viernes, 18 de noviembre de 2016

65 años de fútbol por TV

Hace 65 años la televisión argentina se metía por primera vez en una cancha de fútbol. Con esas imágenes pioneras de San Lorenzo y River Plate comenzaba una unión que se convertiría en inseparable. El primer goleador de la pantalla chica, un camarógrafo improvisado y una historia que no para de crecer.

Publicado en la revista El Gráfico, en noviembre de 2011 (en ocasión de los 60 años)
Por PABLO ARO GERALDES / Ilustración: FERNANDO DELMONTE


En la tarde soleada del 18 de noviembre de 1951, del relato de Ernesto Veltri no surgió ninguna frase memorable ni nacieron muletillas pegadizas. Tampoco en los comentarios de Enzo Ardigó y Raúl Goro, quienes lo acompañaban en la transmisión, pero había algo especial en la narración de aquel San Lorenzo-River: junto a sus voces, unos mil trescientos hogares porteños recibieron por primera vez las imágenes televisadas de un partido de fútbol. Eran pocos, comparados con las 70 mil personas que colmaban el viejo Gasómetro, pero fueron testigos privilegiados de una novedad tecnológica que no conocería límites en su crecimiento.
LR3 Radio Belgrano TV. En marzo de 1956 cambiaría
su nombre por LS82 TV Canal 7.
Un mes antes, el 17 de octubre, el balcón de la Casa Rosada y la voz de Eva Perón se habían convertido en la primera transmisión televisiva de la Argentina. Todo gracias a la visión de Samuel Yankelevich, el hombre que introdujo la televisión al país y que en esa 33ª fecha (la penúltima del campeonato) dirigió la transmisión desde el inmenso camión de exteriores estacionado en Avenida La Plata al 2000. Extraño modelo de colectivo habrán pensado algunos hinchas, desprevenidos, pero era el móvil que él y su padre Jaime habían traído desde los Estados Unidos, junto a la antena, los cables, las cámaras y todo lo necesario para crear lo que se llamó LR3 Radio Belgrano TV y luego se convirtió en Canal 7.
Don Jaime era un inmigrante búlgaro que en los años 20 había creado “Casa Yankelevich”, su empresa dedicada a la importación y armado de radios. Cuando comenzaron a emitir las primeras “estaciones de radiodifusión”, fundó Radio Belgrano, en 1923. En ese 1951, los Yankelevich estaban decididos a hacer historia, no solo con los medios electrónicos de comunicación, estaban escribiendo la primera página vinculada al deporte.


Pero volvamos a Boedo. Muchos no repararon en ese camión ni en los cables que salían de él, preocupados por mojar un pañuelo y anudarlo en la cabeza, para soportar la tarde de primavera que se despachaba con una temperatura de 35 grados. Tampoco se detuvieron a observar las tres cámaras (dos desde el borde de la cancha y una desde lo alto de la platea) que apuntaban al campo de juego. Era muy importante el clásico y estaba en juego la punta del torneo como para fijarse en detalles. River llegaba a esa penúltima jornada con 40 puntos, dos menos que el líder Banfield, que tenía fecha libre, y uno menos que Racing, que visitaba a Atlanta en Villa Crespo. Era la oportunidad para ese equipo con nombres rutilantes, como Vernazza, Amadeo Carrizo, Walter Gómez, Labruna o Félix Loustau...

UNA MARAVILLA
En la humedad del vestuario, un joven sanjuanino que hacía poco había llegado de su provincia, esperaba por su debut en la Primera de San Lorenzo. No podía creer la cantidad de gente que había en Boedo, pero no estaba nervioso. Y lo demostró a los diez minutos del encuentro, cuando superó con un cabezazo no muy lucido a Héctor Ferrari y al gran Amadeo Carrizo para meterse en la historia; no porque se haya convertido en ídolo de la hinchada azulgrana, sino porque el suyo fue el primer gol captado por la televisión argentina.

