miércoles, 20 de mayo de 2026

Daniel Onega, el máximo goleador de una Copa Libertadores

El 20 de mayo de 1966 el delantero Daniel Onega abrió el marcador en el tercer partido de la final de la Copa Libertadores que enfrentaba a River Plate con Peñarol. Ese fue su 17° gol en aquella edición del torneo, una cifra que nadie pudo alcanzar en las 60 temporadas que siguieron del máximo torneo de clubes de Sudamérica.


Era "el Pibe Onega" en aquel 1966 en el que apareció en la Primera de River Plate, o "el hermano de Ermindo", el 10 que era la estrella del equipo. Pero Daniel enseguida iba a mostrar su impronta propia, a puro gol. 

A los 13 años había llegado de Las Parejas, Santa Fe, cuando su familia decidió trasladarse a Buenos Aires para acompañar la carrera de Ermindo. Hizo las inferiores en River de la mano del maestro Renato Cesarini, el mismo que le dio su espacio para afianzarse en Primera a los 20 años.

En 1966 la Copa Libertadores había ampliado su formato: además de los campeones comenzaron a participar los subcampeones, con lo cual pasó de 10 equipos a los 17 que participaron. La fase de grupos que antes era de 4 partidos, creció hasta 10, más 6 de la ronda semifinal... River Plate fue el que más encuentros disputó: 20. Con ese incremento de calendario de competición, el entrenador decidió afrontar el campeonato local con los titulares y en la Copa alternar a los suplentes y juveniles. Ahí fue cuando llegó la hora del debut para el más chico de los Onega:"El primer partido de la Copa era el primer partido del año, el 10 de febrero, y justamente contra Boca, en el Monumental. Hasta último momento Cesarini no me decía nada; me llama y me dice: 'Tito, mira que vas a jugar vos'... Él me tuteaba porque me tenía desde pibe. Y se ve que me habré puesto pálido porque me dijo 'Mirá que si estás asustado no te pongo'. Al final le ganamos 2-1, con goles de Sarnari y Bayo, y yo empecé a afianzarme".

Cinco días después, River venció 2-1 en Venezuela al Deportivo Lara, con dos goles de Daniel Onega, que apareció como un "fantasma" goleador y así le nació el apodo.

Dos días después, en Caracas, otro gol en el triunfo sobre Deportivo Italia. A la otra semana, en Perú uno más en el empate con Universitario y otro para ganarle a Alianza Lima. Terminó febrero con 5 goles en la Copa y marzo arrancó con todo: en Buenos Aires, River goleó 5-0 a Universitario y él metió tres. Uno más de local contra Alianza Lima y completó la decena personal con un tanto en la victoria porteña sobre Deportivo Italia.

En la ronda semifinal convirtió cinco durante abril: uno cuando River le ganó a Guaraní en Paraguay, dos contra Independiente en Núñez y otros dos a Guaraní en la vuelta. Como River e Independiente terminaron igualados en puntos, tuvieron que ir a un desempate: en el Gasómetro el Pibe Onega abrió el marcador para ganar 2-1 y enfrentarse a Peñarol, que lo esperaba en la final.

El primer partido, en el Centenario, terminó 2-0 para los montevideanos. La revancha en el Monumental él anotó el primero de River en el triunfo 3-2 que obligó a un tercer encuentro, dos días más tarde en Santiago. Aquel viernes 18 de mayo de 1966 Daniel Onega anotó el primer gol, el 17° personal en una campaña que no pudo coronarse con el trofeo porque Peñarol dio vuelta el partido y se impuso 4-2 en el alargue.

La tristeza de la derrota no le hizo reparar en el dato: sus 17 goles se convertían en la cifra más alta de las siete ediciones disputadas hasta entonces. Aquí el detalle:

1️⃣ Caracas, 15-2-1966: a Dep. Lara
2️⃣ Caracas, 15-2-1966: a Dep. Lara
3️⃣ Caracas, 17-2-1966: a Dep. Italia
4️⃣ Lima, 23-2-1966: a Universitario
5️⃣ Lima, 26-2-1966: a Alianza Lima
6️⃣ Buenos Aires, 2-3-1966: a Universitario
7️⃣ Buenos Aires, 2-3-1966: a Universitario
8️⃣ Buenos Aires, 2-3-1966: a Universitario
9️⃣ Buenos Aires, 8-3-1966: a Alianza Lima
1️⃣0️⃣ Buenos Aires, 10-3-1966: a Dep. Italia
1️⃣1️⃣ Asunción, 6-4-1966: a Guaraní 
1️⃣2️⃣ Buenos Aires, 19-5-1966: a Independiente
1️⃣3️⃣ Buenos Aires, 19-4-1966: a Independiente
1️⃣4️⃣ Buenos Aires, 21-4-1966: a Guaraní
1️⃣5️⃣ Buenos Aires, 10-5-1966: a Independiente
1️⃣6️⃣ Buenos Aires, 18-5-1966: a Peñarol
1️⃣7️⃣ Santiago, 20-5-1966: a Peñarol


-¿Era difícil hacerse un lugar con el apellido Onega? Las comparaciones con Ermindo estarían muy presentes...
-Yo tenía un juego totalmente distinto al de mi hermano: Ermindo fue un jugador excepcional y yo tenía otra característica más con llegada al gol, pero igual siempre estaba la comparación. Entonces uno por ahí se enojaba, decía: "No, júzguenme como Daniel Onega y no como el hermano de Ermindo". Pero eso me ayudó mucho porque, al margen de Ermindo, de tenerlo encima al lado, yo jugaba de 9 y él de 10. Y la mayoría de los compañeros que tuve en primera división me ayudaron muchísimo tanto dentro como fuera de la cancha. No fue fácil la entrada, pero después, con el tiempo, me fui acomodando y adaptando un poquito más.

-Su carta de presentación en ese 1966 fue inmejorable: goleador de la Libertadores y esos 17 tantos que aún hoy, 60 años después, nadie pudo alcanzar.
-No, no, todavía no. Yo creo que no soy envidioso, tendré otros defectos, pero me gustaría seguir teniendo el récord aún cuando ya no esté, porque igual hasta ahora nadie estuvo muy cerca de llegar a esa cantidad de goles. Hay que empezar del primer partido y llegar a la final, eh. Pero a la marca de los 17 goles no se le dio tanta importanca en ese momento, se le da más por ahí hoy que en entonces, ¿no?

Los hermanos Daniel y Ermindo Onega.
-Aquel River es señalado como el equipo que no podía alcanzar el título, que durante 18 años de sequía, y a usted le tocó transitar justamente ese período. Sin embargo, a cada uno de los equipos se los reconoce por su juego. ¿Qué tenía aquella camada a la que usted llega con Cesarini y luego sigue con Ángel Labruna?
-Bueno, River siempre se caracterizó por ser un equipo que más que lindo jugaba bien. Porque a veces una cosa es jugar lindo pero no se es productivo, ¿no es cierto? River siempre tuvo grandes jugadores. Yo cuando empecé a jugar tenía a Luis Cubilla, mi hermano, a Pinino Más, Luis Artime, Roberto Matosas, Sarnari, Jorge Solari, Juan Guzmán, Abel Vieitez, Amadeo Carrizo en el arco, que uno miraba, estaba durante el partido, miraba para el arco de y lo veía a Amadeo y pensaba "¿Cómo le hacen un gol a este?", no podemos perder. Para mí que fue el mejor arquero de de todos los tiempos, de los que vi. Eh, yo tuve la suerte de jugar también con Fillol, con Gatti, pero para mí Amadeo está un un peldaño un poquito más arriba.

