatizantes de Boca Juniors se enorgullecían de las virtudes de su portero Américo Tesoriere:

Tenemos un arquero que es una maravilla,
ataja los penales sentado en una silla 

La inocencia era evidente, y cantar era más una entretención para los asistentes que una voz que provocara a la hinchada rival. La caballerosidad imperaba en los estadios por entonces y, aunque la entrega y la garra siempre fueron valoradas, el verdadero orgullo de los aficionados estaba en ganar con armas nobles. El lirismo que hoy se recuerda de tanto en tanto, por entonces era moneda corriente.

Los años '30 y la Guerra Civil Española trajeron al puerto de Buenos Aires a miles y miles de trabajadores de la madre patria que buscaron un nuevo porvenir, lejos de la sombra del franquismo. Identificados principalmente con San Lorenzo de Almagro y con Independiente, los gallegos, vascos, catalanes, etc., contagiaron entre los porteños el vals Niña hermosa, que pronto empezó a sonar en las tribunas con un retoque en su letra para homenajear al delantero Mario Boyé, de Boca:

Yo te daré, te daré niña hermosa
te daré una cosa
una cosa que empieza con B
¡Boyé! 

Por su parte, los aficionados de River Plate no quisieron quedarse atrás con su ídolo Ángel Labruna, y la multitud coreaba:

La gente ya no fuma
pa' ver al gran Labruna 

Con el tiempo, la abstinencia de tabaco casi se convierte en huelga de hambre; en 1950 llegó un nuevo crack desde Uruguay:

La gente ya no come 
pa' ver a Walter Gómez 

En la vereda del frente, cuando en 1947 se popularizó el vals Desde el alma, las multitudes adaptaron la poesía de su letra en una letanía monocorde que podía sonar un partido entero:

Y dale, y dale, dale Boca
y dale, y dale, dale Booo… 
Y dale Booo
y dale, dale Booo… 

Del candor de aquellos valsecitos se pasó a una picardía que empezaba a sonrojar a madres y abuelas, pero que conservaba un rasgo de inocencia; empezaban las “cargadas”, esa manera tan argentina de la burla. Cuando en 1966 River perdió la Copa Libertadores ante Peñarol, los archi-rivales boquenses le adosaron el mote de Gallinas (Gashinas, según la pronunciación exacta de los porteños). Aunque hoy los hinchas de River lo enarbolan con orgullo, por entonces era un motivo de gran vergüenza, y hacia esa humillación iban dirigidos los cantos de la tribuna:

Cuide señora su gallinero
porque esta noche vamo' a afanar
una gallina para el puchero
porque mañana tenemos que morfar
Y el domingo vamo' a ver a Boca
a ver a Boca, de corazón
porque este año desde La Boca
desde La Boca salió el nuevo campeón 

Las bromas riverplatenses encontraban revancha cuando los fuertes vientos del sudeste subían el nivel del Río de la Plata y las calles de la ribera se anegaban:

La Boca, La Boca La Boca se inundó
y a todos los bosteros la mierda los tapó 

Los años '60 renovaron el repertorio de las canchas con adaptaciones de los temas más populares de Palito Ortega, Chico Novarro, Rubén Mattos y muchos cantantes que se subían a la masividad de la televisión. Pero la creciente violencia política de esos tiempos se empezó a trasladar pronto a las tribunas. Mientras el fenómeno de las barras bravas encontraba su caldo de cultivo y aparecían los primeros muertos en el fútbol (un hincha de Quilmes abatido por otros de Atlanta en 1962, y el asesinato de un simpatizante de Racing a manos de barras de Huracán en 1967) las expresiones orales de las gradas también hacían eco de los tiempos que corrían. La entonación de la Marcha Peronista era una provocación que los militares en el poder no podían controlar: cuando el peronismo estuvo proscripto (1955-1972), las canchas de fútbol fueron un paréntesis para expresiones de libertad que fuera de las tribunas hubieran valido una condena a la cárcel, cuando no la tortura y la muerte. 