José Maravilla
“Yo ni sabía que se iba a televisar, y aquel día estaba pendiente del debut y no recuerdo haber visto ninguna cámara; es que había tanta gente que no se podía notar”, recordó décadas después José Maravilla, aquel entreala derecho que anotó el primer gol que surcó el éter, como decían los speakers por esos tiempos. Maravilla, que murió hace dos años, había dialogado con El Gráfico hace una década, cuando el fútbol y la televisión celebraban sus bodas de oro:

-¿En ese momento significó algo especial el gol o solamente fue tomando importancia con el paso de los años?
-Ni sabíamos... Ese día fue un partido más. Esto del primer gol lo supe años después, hablando con Amadeo en la cancha de Los Andes, porque en una revistita de Lomas de Zamora había salido algo. Ahí nos enteramos juntos de que ese era el primero televisado y que nosotros éramos los protagonistas.

Como no existía el videotape, Maravilla nunca pudo ver su gol. La única posibilidad por entonces la daban las cámaras cinematográficas de Sucesos Argentinos, ese memorable noticiero que hacía de aperitivo para las películas en el cine. Pero el que tampoco lo vio fue el camarógrafo que enfocaba la tribuna desde arriba, un muchacho que hacía menos de un mes había entrado a trabajar al canal, llamado Nicolás del Boca y que más tarde se convertiría en un exitoso director de cine y televisión, sobre todo dirigiendo a su hija, Andrea del Boca.

Nicolás iba a ser asistente de cámara principal en aquella transmisión, que tomaba el partido desde la mitad de la cancha, en lo alto de la popular. Pero el destino quiso que terminara siendo el cameraman. “Eduardo Celasco, uno de los camarógrafos, bajó a comer algo antes de que comenzara el partido y yo me quedé cuidando la cámara. Claro, la popular se fue llenando y en un momento no cabía ni una aguja. Cuando Celasco quiso subir, la multitud no lo dejó y tuve que manejar la cámara yo”, recuerda Del Boca, y cuenta: “en la tribuna, los hinchas preguntaban qué era la cámara, querían saber. En la calle Florida habían puesto varios televisores y se juntó gente. Fue una necesidad comercial, nosotros no teníamos mucho conocimiento. Si hubiéramos tenido consciencia no se habría hecho televisión en el país, pero en esa época todo era posible”.
Y sigue: “En un momento perdí de vista a la pelota y enfoqué el arco de River. Unas milésimas de segundo después, Maravilla hizo un gol. Se dijo que la tv había visto primero el gol, antes que los hinchas, pero fue pura suerte”. A los 30 del segundo tiempo, Vernazza empató, de penal, y selló el 1-1.

Pese al debut auspicioso en esa tarde histórica, aquella fue la única vez que Del Boca comandó una cámara en un estadio. River no pudo alcanzar a Banfield y a Racing, que terminaron definiendo el título en un desempate. Pero esa es otra historia.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El primer gol de Diego Maradona


El 14 de noviembre de 1976, en Mar del Plata, Diego Maradona convirtió a los 42 minutos del segundo tiempo su primer gol oficial con la camiseta de Argentinos Juniors, un zurdazo cruzado frente a San Lorenzo, de esa ciudad. Dos minutos después convertiría otro tanto más, ambos al arquero Rubén Alberto Lucangioli.

Las imágenes remiten al viejo estadio San Martín y a un partido que concluyo con victoria 5-2 para el cuadro de La Paternal: Carlos Álvarez anotó los otros tres tantos del conjunto visitante. Apenas 1355 espectadores pagaron su entrada aquella tarde.

Por la 11ª fecha de Nacional, con la camiseta número 15 Maradona reemplazó a Giordano y el partido cambió el rumbo. "En el segundo tiempo, ingresó en Argentinos el juvenil Maradona, y allí cambió la fisonomía del vencedor. El ingresante fue el gestor de los continuos avances de su equipo. Maradona completó su tarde excepcional convirtiendo los dos últimos tantos", decía la crónica del diario Clarín. Su colega Segundo César Cheppi del diario La Capital escribió: “La entrada del juvenil Diego Maradona tuvo una importancia decisiva y dio muestras de su tremenda  habilidad e inteligencia...”.