-También lo tuvieron por unos meses a Juan Carlos Lorenzo y luego a José D'Amico...
-Sí, tuvimos una mala experiencia con el Toto, que venía de dirigir a la selección en el Mundial del 66, pero estuvo solamente tres meses, porque tenía una forma de de interpretar el fútbol y de manejar el vestuario que no cuajó en el grupo nuestro. Él quería hacer un sistema de juego distinto al que estábamos acostumbrados y los resultados no nos acompañaron. Y después vino D'Amico, que había sido campeón con Boca: un gran técnico, un gran profesor, porque José hacía las dos funciones. Él en principio era propagador físico y hacía de físico y de técnico. Y bueno... para el '68 llegó Labruna, porque River buscó un hombre del club como Ángel. Claro, ahí sí, ahí buscó a alguien que estaba identificado porque además él como los Onega éramos hinchas de River desde pibes. Entonces yo digo siempre que si tenés la suerte de jugar o dirigir el club del que sos hincha, lo vivís de otra manera, lo sentís de otra manera. Ángel era hincha de River a muerte, de toda la vida. Era un entrenador que sabía cuál era la filosofía y el gusto del paladar del hincha de River. Siempre trató de conseguir jugadores que se adaptaran a ese tipo de juego. Y además era un gran motivador, sabía elegir muy bien y era te respaldaba mucho porque él no era de hacer cambios continuos. Si el equipo tenía una falla, la corregía, pero vos te sentías seguro con él en la cancha porque sabías que si hacías una mala jugada no tenías que mirar al banco a ver si alguno se estaban moviendo para entrar en tu lugar. Sabías que Ángel te respaldaba y eso creo que fue una de las grandes virtudes que tenía Labruna.

-Hoy, 60 años después de aquel River, usted sigue siendo socio y amigo de Luis Artime. ¿Qué tenía ese grupo de hombres que quizá hoy por la dinámica de los mercados de pases es imposible sostener más allá de una temporada?
-Fundamentalmente, tenía un gran grupo humano y además tuvimos la suerte también de tener grandes entrenadores que al margen de lo futbolístico sabían manejar muy bien el grupo. Porque es importante tener bien el vestuario. Uno a veces, yo veo ahora, por ejemplo leo lo que pasa en el Real Madrid, el vestuario está mal, se agarran dos atrompadas porque hay un problema y eso repercute después en el campo de juego. Nosotros teníamos una amistad. Yo me acuerdo que en esa época, antes que incluso de que yo jugara, todavía estaba en las inferiores pero yo ya compartía con ellos, porque una semana se juntaban cinco o seis de los más grandes en la casa de mi hermano, otra semana en la casa de Artime, otra cosa en la casa de Vladislao Cap y con sus mujeres y había una relación muy linda. Cuando vos tenés una amistad con alguien así tan importante, después dentro de la cancha parece que te defendés mucho más entre todos; porque no queres que tu amigo -al margen de compañero- que a tu amigo le pase algo y todo eso. Era para bien. Yo creo en un grupo. Porque si yo pierdo tres a dos, pero porque hice los dos goles me voy contento, eso no sirve. Ganamos 2 a 0, no hice ni un gol, pero estoy feliz porque ganamos. O sea, que eso es lo que suma en un plantel. Lamentablemente habían usado una palabra que caía mal porque decían, "son una camarilla"... No, no es camarilla, es una amistad que después se refleja en la cancha, pero te tildaban de "camarillero" porque se juntaban y porque iban a comer juntos a la casa de uno o de otro. Y yo creo que eso era era muy importante para el grupo. Ojalá en los grupos de hoy pudiera pasar eso. Antes también se hablaba mucho de cuando uno iba a arreglar un contrato, un compañero te decía: "Mira, yo arreglé esto, yo arreglé lo otro"... hoy me parece que es todo más individual, cada uno hace lo suyo.

Onega y Renato Cesarini tuvieron una relación histórica en el fútbol argentino, ya que el entrenador ítalo-argentino fue quien lo probó en las inferiores de River Plate, lo moldeó como jugador y lo hizo debutar en la primera. El maestro murió en 1969, y cinco de sus ex jugadores lo homenajearon de la mejor manera: los hermanos Eduardo y Jorge "Indio" Solari, Luis Artime y los hermanos Onega, fundaron en Rosario el Club Renato Cesarini, el 15 de enero de 1975.
Renato Cesarini 1981, con Daniel Onega (abajo, segundo desde la izquierda)

Martín Demichelis, Javier Mascherano, Javier Gandolfi, Fabián Cubero, Andrés Guglielminpietro, Pablo Piatti, Alejandro Saccone, Santiago, Esteban y Augusto Solari, Roberto Sensini y Joaquín Correa son algunos de los que llevaron la impronta del Club Renato Cesarini.

-Qué recuerda del maestro Cesarini?
-Por sobre todas las cosas elegía siempre jugadores de buen pie y jugadores inteligentes. Porque yo digo siempre que prefiero un jugador inteligente a un habilidoso, porque el inteligente sabe cuándo tiene que jugar a un toque, cuándo tiene que meter una pelota de 40 metros, cuándo tiene que jugar hacia atrás, cuándo tiene que lateralizar... Por ejemplo, si uno en la mitad de la cancha tiraba un túnel o un sombrero, él se enojaba. Ahora me decía: "Tiralo adentro del área, tirá túneles, tirá sombrero, porque si te sale quedás mano a mano con el arquero, pero en la en en en la mitad de la cancha te la quitan por un lujo, agarrás a todo el equipo saliendo y te meten en contragolpes y es un gol. Entonces, esa es la inteligencia también de saber dónde, en qué lugares de la cancha uno puede hacer qué tipo juego.

Después de haber marcado 119 goles con River Plate en 253 partidos entre 1966 y 1973 (con un paréntesis de un préstamo a Racing, en 1972), siguió su carrera en el Córdoba español y en Millonarios, de Bogotá, Colombia. Pero River fue siempre su casa. Tanto que 2002 volvió, para hacerse cargo de la captación de chicos que nutren la cantera, una tarea que desempeña hasta hoy.

Aunque no pudo festejar un campeonato con River Plate, luce entre sus logros estar en el Top-10 de goleadores históricos del club, en el noveno puesto... y ser el máximo goleador argentino en la Copa Libertadores, con 31 goles, una marca hacechada por Lucas Pratto, que tiene 30 y juega esta edición del torneo sudamericano con Coquimbo Unido, de Chile.

Gracias, Daniel Onega, por la visita a la 
Escuela Maradona Menotti

sábado, 16 de mayo de 2026

El primer partido de cada clásico del fútbol argentino

Diez clásicos especiales, de cuando todavía no eran clásicos... los primeros de cada uno en la máxima división del fútbol argentino.

Por PABLO ARO GERALDES

En algunos casos ya se conocían del barrio, de desafíos, se habían enfrentado en ligas menores o en el camino a la Primera División. Aquí compilo el primer enfrentamiento oficial entre cada uno de los llamados "Cinco Grandes" en la élite del fútbol argentino. Pronto se volvieron "clásicos" y once décadas después atraen la máxima atención de la Liga Profesional.

4 de junio de 1911 en River Plate
River Plate 3-1 Racing
Goles: 24' Donato Abbatángelo (RP)
            40' Adriano Bergogne (RP),
            41' Antonio Ameal Pereyra (RP)
            62' Natalio Perinetti (R)


24 de agosto de 1913 en Racing (local Boca)
Boca Juniors 1-2 River Plate
Goles: 27' Cándido García (RP)
            46' Antonio Ameal Pereyra (RP)
            78' Marcos Mayer (BJ)


7 de septiembre de 1913 en Estudiantes (local Boca)
Boca Juniors 1-0 Racing 
Gol: 43' Enrique Bertolini (BJ)


11 de abril de 1915 en Independiente
Independiente 1-1 Boca Juniors
Goles: 12' Nicolás Cappeletti (I)
            15' Enrique Colla (BJ)
Incidencia: Secundino Miguens (I) atajó un penal a Francisco Roldán a los 30'.


11 de abril de 1915 en Ferro Carril Oeste (local San Lorenzo)
San Lorenzo de Almagro 0-1 River Plate
Gol: 83' Arturo Chiappe (penal) (RP)


16 de mayo de 1915 en Ferro Carril Oeste (local San Lorenzo)
San Lorenzo de Almagro 1-4 Racing
Goles: 48'' Clemente Comaschi (R)
            2' Federico Monti (SL)
            39' Juan Hospital (R)
            57' Alberto Ohaco (penal) (R)
            67' Alberto Ohaco (R)


23 de mayo de 1915 en Independiente
Independiente 3-0 San Lorenzo de Almagro
Goles: 28' Nicolás Cappelletti (I)
            30' Aníbal Arroyuelo (penal) (I)
            67' Nicolás Cappeletti (I).
Incidencia: Arroyuelo (I) desvió un penal.