Los tiempos violentos, el clima espeso del final de aquella dictadura se escuchaba también en las tribunas del fútbol. En 1970, la parcialidad canaya cantaba en Rosario:

¡Qué lindo, qué lindo,
qué lindo que va a ser,
Central campeón del mundo 
y Perón que va a volver 

Tres años después, ya bajo la presidencia democrática de Héctor Cámpora y con Juan Domingo Perón de vuelta en el país, por Parque de los Patricios los hinchas de aquel súper Huracán de César Luis Menotti entonaban:

Lo dice el Tío,
lo dice Perón, 
hacete del Globo
que sale campeón

Perón fue elegido presidente por tercera vez en las urnas y Huracán ganó su primer título en el profesionalismo. Había retornado la democracia pero no la paz. La violencia política impregnaba su tono al resto de las actividades sociales y el fútbol no quedó de lado, claro. Las consignas de las tribunas se empezaron a tornar violentas. Ya no sólo valía alentar a los propios, también se había hecho común amedrentar a los rivales, despreciarlos, insultarlos. La popular canción No vamo' a trabajar (de Rodolfo Zapata) se transformó en una amenaza para los hinchas de Racing que cruzaban el Riachuelo que separa Avellaneda de La Boca:

Miércoles sí, me voy a ver a Boca
corrimo' a la Academia y los vamos a matar
que aprendan a nadar, los vamos a matar 

La violencia y la discriminación fueron encarnándose en el discurso del núcleo más pesado de las barras, naturalizándose enfermizamente hasta rebasar su ámbito y transformarse en canciones que entonaba toda la tribuna. Así, un médico, un maestro o un empleado bancario se encontraban el domingo cambiándole la letra a la festiva melodía Vos sos un caradura, de Palito Ortega:

Ya todos saben que La Boca está de luto
son todos negros
son todos putos 

El lenguaje había perdido esa compostura de antaño. No importaba que atrás estuviera la “tribuna de damas”, ni que al lado un padre llevase sobre sus hombros a un chiquito: insultos y agravios de todo tipo nutrieron los versos populares. Cualquier jingle de televisión empezó a repetirse en las canchas con su aditivo soez. Canciones infantiles, temas de rock y hasta marchas militares tuvieron su versión tribunera, rebosante de palabrotas, garabatos, puteadas...

Así, cuando en el verano de 1982 todos coreaban hasta el hartazgo el jingle Bobby, mi buen amigo para poner fin al abandono de mascotas en las rutas, los de San Lorenzo retocaron la letra para revivirla en las canchas de la B, luego del descenso de 1981:

Cuervo, mi buen amigo
esta campaña volveremo' a estar contigo
Te alentaremos de corazón
esta es tu hinchada que te quiere ver campeón 

El hit se convirtió en un himno tribunero, con una contagiosa alegría que pronto se terminaría con la Guerra de Malvinas. Ese mismo año, con unos meses de diferencia, la dictadura difundió una canción de un niño que le escribía una carta a su hermano que iba al frente de batalla contra los ingleses, pero el respeto y la emoción que producía la melodía original se diluyó cuando La Doce, como empezó a conocerse a la hinchada de Boca, la transmutó en:

Vale diez palos verdes se llama Maradona
y todas las gallinas me chupan bien las bolas 

No importaba nada. En los '80 se había desatado un duelo de “ingenio” por la “adaptación” de los temas musicales más populares. Fue el momento en que tomó su protagonismo estelar la hinchada de San Lorenzo, la número uno en los copyrights de este ranking de picardía. A los ya conocidos ingredientes de violencia y discriminación, agregó uno nuevo: la droga. Las tribunas comenzaron a vanagloriarse de fumar marihuana, y tomar vino y cocaína. El tema Me lo dijo una gitana (Katunga) revivió como:

Me lo dijo una gitana
me lo dijo con fervor
o largás la marihuana
o te vas para el cajón 

