domingo, 30 de mayo de 2021

Todas las mascotas de la Copa América

La Copa América 1987 se sumó a la costumbre que comenzó en el Mundial 1966, la de presentar una mascota en cada campeonato. La tradición no se interrumpió desde entonces. Un repaso a esta historia que ahora se escribe (o dibuja, mejor dicho) para cada torneo y se transforma en una expresión cultural de cada país anfitrión.


Argentina-Colombia 2021 - Pibe
Al final, ni Argentina ni Colombia: Brasil. La pandemia de covid-19 primero postergó el torneo de 2020 a 2021; a semanas de comenzar, Colombia declinó su parte, sumida además en una crisis política, en la Argentina seguía complicada la situación sanitaria...
¿Era un homenaje a los perritos que se meten en las canchas e interrumpen los partidos? Puede ser, antes de que lo desmientan, quedaría como un simpático reconocimiento. Y el nombre es una palabra que une como pocas a dos naciones, en este caso a los argentinos y los colombianos: Pibe, término lunfardo que en la Buenos Aires de 1880 se instaló como "niño", es en Colombia el apodo argentino que recibió desde pequeño Carlos Valderrama, futbolista símbolo de su selección. 

Brasil 2019 - Zizito
Es un capiraba, el mayor roedor del mundo y considerado uno de los animales más sociables del continente americano. Su nombre viene de Zizinho, el ídolo de Pelé que sigue siendo el máximo goleador de la Copa América, con 17 tantos (junto al argentino Norberto "Tucho" Méndez).

Chile 2015 - Zincha
Se trata de un zorro culpeo, elegido porque está a lo largo de la cordillera de Los Andes, donde se lo puede encontrar en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y una parte de Argentina. Es decir en seis de los países que jugarán el torneo.


Argentina 2011 - Suri
Al igual que para el Mundial Sub 20 de 2001, los argentinos escogieron a un ñandú para acompañar al torneo. Es también conocido como ñandú de Darwin (Pterocnemia pennata), ñandú del norte, choique, ñandú petiso, ñandú cordillerano o suri, de donde proviene el nombre de la mascota. Es un ave no voladora que habita los matorrales abiertos en la estepa patagónica y la meseta andina, sobre los 3.500 metros de altitud. Para esta ocasión se puso la histórica camiseta celeste y blanca.


Venezuela 2007 - Guaki
Se trata de una guacamaya bandera, ave emblemática del trópico que está en peligro de extinción y debe su nombre a sus alas, cuyo plumaje muestra el amarillo, azul y rojo de la bandera venezolana. Fue diseñada por Jhoyling Zabaleta, una chica de 15 años que ganó un concurso en el que participaron casi cinco millones de estudiantes de todo el país.


Perú 2004 - Chasqui
Los chasquis eran los mensajeros del Imperio Inca, muchachos fuertes, atléticos, preparados para recorrer el Tawantinsuyu transportando mensajes y alimentos hasta el Cusco. La correa roja de su morral forma, sobre su vestimenta blanca, la camiseta de la Selección Peruana. En Lima decían con sarcasmo que en realidad era una caricatura del entonces presidente Alejandro Toledo.


Colombia 2001 - Ameriko
Extraña mélange de Astroboy, Pokémon y Teletubbie, este muñeco no tiene ninguna referencia nacional salvo los colores. Según sus creadores, es un extraterrestre del planeta Ko, que llegó a Colombia para disfrutar de la Copa América. Su presencia era habitual en los meses previos al certamen, pero fue tan repudiado que, misteriosamente, desapareció una vez que comenzó el torneo.


Paraguay 1999 - Taguá
Con rasgos algo toscos, se trata de un taguá, un mamífero también llamado pecarí del Chaco, jabalí, solitario, orejudo o Catagonus wagneri, tal su nombre científico, que es endémico en el Gran Chaco de Paraguay, Bolivia y del norte de Argentina. Para resaltar su origen guaraní, viste los colores de la bandera y toma el refrescante tereré, bebida mezcla de agua fría con yerba mate.