23 de junio de 1915 en River Plate
River Plate 3-0 Independiente
Goles: 46' Nicolás Rofrano (RP)
            55' Arturo Chiappe (penal) (RP)
            85' Cándido García (RP)


7 de noviembre de 1915 en Boca Juniors (Wilde)
Boca Juniors 5-0 San Lorenzo de Almagro
Goles: 20' Alberto Coll (en contra) (BJ)
            35' Francisco Taggino (BJ)
            42' Luis Galeano (BJ)
            75' José Coll (en contra) 
            77' José Coll (en contra) (BJ)


12 de diciembre de 1915 en Racing
Racing 1-2 Independiente
Goles: 10' Alberico Zabaleta (I)
            55' Nicolás Cappeletti (I)
            88' Nicolás Vivaldo (R)
Independiente perdió los puntos por haber incluido en su equipo a Victorio Capelletti, quien estaba inhabilitado

jueves, 14 de mayo de 2026

Roberto Batata campeón post mortem de la Copa Libertadores

Artículo publicado en conmebol.com
Por PABLO ARO GERALDES

El 14 de mayo de 1976 falleció trágicamente Roberto Batata, brillante puntero derecho del Cruzeiro. Había convertido un gol en la visita a Alianza Lima por la Copa Libertadores y, apenas regresó a Belo Horizonte, aprovechó el día libre, manejó su Chevette con rumbo a Tres Corações. "Estaba cansado, pero también ansioso por reencontrarse con su esposa Denize y su hijo Leonardo", comentaron sus compañeros. Un accidente en la ruta causó una enorme tristeza en Brasil, que admiraba su juego veloz y habilidoso.

Su descubridor João Crispim lo había llevado al Cruzeiro. Tostão, el gran ídolo del club azul, quedó encantado con su fútbol en 1971. Promovido junto a Palhinha, fue tetracameón mineiro. A Roberto Monteiro, tal su veradero nombre, Cispim lo llamaba Batatinha (en español Papita) por su gusto por las papas fritas y el cariñoso apodo le quedó para siempre.

Dos meses y medio después de su triste partida, Cruzeiro vencía a River Plate 3-2 en Santiago de Chile y conquistaba por primera vez la Copa Libertadores. Tras el pitazo final del árbitro chileno Alberto Martínez, todos los jugadores mineiros formaron un círculo y oraron por su memoria. Nunca un campeón de la Libertadores estuvo tan presente como él en la noche santiaguina. La emoción y las lágrimas enmarcaron la entrega del trofeo.

Hoy, su estrella de campeón post mortem brilla tanto como la Cruz del Sur que engalana el pecho del equipo Guerreiro dos Gramados.

Pura emoción. Pitazo final del árbitro Alberto Martínez, Cruzeiro es campeón de América y dedica la consagración a la memoria de Roberto Batata.

miércoles, 13 de mayo de 2026

El hincha, por Mempo Giardinelli

El 29 de diciembre de 1968, el Club Atlético Vélez Sarsfield derrotó al Racing Club por 4-2. A los noventa minutos de juego, el puntero Omar Webbe marcó el cuarto gol para el equipo vencedor que, diez segundos después, se clasificaba Campeón Nacional de fútbol por primera vez en su historia.


A la memoria de mi padre, que murió sin ver campeón a Vélez Sarsfield.
Por Mempo Giardinelli

-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! -gritaba Fioravanti.

-¡Gol! ¡Golazo, carajo - saltó Amaro Fuentes, golpeándose las rodillas frente al radiorreceptor.
Había soñado con ese triunfo toda su vida. A los sesenta y cinco años, reciente jubilado de correos y todavía soltero, su existencia era lo suficientemente regular y despojada de excitaciones como para que sólo ese gol lo conmoviera, porque lo había esperado innumerables domingos, lo había imaginado y palpitado de mil modos diferentes. Nacido en Ramos Mejía, cuando todo Ramos era adicto al entonces Club Argentinos de Vélez Sarsfield, Amaro estaba seguro de haber aprendido pronunciar ese nombre casi simultáneamente con la palabra "papá", del mismo modo que recordaba que sus primeros pasos los había dado con una pequeña pelota de trapo entre los pies, en el patio de la casona paterna, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril, cuando todavía existían potreros y los chicos se reunían a jugar al fútbol hasta que poco a poco, a medida que se destacaban, iban acercándose al club para alistarse en la novena división. 

Ya desde entonces, su vida quedó ligada a la de Vélez Sarsfleld (de un modo tan definitivo que él ignoró por bastante tiempo), quizá porque todos quienes lo conocieron le auguraron un promisorio futuro futbolístico sobre todo cuando llegó a la tercera, a los diecisiete años, y era goleador del equipo; pero acaso su ligazón fue mayor al morir su padre, un mes después de que le prometieron el debut en Primera, porque tuvo que empezar a trabajar y se enroló como grumete en los barcos de la flota Mihanovich y dejó de jugar, con ese dolor en el alma que nunca se le fue, aunque siempre conservó en su valija la camiseta con el número nueve en la espalda, viajara donde viajara, por muchos años, y aún la tenía cuando ascendió a Primer Comisario de abordo, en los buques que hacían la línea Buenos Aires-Asunción-Buenos Aires, y también aquel día de mayo de 1931, cuando el "Ciudad de Asunción" se descompuso en Puerto Barranqueras y debieron quedarse cinco días, y él, sin saber muy bien por qué, miró largamente esa camiseta, como despidiéndose de un muerto querido y decidió no seguir viaje, de modo que desertó y gastó sus pocos pesos en el Hotel Chanta Cuatro; después vendió billetes de lotería, creyó enamorarse de una prostituta brasileña que se llamaba Mara y que murió tuberculosa, trabajó como mozo en el bar La Estrella y se ganó la vida haciendo changas hasta que consiguió ese puestito en el correo, como repartidor de cartas en la bicicleta que le prestaba su jefe.

Desde entonces, cada domingo implicó, para él, la obligación de seguir la campaña velezana, lo que le costó no pocos disgustos: durante casi cuarenta años debió soportar las bromas de sus amigos, de sus compañeros del correo; de la barra de La Estrella, porque en Resistencia todos eran de Boca o de River; y cada lunes la polémica lo excluía porque los jugadores de Vélez no estaban en el seleccionado, nunca encabezaban las tablas de goleadores, jamás sus arqueros eran los menos vencidos, y Cosso, goleador en el '34 y en el '35, Conde en el '54, Rugilo, guardavallas de la Selección (quien se había erigido como héroe mereciendo el apodo de "El León de Wembley"), eran sólo excepciones. La regla era la mediocridad de Vélez y lo más que podía ocurrir era que se destacara algún jugador, el que, al año siguiente, seria comprado, seguramente, por algún club grande. Y así sus ídolos pasaban a ser de Boca o de River. Y de sus amigos, de sus compañeros de barra.

Claro que había retenido algunas satisfacciones: en 1953, por ejemplo, el glorioso año del subcampeonato, cuando el equipo termino encaramado al tope de la tabla, solo detrás de River. O aquellas temporadas en que Zubeldía, Ferraro, Marrapodi en el arco, Avio, Conde formaban equipos más o menos exitosos. Todos ellos pasaron por la Selección Nacional: Ludovico Avio estuvo en el Mundial de Suecia, en 1958, y hasta marcó un gol contra Irlanda del Norte. Amaro había escuchado muy bien a Fioravanti, cuando relató ese partido desde el otro lado del mundo, y se imaginó a Avio vistiendo la celeste y blanca, admirado por miles y miles de rubios todos igualitos, como los chinos, pero al revés, y por eso no le importó que a Carrizo los checoslovacos le hicieran seis goles, total Carrizo era de River.

Amaro podía acordarse de cada domingo de los últimos treinta y siete años porque todos habían sido iguales, sentado frente a la vieja y enorme radio, durante casi tres horas, en calzoncillos, abanicándose y tomando mate mientras se arreglaba las uñas de los pies. Entonces, no se transmitían los partidos que jugaba Vélez, sólo se mencionaba la formación del equipo, se interrumpía a Fioravanti cada vez que se convertía un gol o se iba a tirar un penal, y al final se informaba la recaudación y el resultado. Pero era suficiente.