Sin embargo, cuando el riverplatense Ramón Centurión fue sancionado por doping positivo en 1986, los mismo hinchas que hacían una apología de las drogas saltaron sin problemas al bando hipócrita:

Centurión, Centurión, Centurión 
Centurión necesita la falopa 
y Alonso una pija, o un consolador 
che Gallina, la puta que te parió 

Lo llamativo es que semejante diatriba se entonaba al ritmo de Argentina es nuestro hogar, una canción interpretada con fines benéficos por decenas de artistas, inspirada en la dulce We are the world compuesta para la campaña USA for Africa. No se respetaba ningún código.

Las amenazas llegaban también a los propios jugadores, a través de la transformación de una bella canción que interpretaba la galesa Bonnie Tyler: It's a heartache. La romántica melodía se transformó en una advertencia que atemorizaba:

Jugadores,
la concha de su madre
a ver si ponen huevos
que no juegan con nadie 
 
Enseguida, las hinchadas empezaron a cantarle a los muertos que sumaban los rivales, en esa lógica de barrabrava en la que los desafíos para pelear empezaban a ser la razón de estar, el ámbito de pertenencia al club, dejando a los jugadores en un humilde segundo plano. Fue el momento en que se pudrió todo y apareció en escena una nueva generación atraída por el discurso del éxito a cualquier precio de los años '90: los hinchas de la hinchada, jóvenes que ya no tenían por ídolos a los cracks de la pelota, sino a los más bravos de esa turba de delincuentes en que se habían convertido las barras.

La cumbia, tan sonora y alegre, era el nuevo ritmo con el que se retaban a duelo, repasaban a los “caídos en combate”, arremetían contra la policía y elevaban los nombres de los líderes de las barras hasta el estrellato. Había comenzado la triste “cultura del aguante”. Por ejemplo, el carnavalesco Meu amigo Charlie Brown pasó a ser:

Oh, no tenés aguante 
Oh, oh, oh, oh 
Oh, no tenés aguante 
Rojo puto, vigilante

Pero los '90 también trajeron la masividad de la TV por cable, y las canciones que hasta entonces se transmitían de boca en boca, de estadio en estadio, pronto pudieron ser copiadas en toda la Argentina, en toda América. Nocivo producto de exportación, junto al colorido ingenio de las letras adaptadas de Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes, Fito Páez, Gilda o los Redondos, viajaba inmerso el discurso de la xenofobia, el machismo más abyecto, la discriminación sexual y la violencia como medio de ascenso en el mundo de las barras. Lo llamaron aguante, y es una manzana podrida que viaja escondida en cada caja de exportación.

Uruguay, Chile y Paraguay, primero. Perú, Colombia y México, después. En la actualidad ya no extraña oír las versiones argentinas en estadios de Israel, Grecia o Japón.

La Copa del Mundo 2014 sirvió de escenario para que algunos (muchos) hinchas argentinos lustraran el bronce de su pedantería y arrogancia, cuando mutaron el bello Bad Moon Rising de Creedence Clearwater Revival en un ofensivo:

Brasil, decime qué se siente
tener en casa a tu papá 
Te juro, que aunque pasen los años
nunca nos vamos a olvidar 
que el Diego los gambeteó 
y el Cani los vacunó 
Estás llorando desde Italia hasta hoy 
A Messi lo vas a ver 
la Copa nos va a traer 
Maradona es más grande que Pelé

Como “los boludos son como las hormigas, están en todos lados” (Maradona dixit) este himno albiceleste tuvo una nueva versión para la Copa América Chile 2015, en la que se redobló el mal gusto y se lanzó al cesto de la basura la pregonada hermandad latinoamericana:

Chile, decime qué se siente
saber que se te viene el mar 
Te juro que aunque te tape el agua 
nunca te vamos a ayudar 
Porque vos sos un traidor, vigilante y botón 
en la guerra nos vendiste por cagón 
Por acá no vengas más 
ojalá te tape el mar 
que te ayuden los ingleses a nadar

Viene la Copa América del Centenario y este canto tendrá una nueva versión. Y la seguirá teniendo en cada torneo, contrastando la magnificencia del fútbol argentino con la pobreza en la que se va sumergiendo una masa enorme de sus hinchas. Un modelo que todos copian, pero que –créannos– lleva por mal camino.
Ilustración: Diegolan

lunes, 24 de abril de 2017

El fútbol en las Islas Comoras


La Unión de las Comoras, o simplemente las Comoras, Comores o Comoros, es un país formado por tres islas en el sureste de África, en el océano Índico, entre el norte de Madagascar y el norte de Mozambique.

Estas islas son Gran Comora (Ngazidja), Mohéli (Mwali) y Anjouan (Nzwani), mientras que la vecina isla de Mayotte (Mahore), reclamada por Comoras, sigue perteneciendo a Francia.

En 1979 se conformó la Fédération Comorienne de Football (FCF), con sede en Moroni, la capital. En 2003 se afilió a la Confederación Africana de Fútbol y dos años más tarde fue aceptada como miembro pleno de la FIFA. También pertenece a la Union des associations de football arabe (UAFA) y al Council of Southern Africa Football Associations (COSAFA).

De cara a la Copa del Mundo Rusia 2018, Comoras fue eliminada por Ghana, pero se constituyó en una de las positivas sorpresa de la eliminatoria.

El 2010 fue un año de crecimiento para el fútbol comorano, coronado por la presencia de Joseph Blatter, entonces presidente de la FIFA, para la inauguración de la nueva sede de la federación. Al respecto se refirió Tourqui Salim, presidente de la FCF: "La visita de Blatter a Moroni ha promocionado a nuestro país. Y el partido frente a Mozambique (derrota por sólo 0-1) dio la imagen de credibilidad que tiene nuestro fútbol. Incluso a nivel nacional, las actividades futbolísticas marcaron el año".
Tourqui Salim junto a Joseph Blatter
Además de la presencia del máximo dirigente de la FIFA, Tourqui Salim recibió el apoyo de Michel Platini, quien presidía la UEFA, y de directivos de países con mayor experiencia en el continente, como Argelia y Costa de Marfil.

Algunas estadísticas del fútbol comorano:
Primer partido: Mauricio 3-0 Comoras (26/8/1979, en La Reunión).
Mejor resultado: Comoras 4-2 Djibouti (17/12/2006, en Yemen).
Peor resultado: Mauricio 6-1 Comoras (31/8/1979, en La Reunión).
Último partido oficial: Comoras 1-0 Botswana (24/3/2016, en Moroni).
En próximo partido de la Selección Comorana será ante Libia (el 5/6/2011) por la eliminatoria a las Copas Africanas de Naciones 2012 y 2013.

A nivel interno, la competencia más importante es el Championnat des Comores, seguida Coupe des Comores. Coin Nord es el equipo con más títulos del país, con 6 conquistas, la primera de ellas en 1979/80, la temporada inaugural.
Coin Nord, el club más exitoso
de las Islas Comoras.
El actual campeón es el Volcan Club de Moroni.
Históricamente ligada a Francia, los principales futbolistas de las Comoras desarrollaron sus carreras en aquel país. El más reconocido fue Hamada Jambay, quien en los años '90 vistió las camisetas de Olympique de Marseille y Toulouse.
En la actualidad, algunos de los comoranos destacados son Djamel Bakar (Montpellier, Francia) y El Fardou Ben Nabouhane (Levadiakoso, Grecia). La selección es dirigida por Amir Abdou.

En los Juegos del Océano Índico tuvo sus mejores resultados en las ediciones de 1979 y 1985, cuando alcanzó el tercer lugar.
La ubicación del archipiélago y la
última camiseta de la Selección.
Agradecimiento a Mariyatta Abdou Chacour, secretario general de la FCF por la atención y la información.