Bolivia 1997 - Tatú
Los bolivianos también recibieron a sus hermanos con su fauna autóctona: un tatú carreta que vestía bajo su caparazón el uniforme verde del seleccionado altiplánico. Según los países lo llaman armadillo, quirquincho, peludo, mulita, cachicamo, etc., son mamíferos y se extienden por Sur y Centroamérica. Pertenece a la familia de los Dasypodidae.


Uruguay 1995 - Torito
Tierra ganadera, el Uruguay dejó de lado al indiecito charrúa con el mate bajo el brazo que había dibujado para el Mundialito de 1980 y apostó a la masculina y fornida figura del toro. Simple, sin vueltas, como su nombre, Torito se puso la Celeste y terminó dando la vuelta olímpica en el Centenario. Un detalle: las pezuñas-botines son de una originalidad espectacular.


Ecuador 1993 - Choclito
¿Un choclo que juega a la pelota? Sí, en la imaginación mascoteril (?) todo es posible. Maíz, mazorca, milho, panocha, elote y tantas otras denominaciones recibe que es fácil intuir que ya estaba extendido por toda la América prehispánica. Eso sí, aun con decenas de variedades, éste con la bandera tricolor ecuatoriana es toda una novedad.


Chile 1991 - Guaso
Una rara mezcla de trazo moderno, garabateado a mano alzada, con tradición rural trasandina: el "huaso" que anda a caballo en la zona centro y sur de Chile. Hábiles jinetes en el rodeo chileno, son los equivalente al gaucho argentino. En este difuso diseño no se llega a precisar si juega al fútbol o baila la cueca.


Brasil 1989 - Tico
Un sabiá (Turdus rufiventris), típico pajarito paulista, fue adoptado por todo Brasil para la Copa América que terminaron ganando en el Maracaná. Tico desparramaba simpatía pero todos se preguntaban por qué no lo vistieron con la tradicional camiseta verdeamarela...


Argentina 1987 - Gardelito
La figura aniñada de Carlos Gardel, ícono del tango y símbolo mítico de la argentinidad, fue la que le dio la bienvenida a la nueva era de la Copa América. En 1987 se volvió a una sede única y comenzó la rotación que llevaría el torneo a los diez países miembro de la Conmebol.


lunes, 10 de mayo de 2021

Todos éramos del Napoli

El fútbol era otro. Italia era la meca del fútbol mundial a la que solamente accedía un puñado de figuras de primerísimo nivel mundial: Platini, Elkjaer-Larsen, Boniek, Falcao... y se sumó Maradona. No había lugar para jugadores de segundo orden, estrellas de países emergentes ni pasaportes italianos que aparecían mágicamente. Para jugar en el calcio había que ser un crack en serio.

El fútbol era otro. Nosotros éramos otros. Adolescentes encantados con la magia de Diego, inmediatamente sumamos nuestra adhesión al Napoli a la que ya teníamos por el Barcelona. El Milan tenía un cuadro espectacular, la Juventus desplegaba un fútbol impresionante, el Inter imponía su presencia en cualquier estadio, pero nosotros no nos subíamos a los carros triunfales, simplemente nos hicimos del Napoli por amor a él.


A mediados de los ’80 no se podía ser argentino sin ser del Napoli. Esa camiseta celeste, tan poco acostumbrada a los éxitos, nos convocaba desde la presencia de Diego. El modesto equipo del sur de Italia no proponía el mismo brillo que las grandes squadras del norte, pero tenía a Maradona, como un alquimista que podía materializar los sueños más imposibles.
Lejos estaba el periodismo en aquellos años de escuela secundaria, en los que el fútbol invadía todos los espacios de conversación. Los interminables debates entre compañeros de Boca y de River, de Independiente y de Racing, de San Lorenzo y todos los demás encontraban un nuevo punto de hermandad semanal: todos éramos del Napoli.