Todos los lunes a las seis menos cuarto, cuando iba hacia el correo, compraba El Territorio en la esquina de la Catedral y caminaba leyendo la tabla de posiciones, haciendo especulaciones sobre la ubicación de Vélez, dispuesto a soportar las bromas de sus compañeros, a escuchar los comentarios sobre las campañas de Boca o de River.

Genaro Benítez, aquel cadetito que murió ahogado en el río Negro, frente al Regatas, siempre lo provocaba:

-Che, Amaro, ¿por qué no te hacés hincha de Boca, eh?
-Calláte, pendejo -respondía él, sin mirarlo, estoico, mientras preparaba su valija de reparto, distribuyendo las cartas calle por calle, con una mueca de resignación y tratando de pensar en que algún día Vélez obtendría el campeonato. Se imaginaba la envidia de todos, las felicitaciones, y se decía que esa sería la revancha de su vida.

No le importaba que Vélez tuviera siempre más posibilidades de ir al descenso que de salir campeón. Cada año que el equipo empezaba una buena campaña, Amaro era optimista, y se esforzaba por evitar que lo invadiera esa detestable sensación de que inexorablemente un domingo cualquiera comenzaría la debacle, la que, por supuesto, se producía y le acarreaba esas profundas depresiones, durante las cuales se sentía frustrado, se ensimismaba y dejaba de ir a La Estrella hasta que algún buen resultado lo ayudaba a reponerse.

Un empate, por ejemplo, sobre todo si se lograba frente a Boca o a River, le servía de excusa para volver a la vereda de La Estrella y saludar, sonriente, como superando las miradas sobradoras, a los integrantes de la barra: Julio Candia, el Boina Blanca, el Barato Smith, Puchito Aguilar, Diosmelibre Giovanotro y tantos otros más, la mayoría bancarios o empleados públicos, solterones, viudos algunos, jubilados los menos (sólo los viejitos Ángel Festa, el que se quejaba de que en su vida nunca había ganado a la lotería, aunque jamás había comprado un billete; y Lindor Dell'Orto, el tano mujeriego que fue padre a los cincuenta y siete años y no encontró mejor nombre para su hija que Dolores, con ese apellido), pero todos solitarios, mordaces y crueles, provistos de ese humor acre que dan los años perdidos.

En ese ambiente, Amaro no desperdiciaba oportunidad de recordar la historia de Vélez. Podía hablar durante horas de la fundación del club, aquel primero de enero de 1910, o evocar el viejo nombre, que se usó hasta el '23, y ponerse nostálgico al rememorar la antigua camiseta verde, blanca y roja a rayas verticales, que usaron hasta el '40 y que todavía guardaba en su ropero.

No le importaban las pullas, el fastidio ni los flatos orales con que todos, en La Estrella, acogían sus remembranzas. Como sucedió en el '41, cuando Vélez descendió de categoría y Diosmelibre sentenció "Amaro, no hablés más de ese cuadrito de Primera B", y él se mantuvo en silencio durante dos años, mortificado y echándole íntimamente la culpa al cambio de camiseta, esa blanca con la ve azul, a la que odió hasta el '43, una época en la que las malas actuaciones lo sumieron en tan completa desolación que hasta dejó de ir a La Estrella los lunes, para no escuchar a sus amigos, para no verles las caras burlonas.
Pero lo que más le dolía era sentirse avergonzado de Vélez. Tan deprimido estuvo esos años, que en el correo sus superiores le llamaron la atención reiteradamente, hasta que el señor Rodríguez, su jefe, comprendió la causa de su desconsuelo. Rodríguez, hincha de Boca y hombre acostumbrado a saborear triunfos, se condolió de Amaro y le concedió una semana de vacaciones para que viajara a Buenos Aires a ver la final del campeonato de Primera B.

Era un noviembre caluroso y húmedo. Amaro no bajaba a la Capital desde aquella mañana en la que abordó el "Ciudad de Asunción", rumbo al Paraguay, para su último viaje. La encontró casi desconocida, ensanchada, más alta, más cosmopolita que nunca y casi perdida aquella forma de vida provinciana de los años veinte. No se preocupó por saludar al par de tías a quienes no veía desde hacía tanto tiempo, y durante cinco días deambuló por el barrio de Liniers, recordando su niñez, rondando la cancha de Villa Luro, y el viernes anterior al partido fue a ver el entrenamiento y se quedó con la cara pegada al alambrado, deseoso de hablar con alguno de los jugadores, pero sin atreverse. Le pareció, simplemente, que estaba en presencia de los mejores muchachos del mundo, imaginó las ilusiones de cada uno de ellos, los contempló como a buenos y tiernos jóvenes de vida sacrificada, tan enamorados de la casaca como él mismo, y supo que Vélez iba a volver a Primera A.

Aquel domingo, en el Fortín, las tribunas comenzaron a llenarse a partir de las dos de la tarde, pero Amaro estuvo en la platea desde las once de la mañana.

El sol le dio de frente hasta el mediodía y el partido empezó cuando le rebotaba en la nuca y él sentía que vivía uno de los momentos culminantes de su existencia. Se acordó de los muchachos del correo, de la barra de La Estrella, de todos los domingos que había pasado, tan iguales, en calzoncillos, pendiente de ese equipo que ahora estaba ante sus ojos.

Le pareció que todo Resistencia aguardaba la suerte que correría Vélez esa tarde. De ninguna manera podía admitir que alguno deseara una derrota. Lo cargaban, sí, pero sabía que todos querrían que Vélez volviera jugar en la A al año siguiente.

Miró el partido sin verlo, y lloró de emoción cuando el gol del chico ése, García, aseguró el triunfo y el ascenso de Vélez. Y cuando salió del estadio tenía el rostro radiante, los ojos brillosos y húmedos, las manos transpiradas y como una pelota en la garganta; pero la pucha Amaro, un tipo grande, se dijo a sí mismo, meneando la cabeza hacia los costados, y después pateó una piedra de la calle y siguió caminando rumbo a la estación, bajo el crepúsculo medio bermejo que escamoteaban los edificios, y esa misma noche tomó La Internacional hacia Resistencia.

Desde entonces, cada domingo, Amaro se transportaba imaginariamente a Buenos Aires, era un hombre más en la hinchada, revivía la tarde del triunfo, se acordaba del pibe García y lo veía dominar la pelota, hacer fintas y acercarse a la valla adversaria. Y todas las tardes, en La Estrella, cada vez que se discutía sobre fútbol, Amaro recordaba:
-Un buen jugador era el pibe García. Si lo hubiesen visto. Tenía una cinturita...
O bien:
-¿Una defensa bien plantada? Cuando yo estuve en Buenos Aires...

Y cuando los demás reaccionaban:
-¡Qué me hablan de Boca, de River, de tal o cual delantera, si ustedes nunca los vieron jugar!
A medida que fueron pasando los años, Amaro Fuentes se convirtió en un perfecto solitario, aferrado a una sola ilusión y como desprendido del mundo. La vejez pareció caérsele encima con el creciente malhumor, la debilidad de su vista, la pérdida de los dientes y esa magra jubilación que le acarreó una odiosa, fatigante artritis y el reajuste de sus ya medidos gastos. Como nunca había ahorrado dinero, ni había sentido jamás sensualidad alguna que no fuera su amor por Vélez Sarsfield, su vida continuó plena de carencias y nadie sabía de él más que lo que mostraba: su cuerpo espigado y lleno de arrugas, su pasividad, su estoicismo, su mirada lánguida y esa pasión velezana que se manifestaba en el escudito siempre prendido en la solapa del saco, más con empecinamiento que con orgullo porque carajo, decía, alguna vez se tiene que dar el campeonato, ese único sobresalto que esperaba de la vida monótona, sedentaria que llevaba y que parecía que sólo se justificaría si Vélez salía campeón. Y quizás por eso aprendió a ver la esperanza en cada partido, confiado en que su constancia tendría un premio, como si alcanzar el título fuera una cuestión personal y él no estuviera dispuesto a morir sin haberse tomado una revancha contra la adversidad porque, como se decía a sí mismo, si llevé una vida de mierda por lo menos voy a morirme saboreando una pizca de gloria.

Casualidad o no, la campaña de Vélez Sarsfield en 1968 fue sorprendente. Tras las primeras confrontaciones, Amaro intuyó que ése sería el esperado gran año. Desde poco después de la sexta fecha, la escuadra de Liniers se convirtió en la sensación del torneo, y las radios porteñas comenzaron a transmitir algunos partidos que jugaba Vélez, en los clásicos con los equipos campeones, lo que para Amaro fue una doble satisfacción, puesto que también sus amigos tenían que escuchar los relatos y sólo se sabía de Boca o de River por el comentario previo o por la síntesis final de la jornada, como antes ocurría con Vélez, y éstas si son tardes memorables, gran siete, pensaba Amaro mientras tomaba un par de pavas de mate y hasta se cortaba los callos plantales, que eran los más difíciles, confiado en que sus muchachos no lo defraudarían.

Era el gran año, sin duda, y la barra de La Estrella pronto lo comprendió, de modo que todos debían recurrir al pasado para sus burlas. Pero a Amaro eso no le importaba porque le sobraban argumentos para contraatacar: los riverplatenses hacía diez años que salían subcampeones, los boquenses estaban desdibujados, y todos envidiaban a Willington, a Wehbe, a Marín, a Gallo, a Luna y a todos esos muchachos que eran sus ídolos.

-Goooooooool de Velesárfiiiiiilllllll!
La voz de Fioravanti estiraba las vocales en el aparato y Amaro, llorando, sintió que jamás nadie había interpretado tan maravillosamente la emoción de un gol. Vélez se clasificaba, por fin, campeón nacional de fútbol, tras cumplir una campaña significativa: además de encabezar las posiciones, tenía la delantera más positiva, la defensa menos batida, y Carone y Wehbe estaban al tope de la tabla de goleadores.
Pocos segundos después de ese cuarto gol, cuando Fioravanti anunció la finalización del partido, Amaro estaba de pie, lanzando trompadas al aire, dando saltitos y emitiendo discretos alaridos. Dio la tan jurada vuelta olímpica alrededor de la mesa, corrió hacia el ropero, eligió la corbata con los colores de Vélez y su mejor traje y salió a la calle, harto de ver todos los años, para esa época, las caravanas de hinchas de los cuadros grandes, que recorrían la ciudad en automóviles, cantando, tocando bocinas y agitando banderas.
Caminó resueltamente hacia la plaza, mientras el crepúsculo se insinuaba sobre los lapachos y las cigarras entonaban sus últimas canciones vespertinas, y frente a la iglesia se acercó a la parada de taxis, eligió el mejor coche, un Rambler nuevito, y subió a él con la suficiencia de un ejecutivo que acaba de firmar un importante contrato.

-Hola, Amaro -saludó el taxista, dejando el diario.
-A recorrer la ciudad, Juan, y tocando bocina -ordenó Amaro- Vélez salió campeón.
Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón galopándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el aguinaldo, pero carajo, se justificó, el campeonato me ha costado una espera de toda la vida y los muchachos de Vélez, en todo caso, se merecen este homenaje a mil kilómetros de distancia.

Cuando llegaron a la cuadra de La Estrella, Amaro vio que la barra estaba en la vereda, ya organizada la larga mesa de habitués que los domingos al anochecer se reunían para comentar la jornada. Y vio también que cuando descubrieron al Rambler en la esquina, con la solitaria banderita asomándose por la ventanilla se pusieron todos de pie y empezaron a aplaudir.

-Más despacio, Juan, pero sin detenernos -dijo Amaro mientras se esforzaba por contener esas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia, y los aplausos de la barra de La Estrella se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de diciembre sólo para Amaro Fuentes, el amigo que había dedicado su vida a esperar un campeonato, y hasta alguno gritó viva Vélez carajo y Amaro ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa.
Dejó colgado el banderín en el picaporte del lado de afuera, y entró en silencio. Hacía unos minutos que su corazón se agitaba desusadamente. Un cierto dolor parecía golpearle el pecho desde adentro. Amaro supo que necesitaba acostarse. Lo hizo, sin desvestirse, y encendió la radio a todo volumen. Un equipo de periodistas desde Buenos Aires, relataba las alternativas de los festejos en las calles de Liniers.
Amaro suspiró y enseguida sintió ese golpe seco en el pecho. Abrió los ojos, mientras intentaba aspirar el aire que se le acababa, pero sólo alcanzó a ver que lo muebles se esfumaban, justo en el momento en que el mundo entero se llamaba Vélez Sarsfield.


Mempo Giardinelli nació en 1947 en Resistencia, Chaco. Es escritor y periodista. Sus principales obras son: La revolución en bicicleta (novela, 1980), El cielo con las manos (novela, 1981), Vidas ejemplares (cuentos, 1982), Luna caliente (Premio Nacional de Novela en México, 1983), Qué solos se quedan los muertos (novela, 1985), El castigo de Dios (cuentos, 1994), Santo oficio de la memoria (novela, VIII Premio Internacional Rómulo Gallegos, 1993) e Imposible equilibrio (novela, 1995). Fundó y dirigió la revista Puro Cuento entre 1986 y 1992. Sus obras han sido traducidas a una docena de lenguas.

Escucha "El hincha" en la maravillosa narración de Alejandro Apo: El hincha

domingo, 10 de mayo de 2026

Todos éramos del Napoli

El fútbol era otro. Italia era la meca del fútbol mundial a la que solamente accedía un puñado de figuras de primerísimo nivel mundial: Platini, Elkjaer-Larsen, Boniek, Falcao... y se sumó Maradona. No había lugar para jugadores de segundo orden, estrellas de países emergentes ni pasaportes italianos que aparecían mágicamente. Para jugar en el calcio había que ser un crack en serio.

El fútbol era otro. Nosotros éramos otros. Adolescentes encantados con la magia de Diego, inmediatamente sumamos nuestra adhesión al Napoli a la que ya teníamos por el Barcelona. El Milan tenía un cuadro espectacular, la Juventus desplegaba un fútbol impresionante, el Inter imponía su presencia en cualquier estadio, pero nosotros no nos subíamos a los carros triunfales, simplemente nos hicimos del Napoli por amor a él.


A mediados de los ’80 no se podía ser argentino sin ser del Napoli. Esa camiseta celeste, tan poco acostumbrada a los éxitos, nos convocaba desde la presencia de Diego. El modesto equipo del sur de Italia no proponía el mismo brillo que las grandes squadras del norte, pero tenía a Maradona, como un alquimista que podía materializar los sueños más imposibles.
Lejos estaba el periodismo en aquellos años de escuela secundaria, en los que el fútbol invadía todos los espacios de conversación. Los interminables debates entre compañeros de Boca y de River, de Independiente y de Racing, de San Lorenzo y todos los demás encontraban un nuevo punto de hermandad semanal: todos éramos del Napoli.

No había todavía televisión por cable, pero el Canal 9 de Buenos Aires transmitía cada domingo el fútbol italiano. Y entonces, muchas horas antes de que nuestros equipos salieran a la cancha, cuando el fútbol se jugaba completamente en domingo, dejábamos el desayuno familiar, la misa en la Iglesia o los paseos tradicionales: allí estábamos todos frente al televisor, como tifosi napolitanos a once mil kilómetros del estadio San Paolo esperando una gambeta, una locura de Diego, un gol para gritarlo hasta la afonía. No importaba si la emisión traía las imágenes de Milan-Udinese, allí estaríamos todos esperando que sonaran las trompetas con el anuncio “Napoli in vantaggio” para alegrarnos como si se tratase de un gol de nuestro equipo de siempre.

El Mundial de México selló para siempre nuestro amor con Diego Maradona. Si aquella selección pudo conquistar la Copa del Mundo a partir del brillo del número 10, la Serie A invitaba a soñar con una hazaña semejante. ¿Podría aquel limitado equipo del Napoli llegar a la cumbre del calcio? ¿Era posible para el modesto Napoli superar a los poderosos equipos del norte? Solamente sería viable si Diego desplegaba todo su talento, y allí, detrás de sus gruesa figura estábamos todos los jóvenes argentinos, empujando a esa escuadra napolitana que llevaba los mismos colores que la bandera nacional.

No había estallado la globalización, no existía internet ni había canales deportivos. La revista El Gráfico traía imágenes y reportajes exclusivos desde Italia, que leíamos y atesorábamos con devoción religiosa. Pero no era suficiente. Ahí empezaban las peripecias para conseguir el póster que nadie tenía, escribir cartas a Italia para intercambiar material con aficionados de allí, hasta que descubrimos un kiosco (solamente uno) que traía a Buenos Aires la revista Guerin Sportivo. Era carísima, pero íbamos cada semana a comprarla para tener ese material que ningún chico argentino tenía.

Aprendimos a leer en italiano gracias a esa publicación y a la necesidad de tener más de Diego, de querer estar más cerca del Napoli.

Adornábamos nuestras carpetas escolares con fotos de Guerin Sportivo, antes de “estudiar” sus páginas con muchísima más dedicación que los libros de historia y geografía. Sabíamos todo del calcio: podíamos precisar la defensa del Atalanta, decir los nombres de los 16 estadios de la Serie A, marcar al Avellino en un mapa o recordar el fixture del Empoli, el Verona o el Como. Nos transformamos en eruditos del fútbol italiano, pero especialmente del Napoli.

Cuando el primer Scudetto se hizo realidad, la mañana del 10 de mayo de 1987, “estuvimos” todos en el San Paolo, contra la Fiorentina. Lo festejamos unidos como solamente la Selección Argentina había podido juntarnos, un año antes.
Solo en mi cuarto, en ese madrugador horario de los domingos y varios años antes de empezar mi carrera en el periodismo, salté de alegría junto a los napolitanos, me arrodille junto a la cama a implorar ante el póster de Maradona, grité en cada jugada y sufrí con sudor helado hasta que el árbitro marcó el final, sabiendo que un pedazo grande de esa gloria tenía el sello argentino. La explosión de felicidad fue allá como una erupción del Vesubio... aquí, como una repetición de la gloria del 86. No existía otro tema. Terminado el partido, los vecinos salían a la calle a compartir su alegría, a enorgullecerse por el compatriota que era portador de festejos a los más humildes de Italia.

Aquel domingo, horas después, cada uno en la tribuna de su club de siempre, había un solo tema de conversación que sobrepasaba a Boca, Vélez o Newell’s Old Boys: Diego lo había hecho de nuevo. Así como nos había llenado de gloria en el estadio Azteca, él había llevado a la cima al humilde equipo de Nápoles para ponerlo por arriba de los poderosos del calcio. Esa victoria la sentimos como propia, como el más napolitano devoto de San Genaro. La festejamos en nuestras calles bonaerenses, como si se tratase de la Gallería Umberto I, la Via San Gregorio Armeno o la zona de Fuorigrotta, donde se alza el estadio San Paolo.

No importaba la distancia en aquellos años. La felicidad venía importada de Italia gracias a Diego Maradona, cuando todos éramos del Napoli.


martes, 5 de mayo de 2026

Cuba: la Revolución del fútbol

"El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor"
Ernesto 'Che' Guevara

Cuba es el país del deporte, se ve en cada lado de la isla. Lo que resulta novedoso es que la histórica preferencia por el béisbol y el boxeo está siendo remplazada por una enorme fiebre de fútbol.

Artículo publicado en la revista FIFA Magazine, en enero de 2008.
Por PABLO ARO GERALDES


Ronaldinho pisa la pelota ante Ballack, la pasa para Totti y dispara ante la salida de Messi, el arco está vacío... ¡Gol! ¡Goooool! La escena no a corresponde una gala entre FIFA XI y Resto del Mundo, no, es una animada jugada en el Paseo del Prado, a metros del Malecón de La Habana, Cuba. Los protagonistas no son, claro, estas grandes estrellas mundiales, se trata de un grupo de niños que disfrutan del balón mientras relatan a viva voz sus sueños de fútbol.

Cuba es el país del deporte, se ve en cada barrio de cada ciudad de la isla. Lo que resulta novedoso es que la histórica preferencia por el béisbol y el boxeo está siendo remplazada por una enorme fiebre de fútbol. Según el Gran Censo 2006 de FIFA, más del 10% de los cubanos practica fútbol. Y no sólo lo juegan: con gran entusiasmo siguen por TV la Liga Española, la UEFA Champions League y se fanatizaron por Brasil y Argentina durante la última Copa América.

A nivel de deporte competitivo, Cuba fue el tercer país (detrás de Bahamas y Australia) en relación de medallas olímpicas por habitantes conseguidas en Atenas 2004, y desde 1972 no se baja de este podio. En los últimos Juegos Panamericanos Río de Janeiro 2007, quedó en el primer lugar en esta comparación, aun cuando a nivel de Producto Bruto Interno es varias veces inferior al resto de los países. El fútbol va en esta dirección, de ahí el crecimiento experimentado en los últimos años.

En el ámbito local, se disputa el 93º campeonato nacional, donde desde esta temporada los 15 distritos del país se reparten en 4 grupos de 4... La cuenta da 16 porque la Ciudad de La Habana tiene dos representantes, uno de ellos es Industriales, un homónimo del equipo más popular del béisbol cubano, bautizado así por el Che Guevara, cuando era ministro de Industria. Cada grupo está conformado por cercanía geográfica, para evitar largos viajes por las antiguas carreteras de la isla. Y se juega siempre en horario diurno, para paliar la crisis energética.

Antonio Díaz, miembro del Instituto Cubano de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), resalta el crecimiento del fútbol: "los estadios se llenan, algo que no ocurre con el béisbol. Es fascinante ver las canchas de Candelaria, donde juega Pinar del Río, o Morón, casa de Ciego de Ávila; son lugares calientes, donde se vive el fútbol con gran pasión. Sin olvidar el Estadio Camilo Cienfuegos, en Zulueta, el más bonito del país".

El poseedor del título es Pinar del Río, la provincia productora de los tradicionales habanos. El día de la final ante Villa Clara había 8 mil espectadores en el estadio La Bombonera de la ciudad de San Cristóbal. El gol del campeonato lo hizo Reinier Alcántara, el artillero favorito de los cubanos.

AL CARIBE Y MÁS ALLÁ
En 1995 Cuba, la mayor de las Antillas, ocupaba el puesto 175 de la Clasificación Mundial FIFA. Después de haber llegado a un tope en el 46, gracias a la actuación en la Digicel Caribbean Cup, hoy está en el 64, lo que significa un enorme mérito, ya que es quinta de la zona Concacaf, por delante de grandes seleccionados con histórica tradición.
Para muchos equipos de la región, la participación en la Caribbean Cup es importantísima, y conseguir allí un pasaje para la Copa Oro de la Concacaf es como ir a una Copa Mundial. Así lo vivió Cuba, que en 2007 tuvo su cuarta participación consecutiva (record del Caribe) junto a los "gigantes" como Estados Unidos, México o Costa Rica. En virtud del amateurismo, todos los cubanos juegan en su patria y la Selección Nacional puede reunirlos cuando guste, por el tiempo necesario, una ventaja que casi ninguna federación tiene en el mundo.

Camino a los Juegos Olímpicos de Beijing, Cuba terminó primera en la ronda caribeña –por delante de Haití, Trinidad y Tobago y Granada– y se ganó un lugar en la liguilla final, algo que no conseguía desde 1984. Esta zona final de ocho países dará dos lugares para el torneo olímpico masculino... la empresa se ve difícil para los dirigidos por Raúl González Triana. De todos modos, el progreso está en marcha: "Estas competiciones nos dan la posibilidad de medirnos, de tener una parámetro de nuestro crecimiento", explica Antonio Garcés, Secretario General de la Asociación de Fútbol de Cuba (AFC). Y lo reafirma Rufino Sotolongo, entrenador de las selecciones femeninas: "Aquí tenemos pocas posibilidades de ver fútbol femenino y llegar a una ronda final nos da la posibilidad de seguir aprendiendo. El hecho de aparecer en el Ranking FIFA ya es un estímulo". Claro, las niñas son la otra cara del crecimiento. Su campeonato vivió este año su sexta edición desde 2001 (se canceló en 2002) y tuvo siempre a las mismas campeonas: Ciudad de La Habana, la base del equipo nacional. En cuanto a la Selección, es la primera experiencia, que lleva dos años y medio de trabajo, con chicas desde los 14 años. La niñas del Sub 20 buscan clasificar a la Copa Mundial Chile 2008 y a diferencia de sus compañeras de la Selección mayor, son 100% futbolistas: "Estas niñas del Sub 20 empezaron jugando al fútbol, no como las de la mayores que provienen del atletismo. Son más inteligentes y dedicadas que los hombres, sus progresos se ven día a día", cuenta orgulloso Sotolongo.