Diego había debutado el 20 de octubre, a diez días de cumplir 16 años, frente a Talleres, de Córdoba. De ese encuentro, en el que también ingresó en la segunda mitad, se recuerda un caño a Juan Domingo Cabrera, aunque fue derrota por 0-1. Luego Maradona jugó como titular contra Newell's Old Boys y Ferro Carril Oeste y como suplente ante Huracán de Comodoro Rivadavia.

El segundo, por encima del arquero Lucaglioli.

FICHA
San Lorenzo (Mar del Plata) 2: Lucangioli, Casariego, Fortunato, Moreno, y F. Aquino, C. Martínez, Larroquet y Mascareño; Galay, Eresuma y Miccio. DT: Benicio Acosta
Argentinos Juniors 5: Munutti, Roma, Gette, Fusani y Minutti: Fren, Di Donato y Giordano; J. López, C. Alvarez y Hallar. DT: Jorge Enrico.
Goles: PT: 16' Carlos Alvarez; 33' Norberto Eresuma. ST: 15' y 25' C. Alvarez, 28' Miccio, 42' y 45' Maradona.
Cambios: Segundo tiempo: inicio Maradona por Giordano; 20' Montres de Oca por Casariego y Capra por Galay (S.Lorenzo); 43' Ingaramo por Fren.
Árbitro: Jorge Galve.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Todos éramos del Napoli

El fútbol era otro. Italia era la meca del fútbol mundial a la que solamente accedía un puñado de figuras de primerísimo nivel mundial: Platini, Elkjaer-Larsen, Boniek, Falcao... y se sumó Maradona. No había lugar para jugadores de segundo orden, estrellas de países emergentes ni pasaportes italianos que aparecían mágicamente. Para jugar en el calcio había que ser un crack en serio.

El fútbol era otro. Nosotros éramos otros. Adolescentes encantados con la magia de Diego, inmediatamente sumamos nuestra adhesión al Napoli a la que ya teníamos por el Barcelona. El Milan tenía un cuadro espectacular, la Juventus desplegaba un fútbol impresionante, el Inter imponía su presencia en cualquier estadio, pero nosotros no nos sumábamos a los carros triunfales, simplemente nos hicimos del Napoli por amor a él.


A mediados de los ’80 no se podía ser argentino sin ser del Napoli. Esa camiseta celeste, tan poco acostumbrada a los éxitos, convocaba desde la presencia de Diego. El modesto equipo del sur de Italia no proponía el mismo brillo que las grandes squadras del norte, pero tenía a Maradona, como un alquimista que podía materializar los sueños más imposibles.
Lejos estaba el periodismo en aquellos años de escuela secundaria, en los que el fútbol invadía todos los espacios de conversación. Los interminables debates entre compañeros de Boca y de River, de Independiente y de Racing, de San Lorenzo y todos los demás encontraban un nuevo punto de hermandad semanal: todos éramos del Napoli.

No había todavía televisión por cable, pero uno de los canales de Buenos Aires transmitía cada domingo el fútbol italiano. Y entonces, muchas horas antes de que nuestros equipos salieran a la cancha, cuando el fútbol se jugaba completamente en domingo, dejábamos el desayuno familiar, la misa en la Iglesia o los paseos tradicionales: allí estábamos todos frente al televisor, como tifosi napolitanos a once mil kilómetros del estadio San Paolo esperando una gambeta, una locura de Diego, un gol para gritarlo hasta la afonía. No importaba si la transmisión traía las imágenes de Milan-Udinese, allí estaríamos todos esperando que sonaran las trompetas con el anuncio “Napoli in vantaggio” para alegrarnos como si se tratase de un gol de nuestro equipo de siempre.