No había todavía televisión por cable, pero el Canal 9 de Buenos Aires transmitía cada domingo el fútbol italiano. Y entonces, muchas horas antes de que nuestros equipos salieran a la cancha, cuando el fútbol se jugaba completamente en domingo, dejábamos el desayuno familiar, la misa en la Iglesia o los paseos tradicionales: allí estábamos todos frente al televisor, como tifosi napolitanos a once mil kilómetros del estadio San Paolo esperando una gambeta, una locura de Diego, un gol para gritarlo hasta la afonía. No importaba si la emisión traía las imágenes de Milan-Udinese, allí estaríamos todos esperando que sonaran las trompetas con el anuncio “Napoli in vantaggio” para alegrarnos como si se tratase de un gol de nuestro equipo de siempre.

El Mundial de México selló para siempre nuestro amor con Diego Maradona. Si aquella selección pudo conquistar la Copa del Mundo a partir del brillo del número 10, la Serie A invitaba a soñar con una hazaña semejante. ¿Podría aquel limitado equipo del Napoli llegar a la cumbre del calcio? ¿Era posible para el modesto Napoli superar a los poderosos equipos del norte? Solamente sería viable si Diego desplegaba todo su talento, y allí, detrás de sus gruesa figura estábamos todos los jóvenes argentinos, empujando a esa escuadra napolitana que llevaba los mismos colores que la bandera nacional.

No había estallado la globalización, no existía internet ni había canales deportivos. La revista El Gráfico traía imágenes y reportajes exclusivos desde Italia, que leíamos y atesorábamos con devoción religiosa. Pero no era suficiente. Ahí empezaban las peripecias para conseguir el póster que nadie tenía, escribir cartas a Italia para intercambiar material con aficionados de allí, hasta que descubrimos un kiosco (solamente uno) que traía a Buenos Aires la revista Guerin Sportivo. Era carísima, pero íbamos cada semana a comprarla para tener ese material que ningún chico argentino tenía.

Aprendimos a leer en italiano gracias a esa publicación y a la necesidad de tener más de Diego, de querer estar más cerca del Napoli.

Adornábamos nuestras carpetas escolares con fotos de Guerin Sportivo, antes de “estudiar” sus páginas con muchísima más dedicación que los libros de historia y geografía. Sabíamos todo del calcio: podíamos precisar la defensa del Atalanta, decir los nombres de los 16 estadios de la Serie A, marcar al Avellino en un mapa o recordar el fixture del Empoli, el Verona o el Como. Nos transformamos en eruditos del fútbol italiano, pero especialmente del Napoli.

Cuando el primer Scudetto se hizo realidad, la mañana del 10 de mayo de 1987, “estuvimos” todos en el San Paolo, contra la Fiorentina. Lo festejamos unidos como solamente la Selección Argentina había podido juntarnos, un año antes.
Solo en mi cuarto, en ese madrugador horario de los domingos y varios años antes de empezar mi carrera en el periodismo, salté de alegría junto a los napolitanos, me arrodille junto a la cama a implorar ante el póster de Maradona, grité en cada jugada y sufrí con sudor helado hasta que el árbitro marcó el final, sabiendo que un pedazo grande de esa gloria tenía el sello argentino. La explosión de felicidad fue allá como una erupción del Vesubio... aquí, como una repetición de la gloria del 86. No existía otro tema. Terminado el partido, los vecinos salían a la calle a compartir su alegría, a enorgullecerse por el compatriota que era portador de festejos a los más humildes de Italia.

Aquel domingo, horas después, cada uno en la tribuna de su club de siempre, había un solo tema de conversación que sobrepasaba a Boca, Vélez o Newell’s Old Boys: Diego lo había hecho de nuevo. Así como nos había llenado de gloria en el estadio Azteca, él había llevado a la cima al humilde equipo de Nápoles para ponerlo por arriba de los poderosos del calcio. Esa victoria la sentimos como propia, como el más napolitano devoto de San Genaro. La festejamos en nuestras calles bonaerenses, como si se tratase de la Gallería Umberto I, la Via San Gregorio Armeno o la zona de Fuorigrotta, donde se alza el estadio San Paolo.

No importaba la distancia en aquellos años. La felicidad venía importada de Italia gracias a Diego Maradona, cuando todos éramos del Napoli.