Estas jóvenes ya están en la ronda final (pasaron a Anguilla, Antigua y Barbuda y Barbados, que no se presentó). Lo mismo ocurre con la Selección Olímpica: junto a Jamaica, Puerto Rico y Trinidad y Tobago pasaron a la Segunda ronda del Caribe. De allí las dos mejores irán a la liguilla final con Canadá, Estados Unidos, México y Costa Rica. Al igual que los varones, solamente dos irán a Beijing.

Otro de los puntos de constante avance es el futsal. Cuba es el único país de la Concacaf que participó en las últimas tres Copas Mundiales: España, Guatemala y Chinese Taipei. "A partir de Guatemala comenzó el camino del crecimiento. Y en los Juegos Panamericanos de Río –donde por primera vez se jugó futsal– pudimos llegar más lejos que el quinto puesto logrado", opina Garcés.

FÚTBOL PARA TODOS
Palmeras, automóviles modelo ’58, tabaco, ron, buena música... y balones. Las pelotas de fútbol ruedan por Cuba cada vez más. Hay mayor actividad en todos los niveles. Volvieron a disputarse los torneos amistosos previos al inicio de la temporada, como la copa Radio Ciudad del Mar, en Cienfuegos, o la copa Tele Rebelde, en la capital. "Estamos decididos a que se juegue fútbol en toda la Isla y durante todo el año, como paso medular para lograr el salto cualitativo", asegura Luis Hernández, presidente de la AFC.

Juegan todos. Desde hace cinco años, el fútbol es una asignatura escolar obligatoria, para niños y niñas. Desde los 8 a los 16 años, los pequeños y jóvenes disputan el tradicional campeonato infantil Caribito. En el otro extremo está el torneo de veteranos único en el mundo. Allí participan hasta abuelos de ¡70 años!

"Hay que alcanzar el desarrollo social del fútbol en un país de béisbol, para que el fútbol sea un hecho cultural que atraiga a los jóvenes es indispensable empezar desde los niños, pero está claro que en Cuba hay enormes posibilidades formativas", expresó César Menotti (DT campeón mundial 1978 con Argentina) cuando visitó Cuba en 2005 para brindar una clínica a entrenadores.

Este crecimiento empezó a mostrarse también puertas afuera: en 2004 Vladimir Massó se convirtió en el primer árbitro cubano en pitar en un campeonato mundial de la FIFA, en este caso la Copa Mundial de Fustal. Y hay más: por primera vez después de 18 años, Cuba inscribió a su campeón en la Copa de Campeones de la Concacaf. Allí está Pinar del Río, que en noviembre se midió con Baltimore de St. Marc (Haití), Bassa SC (Antigua y Barbuda) y Jong Colombia (Antillas Holandesas).

Cuba ama al deporte y el mundo es testigo de lo que la pequeña isla puede dar, sobreponiéndose a las dificultades del embargo económico.

En 1938, el país tuvo su única asistencia a la Copa Mundial de la FIFA, en Francia, donde eliminó trabajosamente a Rumania antes de caer con un estrepitoso 0-8 ante Suecia, en cuartos de final. En junio próximo se cumplirán 70 años de esa participación. De paso por La Habana, Daniel Jordaan, presidente del Comité Organizador de Sudáfrica 2010 expresó un deseo: "Si existe un país al cual queremos ver en la Copa del Mundo, ese es Cuba". Si el progreso continúa, en algunos años los niños del Malecón dejarán de imitar a los ídolos de Brasil, Italia o Argentina para soñar y ser felices con sus propios jugadores.



CONTRA EL BLOQUEO, SOLIDARIDAD
En los Juegos Olímpicos de Montreal ’76 Cuba consiguió un tremendo empate 0-0 ante la Polonia de Lato, Tomaszewski, Deyna y compañía, potencia máxima del amateurismo que se pregonaba. El héroe cubano de ese partido fue el defensor Antonio Garcé, hoy Secretario General de la AFC.

En su escritorio del Estadio Pedro Marrero, analiza el futuro del fútbol en Cuba por el lado de la cooperación: "Japón y Corea antes eran beisboleros, lo mismo que Venezuela. En Venezuela en pocos años el fútbol estará por encima del béisbol. Cada país tiene que tener su estilo, y nosotros tenemos que incrementar el intercambio con Venezuela".

El estadio Pedro Marrero, de La Habana, no luce su mejor cara. En 2005 el huracán Katrina destruyó una de sus torres de iluminación y arrancó completamente la otra. Volaron también los techos de la tribuna, que se está terminando de reconstruir. Y todo cuesta dinero. Cada año FIFA aporta 250.000 dólares para viajes y equipamiento. "Sin esa asistencia estaríamos limitados. Y a la vez, esa ayuda financiera nos obliga a participar en todos los torneos. Los directivos de FIFA nos comunicaron que están muy conformes con el uso que se le da al dinero aquí", cuenta Garcé.

Víctor Aragón, vicepresidente de la AFC, fue concreto: "Necesitamos más balones, mejores canchas y entrenadores de mayor nivel". Las respuestas están llegando. La Confederación Brasileña de Deportes hizo una donación de pelotas y luego se sumó el club español Getafe, que aportó mil balones, que se repartieron 3 en cada uno de los 169 municipios y el resto fue a las escuelas deportivas.

Por el lado de los técnicos y el intercambio de experiencias, hay un fuerte agradecimiento al argentino César Menotti: "él se viene identificando con la Revolución cubana desde los años ’70, admira al Che y hace poco posibilitó el fogueo de nuestras selecciones en Argentina para jugar partidos previos a decisivos torneos internacionales", acota Luis Hernández, presidente de la AFC. Menotti fue intermediario para que la Secretaría de Deporte argentina abonara todos los gastos de estadía en Buenos Aires.

Quizá el máximo exponente de la cooperación lo aporte un modesto club de la Bundesliga 2 alemana. El Trabajo Comunitario es uno de los pilares de la Revolución Cubana y los jugadores del Sankt Pauli entendieron que la solidaridad puede ir de la mano de la alta competencia: desde 2005 realizan su pretemporada en Cuba y, junto a un grupo de aficionados alemanes, realizan trabajos comunitarios. Ellos iniciaron la campaña Viva con agua de Sankt Pauli, con la que se reunó dinero para construir bombas de agua para escuelas de Cuba. Un golazo.


sábado, 2 de mayo de 2026

Peñarol en la Argentina

En la Argentina hay decenas de clubes que homenajean desde sus nombres a los más grandes: Boca, River, Independiente, Racing, Huracán, San Lorenzo... se multiplican por todas las provincias. Pero hay algo sorprendente: la cantidad de clubes que rinden homenaje a Peñarol, histórico del fútbol uruguayo.

Fundado como Central Uruguay Railway Cricket Club (CURCC) el 28 de septiembre de 1891 en el barrio montevideano de Peñarol. Su nombre empezó a sonar del lado argentino con las primeras copas internacionales: en 1904 y 1905 cayó ante Rosario Athletic en la Cup Tie Competition, también llamada Copa de Competencia Chevallier Boutell, que fue organizada hasta 1906 por la Argentine Football Association. Su nombre volvió a resonar cuando en 1907 perdió ante Belgrano Athletic la Copa de Honor Cusenier, que finalmente ganó en 1909 (superó a San Isidro), 1911 (venció a Newell's Old Boys) y 1918 (derrotó a Independiente).

El nombre Peñarol es un "invento" uruguayo. Porque si el club lo toma del barrio montevideano, este se originó por una pronunciación rioplatense del pueblo italiano Pinerolo, suburbio de Turín, en el Piamonte.

El primero que reprodujo el nombre del cuadro montevideano del lado occidental del Río de la Plata fue el Argentino Peñarol de Córdoba, aunque eligió diferentes colores: verde oscuro y rojo. Para entonces el equipo uruguayo ya acumulaba cuatro títulos del campeonato local (1900, 1901, 1905 y 1907), cinco Copas Competencia (1901, 1902, 1904, 1905 y 1907) y la Copa de Honor 1907.

Argentino Peñarol, de Córdoba. Es el primer Peñarol fuera de Uruguay

La fama de Peñarol en la orilla oriental fue incontenible. Se los llamó "mirasoles", por la flor amarilla y negra, también conocida como girasol, que siempre está de frente al sol en una etapa de su crecimiento; "carboneros" por el origen ferroviario del club, ya que hace referencia al trabajador que alimentaba con carbón la caldera de las locomotoras; y "manyas", un apodo que se originó en una controversia familiar. 
El inmigrante italiano Giuseppe Scarone, fanático de Peñarol, tuvo un hijo, Carlos, que se fue al fútbol argentino y luego se incorporó a Nacional. Cuando su padre le reprochó la decisión, Carlos le respondió: “Quedarme en Peñarol, ¿para comer qué? ¿A mangiare merda?”. En el primer clásico posterior, Carlos Scarone repitió el insulto de "mangia merda" y con los años se convirtió en un grito de guerra de los hinchas.

Algunos de los equipos llamados Peñarol que juegan al fútbol en la Argentina:

Club Atlético Argentino Peñarol (Córdoba, Córdoba)
Fundado el 12 de octubre de 1908

Club Sportivo Peñarol (Chimbas, San Juan)
Fundado el 24 de noviembre de 1918

Club Atlético Peñarol (Mar del Plata, Gral. Pueyrredón, Bs. As.)
Fundado el 7 de noviembre de 1922

Club Atlético Peñarol (Elortondo, Santa Fe)
Fundado el 16 de noviembre de 1922

Centro Sportivo Peñarol (Rosario del Tala, Entre Ríos)
Fundado el 2 de enero de 1925

Club Atlético Peñarol (Paraná, Entre Ríos)
Fundado el 18 de noviembre de 1926

Club Atlético Defensores de Peñarol (Rosario, Santa Fe)
Fundado el 11 de junio de 1932

Club Social y Atlético Peñarol del Delta (Dique Luján, Tigre, Bs. As.)
Fundado el 15 de febrero de 1933

Peñarol Ajedrez Club (Serrezuela, Córdoba)
Fundado el 15 de marzo de 1933

Club Atlético Peñarol (Pigüé, Bs. As.)
Fundado el 19 de marzo de 1933

Club Atlético Peñarol (Rafaela, Santa Fe)
Fundado el 16 de julio de 1936

Club Atlético Peñarol (Salta, Salta)
Fundado el 13 de diciembre de 1939

Club Social y Deportivo Peñarol (Villa Cura Brochero, Córdoba)
Fundado el 12 de abril de 1944

Club Atlético Peñarol (Villa Dolores, Córdoba)
Fundado el 19 de mayo de 1946

Club Atlético Peñarol (Belén, Catamarca)
Fundado el 12 de octubre de 1946

Club Atlético Peñarol (Corrientes, Corrientes)
Fundado el 14 de abril de 1947

Club Atlético Peñarol (Bulnes, Córdoba)
Fundado el 2 de octubre de 1947

Club Atlético Peñarol (San Isidro, Jáchal, San Juan)
Fundado el 1 de mayo de 1952

Club Social y Deportivo Peñarol (Guaminí, Bs. As.)
Fundado el 23 de marzo de 1955

Club Peñarol (Puerto Piray, Misiones)
Fundado el 12 de noviembre de 1956

Club Deportivo Peñarol (Basavilbaso, Entre Rios)
Fundado el 4 de octubre de 1963

Club Deportivo Peñarol (Anillaco, La Rioja)
Fundado el 14 de noviembre de 1966

Club Social y Deportivo Peñarol (Fraile Pintado, Jujuy)
Fundado el 26 de junio de 1976

Asociación Deportiva Peñarol Infantil Olmos (Lisandro Olmos, La Plata, Bs. As.)
Fundado el 3 de octubre de 1978

Club Atlético Peñarol (La Invernada Sur, Santiago del Estero)
17 de noviembre de 1998

Peñarol de Elortondo, en el sur santafesino, uno de los que desde
hace más de un siglo reproducen los colores originales

Mencionaba que no todos eligieron además del nombre los colores negro y amarillo. El de la ciudad de Córdoba es verde oscuro y rojo, igual que otro cordobés: el Peñarol Ajedrez de Serrezuela, en el departamento de Cruz del Eje. El de Mar del Plata (más conocido por el básquetbol) viste rayas muy finas azules y blancas.

El Peñarol marplatense

Entre los tricolores aparecen los de Chimbas y Rosario del Tala, que lucen rayas azules, rojas y blancas; el de Paraná que es negro, celeste y blanco, y el de Basavilbaso que luce verde-blanco-rojo.

Sportivo Peñarol, de Chimbas, San Juan

El Peñarol de Pigüé tiene una camiseta similar a la de San Lorenzo de Almagro, el de Rafaela una igual a la de Vélez Sarsfield, y el de Guaminí imita los colores de Racing.
Ni San Lorenzo ni Vélez, dos "peñaroles": los de Pigüé y de Rafaela

Escudos de Peñarol que el hincha montevideano no reconocería a primera vista:

De Córdoba, de Mar del Plata, de Rosario del Tala, de de Serrezuela, de Pigüé,
de Chimbas, de Basavilbaso, de Paraná, de Cura Brochero y de Rafaela.

viernes, 1 de mayo de 2026

M.A.R.E.C. - Una historia detrás de un nombre


Un post para saludar a todos los trabajadores en su día.
Стефан Димитров Тодоров (Stefan Dimitrov Todorov) fue un héroe del partido comunista búlgaro, más conocido como Станке Димитров (Stanke Dimitrov) pero mucho más por su apodo de Марек (Marec, o Marek como suelen escribirlo).

Stanke Dimitrov
Nacido el 5 de febrero de 1889 en Dupnitsa, su vida se distinguió por sus actividades políticas contrarias al fascismo que asoló Europa en el segundo cuarto del siglo pasado.
Su ideología se explica descifrando su sobrenombre: M.A.R.E.C. significa Marxista – Antifascista – Revolucionario – Emigrante – Comunista.

Desde 1947 el deporte le rinde homenaje a través del club M.A.R.E.C. de Dupnitsa, del fútbol búlgaro. Ya había sido fundado en 1919 como Slavia y había sufrido nueve cambios de nombre hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Juega en el Estadio Bonchuk, de Dupnitsa, y viste camiseta roja con detalles azules.

La fidelidad de sus hinchas es reconocida en toda Bulgaria: los rivales llaman a Dupnitsa “la ciudad sobre ruedas”, ya que son miles los seguidores del M.A.R.E.C. que acompañan al equipo por todo el país. La ciudad, hasta el final de la época comunista se llamó, justamente, Stanke Dimitrov.

Sin un gran historial para contar, su gente se enorgullece de haber estado desde la temporada 2001 a 2008 en la máxima división búlgara, o de haber participado en varias ediciones de la Copa Intertoto.

En 2010 la Unión Búlgara de Fútbol le negó la licencia para competir en la B Grupa (la segunda división) debido a sus deudas financieras, por lo que el equipo debió comenzar de nuevo desde la última categoría: la cuarta división regional.

Se rebautizó como M.A.R.E.C. 2010 y comenzó el camino de regreso hasta la elite del fútbol búlgaro. Hoy milita en la Трета аматьорска футболна лига (la Liga Tercera Amateur). En el torneo que sea, el M.A.R.E.C. seguirá rindiendo un silencioso homenaje al hombre que luchó contra la entrada del nazismo en su país.

Después de esta recordación, serán muchos más quienes echen un vistazo a las tablas de posiciones de Bulgaria para ver cómo marcha este modesto cuadro o los que, a la distancia, se suban a las ruedas de Dupnitsa para hinchar por el M.A.R.E.C. donde quiera que juegue.