El Mundial de México selló para siempre nuestro amor con Diego Maradona. Si aquella selección pudo conquistar la Copa del Mundo a partir del brillo del número 10, la Serie A invitaba a soñar con una hazaña igual. ¿Podría aquel limitado equipo del Napoli llegar a la cumbre del calcio? ¿Era posible para el modesto Napoli superar a los poderosos equipos del norte? Solamente sería posible si Diego desplegaba todo su talento, y allí, detrás de sus gruesa figura estábamos todos los jóvenes argentinos, empujando a esa escuadra napolitana que llevaba los mismos colores que la bandera nacional.

No había estallado la globalización, no existía internet ni había canales deportivos. La revista El Gráfico traía imágenes y reportajes exclusivos desde Italia, que leíamos y atesorábamos con devoción religiosa. Pero no era suficiente. Ahí empezaban las peripecias para conseguir el póster que nadie tenía, escribir cartas a Italia para intercambiar material con aficionados de allí, hasta que descubrimos un kiosco (solamente uno) que traía a Buenos Aires la revista Guerin Sportivo. Era carísima, pero íbamos cada semana a comprarla para tener ese material que ningún chico argentino tenía.

Aprendimos a leer en italiano gracias a esa publicación y a la necesidad de tener más de Diego, de querer estar más cerca del Napoli.

Adornábamos nuestras carpetas escolares con fotos de Guerin Sportivo, antes de “estudiar” sus páginas con muchísima más dedicación que los libros de historia y geografía. Sabíamos todo del calcio: podíamos precisar la defensa del Atalanta, decir los nombres de los 16 estadios de la Serie A, marcar al Avellino en un mapa o recordar el fixture del Empoli, el Verona o el Como. Nos transformamos en eruditos del fútbol italiano, pero especialmente del Napoli.

Cuando el primer Scudetto se hizo realidad, la mañana del 10 de mayo de 1987, “estuvimos” todos en el San Paolo, contra la Fiorentina. Lo festejamos unidos como solamente la Selección Argentina había podido juntarnos, un año antes.
Solo en mi cuarto, en ese madrugador horario de los domingos y varios años antes de empezar mi carrera en el periodismo, salté de alegría junto a los napolitanos, me arrodille junto a la cama a implorar ante el póster de Maradona, grité en cada jugada y sufrí con sudor helado hasta que el árbitro marcó el final, sabiendo que un pedazo grande de esa gloria tenía el sello argentino. La explosión de felicidad fue allá como una erupción del Vesubio... aquí, como una repetición de la gloria del 86. No existía otro tema. Terminado el partido, los vecinos salían a la calle a compartir su alegría, a enorgullecerse por el compatriota que era portador de festejos a los más humildes de Italia.

Aquel domingo, horas después, cada uno en la tribuna de su club de siempre, había un solo tema de conversación que sobrepasaba a Boca, Vélez o Newell’s Old Boys: Diego lo había hecho de nuevo. Así como nos había llenado de gloria en el estadio Azteca, él había llevado a la cima al humilde equipo de Nápoles para ponerlo por arriba de los poderosos del calcio. Esa victoria la sentimos como propia, como el más napolitano devoto de San Genaro. La festejamos en nuestras calles bonaerenses, como si se tratase de la Gallería Umberto I, la Via San Gregorio Armeno o la zona de Fuorigrotta, donde se alza el estadio San Paolo.

No importaba la distancia en aquellos años. La felicidad venía importada de Italia gracias a Diego Maradona, cuando todos éramos del Napoli.

martes, 1 de noviembre de 2016

Argenchinos

Inmigración asiática a la Argentina, simpatías despertadas en el lejano oriente por la celeste y blanca o simple amor desde las antípodas, no son pocas las imágenes que unen a los hinchas de China, Japón y Corea con el fútbol más argento:





¿Entrenando con la celeste y blanca?

Imperdible: el video del chino que interpreta "La mano de Dios", de Rodrigo: